Quisiera ver al tarado del príncipe William corriendo a una litografía del Ricaurte —donde solo se respira el plomizo ambiente del tóner, que daña el 75% de alvéolos pulmonares con solo tragar una bocanada de aire— para preguntar si ya están listas las invitaciones que mandó imprimir hace una semana para su boda con Kate Middleton. Quisiera verlo, con su sonrisa de cretino tratando de aguantar a esa dependiente flaquita de jean sin bolsillos, que dice que no, que debe volver mañana, Su Majestad, porque resulta que una de las planchas de impresión se dañó.

Pagaría el oro que no tengo, William —o déjame decirte Memo, ahora que estamos en confianza—, para que regresaras a ese sitio, de nuevo sintieras que tus pulmones colapsan y te des cuenta de que ya las tarjetas están listas, pero que toca volverlas a hacer porque anotaron mal el apellido de tu novia. Pusieron ‘Kate Mileton’. Mientras tanto a Kate le provoca estrujarte contra una pared porque cómo no te fijaste en ese detalle. ¿Es que acaso no sabes deletrear el apellido de la mujer con la que vas a compartir toda la vida.
Me encantaría, William Guillermo querido, observarte llegando en una buseta a las torres Jorge Barón de Unicentro y verte preguntar local por local, en tu faceta más débil y vulnerable, por un vestido que esté a la altura de tu matrimonio. Allí, mientras te pruebas el pantalón rayetiza, te pondrás un poco más colorado que de costumbre cuando una señora abra el vestier —o la cortina habilitada para esos menesteres— pensando que no había nadie y te diga que si te demoras porque su nieto, un chino de ocho años, se va a probar un esmoquin. ¡Con lo miserable que se puede ver un niño de corbatín y tú estarás en una peor posición que ese guámbito!
Mi sed de venganza se encumbraría hasta los límites del paroxismo si no tienes la menor idea de qué son las gérberas. Y si en tu lista de contactos no está el cura amigo que te presta la iglesia de su casa, peregrinarás tocando en cada claustro a ver quién se le mide a lo del casorio. Te reto a que encuentres una iglesia disponible. No hay. Si el único sacerdote que está en el círculo de amigos es el padre Rozo, mejor buscar unos allegados hippies para que te unan con Kate a través de un rito gitano que te inmortalizará por ridículo y que igual te costará un platal. A la hora de las bodas hay que bajarse del bus siempre.
Ni te digo, Guille, el camello de organizar la recepción: como estarías escaso de plata —nunca te he visto trabajar, por lo que presumo que tu cuenta de ahorros está desocupada— debes empezar a mochar gente en la lista de invitados. Te digo algo: puedes hacer desplantes maravillosos y dejar por fuera de la fiesta a gente que seguro no te soportas, como Camilla Parker-Bowles o Sarah Ferguson, que es como de malos tragos, pero también tendrás que afinar el gesto el día que un amigo que no pasó el corte —no porque no lo quisieras invitar, sino por pura iliquidez— te haga mala cara y te reclame por dejarlo fuera. Nunca verán ese gesto con agrado, cosa que es llamativa; nada mejor que no recibir invitaciones a matrimonios: te ahorras lluvias de sobres y listas de regalos.
Tu paladar, como el de cualquier hombre, es básico. Kate cree que tu presencia es clave para que apruebes el menú. Debes ir a probar y escoger los platillos. Y tú dirás a todo que sí, porque te da lo mismo el salmón noruego que las empanadas de arroz de la esquina de tu palacio. Igual debes ir a poner tu rúbrica de aprobación o de lo contrario habrá problemas y miradas fulminantes, como las que le hacía tu papá a tu mamá.
Los preparativos de un matrimonio cualquiera, querido William, en la Abadía de Westminster o en un salón comunal, a veces son tan insoportables que son el germen inicial para que se desarrolle a corto plazo un exitoso divorcio. Eso sí, también opera al revés: la parafernalia previa y el desgaste tan macho que implica hacer tanta vaina hace que nunca quieras repetir ese trance y te cases hasta que la muerte los separe. 
Lo que sí te va a salir gratis es contratar fotógrafo. Paparazzi de sobra tienes para escoger.

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