No nací para viajes donde hay ciudades perdidas, pirámides, ruinas, tumbas milenarias, hipogeos, fuentes de Lavapatas, estatuas de dioses de civilizaciones antiguas. No los soporto. Por lo general son viajes largos, muy largos, no solo en avión sino también en bus, o en jeep, y, sin duda, con caminatas incluidas que se convierten en verdaderas pruebas de resistencia. Lo irónico —si se tienen en cuenta las horas del vuelo y lo caro que resultan— es que la mayoría son planes que uno chulea en un solo día: "Tour para ver las ruinas. Salida: 7:00 a.m. Regreso: 9:00 p.m.". Uno sabe en el fondo del corazón que prefiere quedarse en el hotel leyendo un libro y tirado en la piscina, pero también se empieza a sentir mal por llegar hasta allá y no ir a ver semejante tesoro arqueológico.
Al final uno va a regañadientes. Se levanta a las 6:00 de la mañana contrariado, pues las vacaciones se hicieron para descansar, se pone unas bermudas caqui con medias y tenis blancos (eso no combina nunca pero son las recomendaciones que dio el guía del tour, "para mayor comodidad"), y con esa pinta de turista que uno odia, untado de bloqueador solar hasta en los tobillos, se sube al bus a esperar unos 35 minutos al tipo que todavía está cargando la cámara fotográfica en el cuarto del hotel.

Cuando finalmente el bus arranca, el exagerado olor a repelente contra los mosquitos se confunde con el olor a marihuana que una pareja de europeos se está fumando en la última silla, mientras que uno trata de entender en página y media de Lonely Planet, 500 siglos de historia representadas en las ruinas que están por verse.

Después de tres horas en ese bus, uno se baja con ganas de irse a tomar la foto lo más rápido posible junto a las ruinas, las tumbas, los hipogeos, o lo que sea, pero el guía no deja que nadie se mueva de la entrada hasta que no hace una introducción de media hora llena de fechas de siglos "antes de Cristo", y de tribus impronunciables. A esa altura uno ya está confundido de tanta información y deshidratado por el calor. Valga la pena decir que en estos lugares o hace un calor insoportable o no para de llover, pero nunca hay un punto medio.

Lo peor del guía es que siempre habla como si fuera una grabación. Si uno le cambia el libreto en una palabra, es posible una catástrofe. Él puede estar hablando, por ejemplo, de una tumba de los mayas, pero donde uno le pregunte sobre algo de los mayas, que no sea relativo a esa tumba, el guía puede sufrir una trombosis cerebral. Así pasa con todos los guías, en los museos de arte es igual.

La ansiedad por seguir el recorrido es evidente porque lo que uno quiere, a la larga, es buscar una botella de agua o comprar algo de comer. Pero no será tan fácil. Para llegar hasta las ruinas, hacen falta cuatro kilómetros de caminata por unas escaleras muy empinadas en las que otra pareja de europeos, insolados, que parecen estudiantes de antropología, van recogiendo y guardando piedritas en sus mochilas mientras van tomando apuntes en una libreta. Al verlos, uno empieza a sentirse mal porque se da cuenta de que no sabría qué hacer con esa piedritas y que además tocará llegar al hotel a meterse a Google a leer más sobre las ruinas por no haberle parado bolas a nada, y pues da pena pasar por ignorante.

Esa pareja de europeos siempre estará presente en este tipo de viajes. Así sea en la Muralla China o en San Agustín, Huila. Ellos generan el rechazo del grupo pues, espontáneamente, comentan todo para alardear de sus conocimientos y cada vez que se paran enfrente de una estatua exclaman sorprendidos: "¡uff!", ¡uff!", "amazing", y uno solo descansa cuando el tipo se resbala y se troncha un tobillo por tratar de subirse no sé a dónde para tomarle una foto a una cerámica (aunque no lo crea, estos turistas quieren fotos de cerámicas), justo cuando le habían advertido que no lo hiciera.

Si el destino no son ruinas sino pirámides, con subir a una, se chulean todas. No importa que al lado estén cinco o seis más. Habrá una más alta que otra, pero con una es suficiente. Si algún día pasan por Teotihuacán, en México, hagan la prueba. Hay pirámides del sol y de la luna. Suban a una y listo. Y en Chichen Itzá, peor. Ninguno de los turistas, al otro día, recordará mucho de todo lo que vieron. Confundirán a los toltecas con los chichimecas o los olmecas. ¿A quién le importa, se preguntarán a sí mismos. ¿Qué canadiense, hablando con franqueza, se acordará de cuál pirámide era una y cuál la otra? Solo pensarán que ya estuvieron en este lugar mágico y que se podrán ufanar ante otras personas de haber visto lo que vieron.

Uno de los clásicos de este turismo es la Isla de Pascua, en el Pacífico. Para ir hasta allá es necesario viajar a Chile y desde allí volar cinco horas más. Por ese tiempo y precio yo prefiero estar en Londres o París pues en la isla todo se centra en una llanura llena de moáis. ¿Saben qué son los moáis? Un montón de estatuas de piedra con caras alargadas, serias, igualiticas, es como ver más de mil esculturas de Pacho Maturana (¿alguien recuerda a Maturana riéndose). ¿Es necesario ver decenas de esculturas idénticas? ¿No es lo mismo ver un moái a ver cien que no se diferencian en nada? ¿Qué le tuvo que pasar a esa civilización para hacer mil veces lo mismo?

Yo no me voy hasta allá para eso. Tengo la certeza de que no veré a los guerreros de Terracota ni tampoco iré a Tierradentro. A Discovery y History Chanel, a Travel & Living y NatGeo les agradezco mucho evitarme esas travesías. Sé que son destinos muy importantes y, por eso, de todo ese valioso Patrimonio de la Humanidad espero seguir aprendiendo mucho… pero desde mi casa.

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