Los hoteles de diseño se supone que son un nuevo eslabón en la cadena evolutiva de la cultura de hospedaje. Lugares en los que arquitectos y diseñadores reputados le dan rienda suelta a su creatividad, como si fueran niños estrenando Lego, para crear espacios en los que los viajeros del siglo XXI experimenten nuevas sensaciones. El objetivo es sorprenderlos a como dé lugar y al hacerlo los convierten en conejillos de Indias de su hedonismo desenfrenado. No exagero, sé de lo que hablo porque lo viví en el hotel Puerta América, de Madrid, que es la quintaesencia de esta tendencia. En la elaboración del edificio de doce pisos participaron 19 de los mejores estudios de arquitectura y diseño del planeta, provenientes de 13 países diferentes, que incluían a varios ganadores del Premio Pritzker, el equivalente del Nobel en arquitectura, como Jean Nouvel y Zaha Hadid. De este sancocho idiomático, que algunos llaman eclecticismo, surgió el hotel.
La primera impresión que tuve del Puerta América fue impactante. La fachada es un degradé de toldos rojos, amarillos y naranjas, cubiertos con versos de un poema en varias lenguas. Una colorida explosión que resalta en medio del paisaje circundante. Esa paleta cromática me llegó al alma, me recordó la de algunas de mis camisas, me produjo una sensación cálida y reconfortante. El edificio y yo estábamos sintonizados en los mismos tonos.
La recepción me deparó nuevas sorpresas. A diferencia de otros hoteles de cinco estrellas que tienen entradas y vestíbulos del tamaño de los salones del Palacio de Versalles, custodiados por porteros y valets que escanean con la mirada a quienes ingresan con el mismo detalle que la máquina de la película El vengador del futuro, este tenía una pequeña y discreta puerta de acceso. Todo era minimalista, hasta la atención, que fue mínima. Pasé por alto la displicencia del personal porque estaba ansioso por llegar a mi habitación. Me dieron una en la segunda planta, diseñada por el arquitecto inglés Norman Foster.
El hall de acceso al piso lo preside una gigantesca escultura plateada, parecida a un corte de queso gruyere, de un artista chino. Los corredores son diáfanos, con paredes recubiertas de cuero blanco, que harían las delicias de un sadomasoquista, y paneles circulares de vidrio. Todo es inmaculado y silencioso . La habitación tenía los mismos materiales y repetía la fórmula de “más blanco no se puede”. Unos plegables explicaban que el creador del piso era la personificación del estilo High-tech, que huía de lo recargado y que había creado en ese piso “un perfecto santuario urbano”. Para ser sincero, me desilusionó tanta normalidad. Me imaginaba algo más excéntrico. En medio de esas blancas paredes de cuero, yo, que soy trigueño, me sentí como un chocorramo abandonado en la nieve.
Superado el golpe, procedí a instalarme. Pasé un buen rato palpando y dándoles toques a las paredes, cual experto en caletas del Bloque de Búsqueda, hasta encontrar lo que parecía ser el clóset. Lo abrí y... ¡sorpresa! Ahí estaba el minibar. Intenté con dos asas que sobresalían del cuero y durante no sé cuánto tiempo, a mí me pareció una eternidad, hice un papelón al mejor estilo de uno de los episodios de Mr. Bean hasta que logré abrirlo y vi la luz. Esa luz, la del interior del clóset, me acompañó durante el resto de mi estancia en el hotel porque no logré apagarla de nuevo. Fallé en mis pesquisas para encontrar un interruptor y mis pedidos de ayuda no encontraron eco en la recepción. La luz que se filtraba por las rendijas del clóset en la noche me recordaba mi vergonzosa derrota ante el High-tech. No fue la única.
La gran extravagancia de mi habitación era una pieza de ónix “retroiluminada”, de acuerdo con la descripción del folleto del hotel, que iba de un lado a otro de una pared y unía el baño con el dormitorio. Probando los interruptores para prenderla, algo falló y la luz del baño se quedó encendida. Al igual que dos espejos redondos ubicados al lado de los lavamanos. El botón para apagarlos está diseñado de tal manera que sea imposible encontrarlo. Eso sin contar que no pueden girarse lo que convertía la afeitada en otro episodio ridículo: un doloroso proceso de torsión de la cabeza para lograr el ángulo correcto y evitar terminar con la cara cortada. La ducha, en cambio, era una dicha, un óvalo sin puerta en el que lo único que eché en falta fue una jabonera o algo parecido. Si no hubiera encontrado jabón líquido entre los accesorios hubiera pensado que este adminículo había sido abolido por el High-tech.
Después de recorrer los doce pisos del hotel, me di cuenta de que había sido afortunado. El cuarto es como el socavón de la Catedral de Sal pero con hierro, un espacio tridimensional salido de una película de terror no apto para borrachos ni enguayabados. El quinto, con muebles de terciopelo y esfinges de mármol, me recordó algunas casas del Peñón. El séptimo es como estar inmerso en una escena de 2001 odisea del espacio y el octavo en una de Viaje a las estrellas. Por lo que me han contado, creo que algunos moteles de Cali le pisan los talones, a su manera, al singular estilo de este hotel. Gabriel García Márquez dijo en alguna ocasión que los hoteles eran “la transfiguración turística de la realidad exterior”. En el caso de los hoteles de diseño se podría decir que es la transfiguración de la imaginación de los diseñadores y arquitectos, que hacen realidad sus sueños a expensas de los huéspedes. En estos casos dicen que menos es más. Es cierto. Menos High-tech puede representar más tranquilidad y evitarle a un turista chibchombiano como yo la pesadilla de una luz que nunca se apaga.

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