Ya sé que no lo dicen; sé que es un secreto que editores y editoras se llevan a la tumba y que, ni siquiera en las borracheras de los cocteles privados de la Cámara del Libro se menciona el asunto. Por cierto, en los manuales de edición también se ha suprimido convenientemente cualquier comentario en torno a esa estela de sopor que envuelve estos asuntos. En el de Gill Davies, por ejemplo, solo se dice que este evento es un hito para el autor, y que resulta fundamental para la editorial hacérselo saber: "Envíele flores u organice un almuerzo para planearlo. Estos eventos huelen a cliché, pero igualmente pueden tener un efecto favorable".

Pues bien, contrariando el sigilo profesional que envuelve a la secta de los editores, me aventuro a confesar uno de nuestros grandes secretos vergonzantes: los editores odiamos los lanzamientos de libros, tanto que podría afirmar que son nuestra peor pesadilla. Aún peor que las malas ventas, los tirajes excesivos o las bodegas repletas, y casi peor que tener que justificar ante un colega al que respetamos la permanencia en el catálogo de nuestro fondo editorial de algún librillo de Ángela Becerra. Los lanzamientos son el karma del editor porque constituyen, precisamente, la mayor fantasía de los departamentos de mercadeo que se frotan las manos sin pudor al imaginar que, a punta de paneles seguidos de un par de vinos y algunos pasabocas, se puede convertir los más oscuros manuscritos en hits instantáneos a lo John Frank Pinchao o Isabella Santo Domingo, desconociendo el hecho claro de que en este país hay que ser un ex secuestrado o una reina bizarra de la farándula para vender más de mil copias de cualquier cosa impresa.

Todas las modalidades de lanzamiento editorial son más o menos detestables y enfermizas. Sin embargo, quiero proponer aquí un pequeño listado de las peores patologías que un desocupado lector o un abochornado editor pueden padecer durante estos certámenes:

Bostezadera. Fue Belisario Betancur quien en principio la despertó, pero, aunque parezca inverosímil, su estilo ha creado escuela, poniendo la vara cada vez más alta en términos de potencia somnífera. Se trata de largas disertaciones en las que los presentadores se olvidan de que hay público, pues parecería que están en la sala de su casa, donde suelen recitar poesía, dictar ensayos y discutir en torno a la jardinería, la literatura cósmica o la obra de Eduardo Carranza. Si usted, por algún motivo sonríe durante uno de estos lanzamientos, es porque le tocó la suerte (o la desgracia, vaya uno a saber) de ser el esposo o la esposa del personaje que largamente nos arrea con su sabiduría y fino sentido del humor. Así que, cuando eso ocurra, explícanos el chiste, Dalita.

Vacío. Digámoslo: en una tercera parte de los lanzamientos editoriales en Colombia encontramos en el auditorio, literalmente, a la mamá, las tías, dos primos, la mujer o el novio del autor o la autora, y a seis incautos, probablemente pensionados, reclutados a última hora en el foyer de cualquier institución cultural. Adoramos estos lanzamientos, pues sentimos que nuestra profesión es tan marginal como las canciones de Inés Gaviria.

Egomanía. En la mesa están un editor reducido a su mínima expresión, un par de humildes presentadores y un mega autor desbordado por la certeza (que nadie más comparte) de que es Único e Irrepetible. En estos lanzamientos nadie puede decir, por contrato, algo más coherente que el autor, nadie puede poner en cuestión lo que el autor dice y todos deben, so pena de público escarmiento, hacer la fila para que el autor les firme un libro. He visto, lo juro, cómo algunos empleados de las editoriales son obligados a hacer la fila fingiendo ser devotos fans a la espera de un autógrafo.

Esquizofrenia. Una de las reglas de oro de cualquier lanzamiento editorial es que la primera pregunta del público siempre es realizada por un freak. Y tras la primera, contrariando la certeza de que la pregunta acabó por knock out con el evento, llega una segunda, igual de surreal. Parece que los segundos se vuelven horas entre estas preguntas desenfocadas, obtusas e incoherentes y las respuestas de los oradores, con las que el auditorio se sonroja, preguntándose cómo diablos terminó en este lanzamiento y cómo se va a vengar de la tía que le dio esa invitación prometiéndole una velada llena de cultura, vino y debate.

¿Que qué? Típico de algunos actos académicos, donde largos discursos sobre la "ontología odontológica: nuevas perspectivas críticas en torno a la naturaleza metafísica de la dentición" terminan haciendo que el público mire al techo, perciba que se le cayó el recubrimiento plástico a la puntica del cordón del zapato izquierdo o se pregunte cómo se llamaba ese concurso televisivo de 1986 animado por Jota Mario (Valencia, no Jotamario a secas, para evitar la posible confusión). He sabido de oradores que enredan la pita del discurso a propósito, para estropear a un autor al que detestan, y a quien nunca han sido capaces de confesarle sus sentimientos.

Otros vicios inherentes. La copa de vino que, no lo duden, proviene de las peores cepas del mercado. Los lagartos que rastrean convenientemente cualquier lanzamiento para asaltarles a los meseros los pasaboquitas de galleta Ducales con atún Doña Isabel en salsa rosada. Los invitados hipócritas que van afirmando, por lo bajito, que el libro es la evidencia de que estamos ante un autor sobrevalorado y de que el editor es un cretino que se dejó meter un golazo, mientras le sonríen a uno y le dan palmaditas en la espalda al otro.

Y es que en el fondo, todo debe estar mal si partimos del principio de que nadie ha leído el libro del que una gente ahí está hablando. Es decir, estamos ante una obra de teatro donde casi siempre el público no ha leído la obra, los oradores son amigos del autor, los editores quieren vender a toda costa tantas copias del producto como sea posible, y lo único que nos salva la noche es la revisión de las páginas sociales de Jet-set o Caras, donde podemos constatar con felicidad que sí publicaron la foto en la que posamos al lado de nuestro amigo Fernando Toledo.

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