¿Cómo sería la vida si estuviera casada con el inmarcesible Hugh Hefner? Sería loba, de eso no cabe duda. Para enganchar a tan longevo galán habría visto de todo en la vida y no habría aprendido nada. Me explico: a mis 14 años habría pasado por la ya clásica cirugía para incrustarme unas tetas DD, después habría invertido en infinidades de pelucas ya que, gracias a las sesiones de decoloración de pelo, estaría calva; también habría sido stripper, me habrían echado de mi casa y, después de todo eso, me habría dado cuenta de que estaba en la absoluta quiebra. Para ahogar mis penas habría persuadido a un chofer de valet para que me ayudara a colarme en una fiesta de la mansión Playboy. Y esa noche, ‘Hef’ me habría seleccionado entre miles de conejas borrachas y tetonas. Nuestra vida de casados sería aburridísima. Todos los días me obligaría a acostarme a las 9:00 de la noche, cuando él ya se habría acostado a las 5:30 de la tarde. Los viernes, días de rumba loca, ‘Hef’ pondría películas mudas en blanco y negro y se dormiría siempre durante la misma parte. Cada tres días yo viajaría sola a la misma suite de hotel de casino en Las Vegas, compraría perros diminutos, pañales para él, y, a mi retorno, insistiría en que celebráramos el Día de los Enamorados de manera romántica, sin que me importara el perpetuo olor a naftalina de ‘Hef’. Naturalmente esto siempre terminaría en lo mismo: en que a pesar del Viagra jamás se levantaría el ánimo. Yo comprobaría que el agua moja y que nadie a esa edad puede: a) ser atractivo, b) seducirlo a uno y c) usar la cama nada más que para dormir. Ante tanto vacío sexual mi matrimonio se convertiría en una especie de mansión de Barbies lésbicas y, como recompensa, me darían un reality.

Precisamente con este tema del lesbianismo en mente se me ocurre imaginar cómo sería estar casada con el procurador general de la nación, Alejandro Ordóñez Maldonado. Con Alejo, el matrimonio y sus límites habrían estado definidos desde el principio. Con su firmeza santandereana me habría dejado más que claro que en caso de que uno de nuestros hijos fuera gay, dejaríamos de ser una familia, porque eso dice la ley. Debido a su arduo tren de trabajo, a la infinita corrupción que trataría de combatir a diario y a los rosarios que rezaría cada noche, nuestra interacción sexual se iría por un despeñadero y mis intentos por sacarlo adelante, por alejarlo del oratorio que mandó construir en el hall de entrada del apartamento, serían frustrados. Alejandro me empezaría a confiscar todos mis artículos de ocio, me quitaría mis revistas, mis películas y mis discos. Todo bajo el reclamo de: “Mi amor, esto no puede ser, esto es un desbordamiento de conductas sociales”. Y así, a pesar de mis intenciones por mantener a nuestra familia unida, sus creencias religiosas intervendrían con, entre otras cosas colombianas, nuestra felicidad.

Estar casada con Ricardo Arjona, en cambio, sería un gran cague de risa al principio. A los dos meses de casados la risa se iría debilitando, apagando, hasta convertirse en inconsolable y desgarrador llanto. Pero vamos por partes. Antes de las lágrimas, habría sido emocionante: Ricardo me habría llevado de gira, también me habría llevado a las ceremonias de bautizo del salón de universidad y de la calle guatemalteca que, ambas, llevan su nombre y hasta de pronto me habría llevado al set de su película-musical Poquita ropa. Pero eventualmente la vida de jet-set me cansaría. La devastadora rutina de lavar fundas de almohada untadas de grasa y gel, las escenas de violencia doméstica después de unas copas —razón por la cual me volvería gran amiga de su ex Leslie Torres— y su desesperante maña de forrar absolutamente toda la casa en piel de leopardo, se llevarían los mejores años de mi vida. Finalmente, después de haberme sacrificado durante dos meses (eso implicaría dos dolorosas dedicaciones de De vez en mes), yo tomaría medidas. Tras haberlo confrontado, después de haberle suplicado que no me hablara más en lenguas cursis, Ricardo me echaría de la casa. Me cerraría en la cara la puerta con chapa de concha de nácar y solo quedaría el eco de absurdas frases como: “Fui amante de un maniquí de corazón usurero, me cuentan que el que yo fui perdía llegando primero” y “Soy libre y no me sirve. ¿Para qué quiere la libertad en la Luna un tigre?”…

