Supongamos que usted está tranquilo un sábado a las once de la mañana, tumbado en el sofá de su sala. Que sigue tibio, todavía con los boxers y la camiseta que usó el día anterior, y cree que nada puede perturbarlo. Hasta que todo se desmorona cuando oye esa especie de zumbido que advierte la presencia de un papel extraño debajo de la puerta. Piensa que lo peor que puede pasar es que sea la convocatoria a la asamblea del edificio, donde un grupo digno de geriátrico discutirá durante horas, entre otras cosas interesantísimas, el mal estado del tapete del ascensor. Desganado, camina hasta la puerta para darse cuenta de que la situación es aún más dramática de lo que pensaba. Es la invitación a la pesadilla hecha evento: ¡un matrimonio en Cartagena!

Entonces empieza a hacer sumas interminables: que 500 del tiquete, que 200 de cada noche de hotel, que 150 de la guayabera de Salomón, que otros 200 del regalo, que la comida en La Vitrola, que el almuerzo en ese detestable restaurante de moda donde venden porciones mínimas de comida molecular… Y en ese momento, amigo mío, se da cuenta de que todo está perdido.

Minuto a minuto, y mientras busca desesperado pasajes de promoción en internet, se despide de los planes que tenía de usar sus ahorros para viajar a Nueva York, comprar una bicicleta eléctrica, cambiar las llantas del carro, abrir un fondo para ir a Brasil 2014… Porque en ese cartón blanco, con moño y bordes dorados, los padres de la novia lo están invitando a la quiebra. ¿Y para qué? Para bailar mapalé rodeado de cientos de cachacos vestidos de blanco, con la cara encendida por la insolada de la mañana, los pies hinchados por la retención de líquidos y sudando a chorros la última fragancia de Carolina Herrera o Roger&Gallet, dependiendo de la edad.

Entonces se pregunta por qué en Cartagena. Pues porque no importa si la familia de la novia tiene que dejar de pagar la administración del edificio para que su niña tenga una boda de cuento de hadas; así no se llame Lady Diana, como muchas princesas criollas, dar el sí entre murallas denota aristocracia. Y los cachacos que se jactan de ser ‘gente bien’, aunque no todos sean ‘gente de bien’, creen que su sangre es color azul Windsor. En otras palabras: casarse en Cartagena es más play, más esnob, más pretencioso...

Si los novios lo que quieren es mar, sol y ver a las tías con tocados en la cabeza a lo Pippa Middleton, no entiendo por qué no organizan el evento en el célebre balneario Piscilago, que cumple con todas esas condiciones: tiene una gran piscina de olas, el sol pica como ninguno y las tías tienen que andar obligatoriamente en gorro de bañista.

Y hablando de las tías, ¿cómo las van a poner a buscar peluquero y maquillador en Cartagena? ¿No ven que las dejan como un french poodle? ¿No se dan cuenta de que incluso antes de la misa, después de caminar entaconadas entre escoltas y carrozas para llegar a la iglesia, quedan con el aspecto de un cuy?

Entonces, si nos parece tan grave, ¿por qué vamos? Porque, muy en el fondo, somos arribistas: nos gusta asistir sudados al shower de pareos que organiza el “amigo de la pareja” Juan del Mar y pegarnos el paseo a la isla de un padrino con apellido internacional, tipo Mattos o Bessudo, por decir cualquiera. Y también porque nos encanta que un fotógrafo de sociales nos agarre en flagrancia durante la “hora loca”: cuando Tutis y Mauro (siempre los nombres de los novios se escriben en diminutivo) nos dan máscaras de marimondas, nos llevan a la pista en trencito y nos invitan, bailando, a olvidarnos de la millonada que nos gastamos para estar en su boda, “la boda del año”.

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