Cuando en 1997 Daniel Samper Pizano publicó con Pilar Tafur la colección musical 100 años de vallenato, en la presentación se expresaba de manera magistral esa especie de metamorfosis que padecieron los cachacos con ese género musical: "Ha corrido mucha agua por los ríos de Macondo desde que Úrsula prohibió el acordeón en su casa por considerarlo plebeyo y la santafereña Fernanda del Carpio repudió esas parrandas interminables de cantos, trago y chivo que armaba su marido en casa de Petra Cotes. Ahora los coterráneos de Fernanda también consideran el vallenato como un bien suyo".

 Pues bien, tal vez lo que más les gusta a los cachacos son "esas parrandas interminables de cantos, trago y chivo" consustanciales al Festival Vallenato y que han dejado más de un matrimonio maltrecho, honras mancilladas e historias que contar —con morbo y cotilleo— al regreso a Bogotá. Habrá servido para casar bien o mal a preciosas damas vallenatas con perfumados cachacos y darles así movilidad a fortunas hechas de ganado, algodón, arroz y palma.

Tal vez con la única excepción del presidente López que fue el primer gobernador del Cesar y tuvo raíces en esas tierras; el interés de la gente del interior en ese evento es una extraña mezcla de voyerismo y esnobismo. La falta en Colombia de un evento como el Carnaval de Río convirtió al Festival Vallenato en la celebración más encumbrada de nuestra fauna política y social. El Carnaval de Barranquilla —tal vez por sus deplorables monocucos— es demasiado impostado y teatral, y el de Negros y Blancos en Pasto es una fiesta de agua y maicena que no amerita el azaroso viaje en avión al gélido sur. Queda entonces el Festival Vallenato para que nuestra clase dirigente se codee con la cultura popular. Gracias a ese roce populista y elitista a la vez fue que muchos rolos despistados se enteraron de la realidad del paramilitarismo que al principio se descubrió con la misma sorpresa con que se conoció el Old Parr en lugar del Chivas. Y claro, estos ricos del interior, mezcla de clase dirigente, actores, peluqueros, modelitos y nuevos ricos, asisten con la seguridad de verse fotografiados en las páginas sociales. Y hay que verlos, orondos y desafiadores, porque en Valledupar se reúnen todos aquellos que en Bogotá difícilmente se saludan por sus posiciones y creencias. Y ese es precisamente el poder de los locales: lograr que en sus casas se reúnan los mal llamados cachacos vallenatos. 

Tal vez lo más pintoresco del festival son las vestimentas de los cachacos que simulan a través de sus trajes haber nacido en la costa colombiana. Sombreros de todos los tipos, al mejor estilo uribista, camisas que lanzan sus destellos y, por supuesto, hay algunas que se visten de piloneras sin siquiera sospechar qué es eso. ¿Y por qué no se visten de campesinas boyacenses o se emperifollan con el típico traje para bailar la guabina? Y qué tal los paseos de olla, esos sí populares, convertidos en picnic por unos cachacos que se van para el río Guatapurí a lavar allí sus devaneos y culpas. Son tantas las cosas que allí pasan que los bogotanos, en un acuerdo tácito, han decidido aplicar la máxima de Íngrid Betancourt: "Lo que pasa en el festival vallenato se queda en el festival vallenato".

Ahora que tradicionales familias de Valle-dupar se han tranzado en agria disputa por la comercialización del Festival Vallenato resulta oportuno que los cachacos decidan no volver. Hay que dejar que los lugareños resuelvan el entuerto sin la intromisión de tantos lagartos y lagartas, cachacos y cachacas (y que conste que respeto lo del género) que cada año acuden cumplidamente al Festival. Personajes como Rafael Escalona, Hernando Molina, Gabriel García Márquez, Roberto Pavajeau y Álvaro Cepeda Samudio han debido prohibir desde siempre la incursión invasiva e innecesaria de cachacos en el Festival.

Como podrán sospecharlo, jamás he asistido a un Festival Vallenato… y prometo que no vuelvo.

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