Más ahora que su esposa fue portada de Vogue y ya sabemos cuánto le gusta a él trasvestirse con tal de ocupar el primer lugar. Juan Manuel Santos es más falso que la risa de los loros y prueba de ello es su gusto travesti por los pantalones de colores. No pretendo ofender a mis amigos transformistas comparándolos con nuestro presidente. De hecho, los pantalones de colores no tienen nada que ver con la orientación sexual: usualmente los gais son tipos muy bien vestidos como para usar algo tan bochornoso.

Me refiero al hecho de que Santos es un hombre sin ideas propias con un discurso muy claro: él es lo que haya que ser, por lo que no le importa mostrarse con pantalones mostaza —o escarlata— con tal de estar a la moda.

Lo que en el mundo entero actualmente manda el estilismo (¡qué palabra más horrorosa!) es que los hombres vistan pantalones en la gama del arco iris, una moda propia de los Bobo, apócope de bourgeois bohemian, que es como se llama a los yuppies en la era de las nuevas tecnologías: consumistas adinerados y frívolos “bobos”, que gustan de productos caros y exóticos.

Hablando en su mismo lenguaje, vestir así hoy día es un must, por lo que el street style muestra imágenes de hombres —especialmente de edad avanzada— usando en sus pantalones aquellos colores candy que fueron tendencia hace unos años, cuando los adolescentes se colaban en los after parties disfrazados de algodón de azúcar.

¡Todo vale con tal de llamar la atención!

Porque de eso se trata este asunto: los pantalones de colores no son más que mero maquillaje. Si la ropa transmite lo que una persona es, estos pantalones vitamina reflejan a andropáusicos que quieren presumir de jóvenes. Quienes los usan son la versión masculina de las cuchibarbies.

Según dicen los expertos, en tiempos de crisis —no económicas sino de edad—, las prendas multicolores se compran más. A la manera de las cortinas de humo tan usuales en este gobierno, el colorido sirve para llamar la atención, para que el pueblo no confirme lo malo que son los payasos y se carcajee tan solo observando sus vestidos carnavalescos, pues, mar de colmos, usualmente son colores flamboyants —al decir de los franceses, ya que hablamos de moda—, que destellan bajo el eterno gris de la garúa bogotana.

Con la frustración de sus rostros marchitos y arrugados, en lugar de empolves para la piel nada mejor que retomar lo que se fue vistiendo, ropas tan efervescentes como la misma juventud. Por eso a veces me pregunto si a los hombres que usan estos pantalones realmente les gustan o son una imposición de su mujer que, con tal de presumir ellas de eterna primavera, los obligan a ellos a aparentar lo mismo.

Ahora que media humanidad, haciendo alarde de falsedad, ha comprado la tesis de los libros de autoayuda que sobrevaloran la autoconfianza cual si fuera una virtud, conviene enfatizar que eso de usar pantalones de colores es de gente “wannabe”: jóvenes que quieren aparentar ser de mejor clase social gracias a la abultada chequera mal habida de sus padres o cincuentones de derecha que pretenden posar como tolerantes de izquierda, mostrándose modernos y finalmente seguros de su sexualidad, solo porque a esa edad ya se han casado dos o tres veces y han regado más de un hijo por fuera de los matrimonios.

Que quede claro: respeto que cada quien haga con su vida lo que quiera, pero los colores sorbetes en los pantalones le quedaban bien a David Bowie en los setenta, y hasta pasa que los use Justin Bieber, pero eso de tener un presidente que cada vez que visita la costa viste como papel de colgadura confirma la idea de que somos una Banana Republic.

A los únicos a los que les lucen los pantalones de colores son los bomberos, pero ya sabemos que Santos tiene poco de apagafuegos. De hecho, de seguir obsesionado con la moda con tal de desbancar a Tutina de la portada de Vogue, nada extraño sería que un día de estos lo viéramos en La Habana vistiendo camisas hawaianas. Con tal de ocupar la primera plana, él incluso posa en calzoncillos.

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