Lo peor de tener un hijo no es la lactancia ni el parto. Son las reuniones de padres. Comienzan desde el kínder, con las presentaciones de fin de año en las que aparecen los niños disfrazados de marranos o de árboles o de ovejas, y cantan con voces desafinadas a un público compuesto por idiotas con cámaras, que saludan y tiran besos.

El primer error que uno comete es pensar que esos papás orgullosos son inofensivos. En realidad ahí es cuando se vuelven fieras al acecho, quitándose los puestos unos a otros, cuidando sillas para las abuelas y las tías, saludando con fingida cortesía a los otros papás: "¿Tú eres la mamá de Antonia, la que le llenó la boca de arena a mi hijo el otro día?", y uno no tiene más remedio que decir: "Lo siento, yo le dije que lo hiciera porque tu hijo le había echado pegante en el pelo".

Cuando uno va a reuniones de padres entiende por qué el hijo no tiene amigos en el curso. Uno tampoco se juntaría con esa gente en un nivel social. Le parecen lobos, jartos, tarados o raros, y asume que sus hijos son igualitos a ellos, así que cuando sale de la reunión le dice a su hijo: "No quiero que seas amigo de Simón, porque vi que el papá se sacaba los mocos en la presentación de fin de año".

Igual los niños van creciendo y cada vez las reuniones son más serias. Hay conferencias sobre drogas, sobre sexo, sobre la excursión de fin de año, y los papás terminan agarrados, como congresistas en plenaria. Si a uno lo agarraron con brownies de marihuana, entonces los papás gritan: "¡Que lo echen!", y el papá del niño, para defenderse, dice: "¿Y por qué? Él hizo los brownies, pero sus hijos se los comieron, que es peor". Y ahí se arma Troya.

La única forma de disfrutar de este calvario es siendo profesor. Yo, la verdad, preferiría ser un profesor para poder acusar a diestra y siniestra, para echar culpas, para poner tareas absurdas a los papás: "Necesito que tu hijo de seis años lea por lo menos una hora diaria". ¿Una hora diaria? ¿Acaso los papás leen una hora diaria? La mayoría, si hojea el periódico, se da por bien servida en asuntos de lectura, pero los profesores quieren ponerlo a que lea una hora diaria sobre las aventuras de un oso mielero medio gay que tiene como amigos a un cerdo enano y a un tigre saltarín.

Pero si bien las reuniones de padres son terribles, las peores ocurren cuando hay que hablar con el profesor o, peor aún, con la psicóloga del colegio. Esto pasa cuando uno tiene un hijo calavera, o sea, casi siempre. Llega el niño con la notica del profesor poniéndoles una cita a los papás, y nunca es para felicitarlos por el rendimiento académico del niño o para proponerlo para una beca en Harvard. Siempre es "Jaimito inundó los baños del colegio", "Sarita tenía pastillas anticonceptivas en el morral", "Carlitos estaba fumando en el recreo", (aunque todos tengan siete años) y así… Uno, de papá, debe quedarse callado, asentir o negar con la cabeza, aceptar el castigo que le van a imponer (que siempre es para los papás) y que incluye una suspensión, en la que el niño caspa se dedica a ver televisión en piyama y uno tiene que aguantárselo durante cinco días.

Lo peor, sin embargo, es la visita a la psicóloga. El departamento de psicología es el amansadero del ego de los papás y el lugar donde las mujeres sin vocación se hacen las que trabajan. Debe haber psicólogas buenas en algún colegio, a lo mejor en Burma o en Corea del Norte, no lo sé, pero en Colombia no. Un día diagnosticaron que mi hijo tenía una enfermedad terrible: "Quiere demasiado a su mamá". Estas señoras no pasaron por una universidad, aparentemente, porque nunca oyeron hablar del complejo de Edipo. Luego me dijeron que el cerebro del niño era comparable a un computador de altísima tecnología, pero que su cuerpo era como una impresora deteriorada. Aclaro que mi hijo no tiene ningún tipo de impedimento físico, aparte de que escribe feísimo y es un poco lenguasopa.

Pensándolo bien, las reuniones de padres son miserables, monótonas y lobísimas, pero son mil veces preferibles cuando el hijo es un anónimo que sale disfrazado de sol solecito caliéntame un poquito y no cuando es el culpable de que el colegio haya estado a punto de inundarse.

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