Y ya que estamos hablando de cosas absurdas, mi reflejo es imaginarme cómo sería ser la segunda esposa de Álvaro Uribe Vélez. Después de que doña Lina se hubiera aguantado el oscuro periodo de 2002 a 2010 y un poco más, el expresidente habría caído en mis garras. Yo sería la primera dama de la desbaratada ciudad de Bogotá, aunque aún estaría sometida a algunas viejas mañas de Uribe: el murmullo de su mantra, “trabajar, trabajar y trabajar”, me despertaría a las 3:20 de la mañana, lo vería irse y, por el resto del día, sabría de él a través de sus apariciones televisivas desde universidades extranjeras en las que nadie lo quería ver. Por las noches, a su retorno, en la cama, nos acompañarían unos 400.000 seguidores en Twitter, y aunque sonaría raro al explicárselo a mi familia, la verdad sería que yo agradecería a Uribe trinando debajo de las sábanas, ya que gracias a esas 400.000 personas él tendría con quién ventilar sus puntos de vista y no los descargaría en la casa. Eso sí, la Alcaldía ofrecería nuevas facetas en nuestro matrimonio: el universo de cráteres de la 26 de una vez por todas se convertiría en una senda para cabalgar y el Parque Nacional pasaría a ser nuestra ubérrima finca. Yo andaría feliz con los comerciales de Citytv que me mostrarían promocionando neveras para cualquier parejita que pudiera comprobar haberse aguantado el gustico y en el Día del Padre jugaríamos, en vez de Risk, a la democracia con mis hijastros. Pero toda fiesta tiene su fin y la nuestra acabaría porque Uribe la habría querido raspar. Nos separaríamos a los gritos, él subido en el puente de guadua de la 80, yo oyéndolo desde la calle, porque él habría insistido en su reelección como alcalde. 

Pasemos entonces al otro lado del espectro: ¿cómo sería estar casada con un genio?, ¿en qué consistiría un matrimonio con Stephen Hawking, por ejemplo? Sería infernal, preferible estar casado con uno normalito para facilitar las discusiones. En vez de comentar las noticias de la primera página de El Tiempo, con Stephen habría que seguir profundizando en la unificación de la Relatividad General con la Teoría Cuántica. Y como los terapeutas dicen que en un matrimonio hay que ver las cosas desde el punto de vista del otro, que hay que ponerse en sus zapatos, yo naturalmente me compraría una silla de ruedas. Nos diríamos “t-e a-m-o” en voz de robot, saldríamos a bailar sobre ruedas, le haríamos pegas a la atención al cliente de la ETB y nos pasearíamos orgullosos por la ciclovía los domingos. Sin embargo, los mayordomos de la casa nunca durarían en su coloca, porque siempre usarían la condecoración de Príncipe de Asturias y la medalla de Copley que el mundo le ha otorgado a Stephen como bandeja y posavasos. A menudo me tocaría llamar a Jane Wilde, su exesposa, para pedirle apoyo durante los innumerables ataques de cristianos a nuestra casa. Mi autoestima viviría hecha trizas y, a pesar de las cantidades industriales de plata que invertiría en terapia, nada lograría convencerme de que no estaría aburriendo a Stephen con mis conversaciones. Nuestro matrimonio sería afectado por la radiación de un agujero negro, luego absorbido y, finalmente, se evaporaría.

Viendo estas opciones —entre un fósil, un ultracatólico, un lobazo, un alcalde de la seguridad democrática y un genio—, está claro que hay mujeres mucho más pacientes que yo y que el matrimonio, si es que me toca, más vale que sea con un fulano que haya nacido después de la Segunda Guerra Mundial, que no le urja ir a misa, que no hable del ciclo menstrual con melodía, que no tenga seguidores agresivos y que no se tome ninguna crítica demasiado en serio.

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