No hay experiencia más desagradable y humillante que ir a un restaurante nuevo, de esos que se ponen de moda, a los que va todo el mundo y donde no puede entrar cualquiera.

Jamás se puede ir sin haber hecho reservación, y si a uno se le ocurre llegar sin previo aviso, un portero vestido de esmoquin negro, envarado, con una sonrisita provocadora, expresa en tono solemne: "No, doptor, imposible, reserve por teléfono".

Mientras tanto, en la misma puerta en la que uno se encuentra suplicando que lo dejen entrar, aparece una linda y cuajada presentadora de televisión, que llega con un combo de amigos "play", y pregunta con el conocido acento gomelo, en diminutivo o en apócope, si "está Andresito o Andrus", que seguro es el dueño o el gerente, y entra sin reservación. Ni modo de protestar, porque allí hay unos hombres de talla herculina y pelito corto, contratados para preservar la seguridad de la selecta clientela.

Resignadamente se hace la reservación telefónica para dentro de un mes, con el anuncio de que si nadie se hace presente a la hora en punto, dispondrán de la mesa en un minuto.

Llega finalmente el grandioso día, uno se prepara y llega diez minutos antes. En la calle, un batallón de jóvenes uniformados, a la usanza de policías de tránsito, le anuncian que ellos son "balec parquin", que el servicio cuesta 15.000 pesos, sin la propina, y que le avise al mesero 20 minutos antes de abandonar el restaurante para traerle el auto. Ah, eso sí, que no se hacen responsables de lo que se pierda.

Ya en el sitio, empieza la burocracia interna. Primero un mesero acomoda a los comensales, luego viene otro pidiendo la orden de bebidas, ofreciendo un vino de la casa de 50.000 pesos, o uno extranjero que quintuplica la cifra. ¡Qué eficiencia!, piensa uno, y algo empieza a funcionar mal cuando se advierte que el "pan toscano" con el que lo reciben es una mogolla vieja con queso parmesano, calentada al horno, para que parezca hecha en casa.

Transcurre media hora mientras uno se empacha de pan con aceite balsámico, cuando de pronto se presenta el maître, otro señor gordito con esmoquin negro, con un menú empastado "ala, como en New York", redactado en inglés y español "porque aquí viene mucho extranjero".

Y empieza la función, porque la "salade niçoise" que se piensa pedir de entrada vale 41.000 pesos, pues las anchoas son noruegas. ¡Qué diablos!, como la ocasión es especial se ordena el primer plato, y también el segundo, un filete de pavo marinado en ostras con salsa de chontaduro y agraz, acompañado de "patatas", que vale 75.000 pesos.

Después de 53 minutos de espera, con la música a reventar, padeciendo la congestión más ruidosa por el desfile de celebridades y de hombres con anillos y cadenas gruesísimas, consentidos por mujeres protuberantes que sumisas los llaman a gritos con los tiernos apelativos de "gordo", "papi", "bello", llegan las viandas, en diminutos platos, porque la nouvelle cuisine es discreta. Lo abundante, lo que quita el hambre, es lobo.

Todos los de la mesa se miran entre incrédulos y apenados, comen y advierten que la ensalada es de tomate, lechuga, papa criolla, cebolla cabezona, atún, una anchoa y dos aceitunas; también que el pavo es de jamón de supermercado, bañado en una salsa tan mezclada que no se adivina de qué es, y que las "patatas" son papas doradas en mantequilla.

El encuentro gastronómico se cierra con engordadores postres, chiquiticos, ofrecidos con un "digestivo" y un tintico.

Al pedir la cuenta, un mesero suficientemente adiestrado pregunta si requiere factura o precuenta. No sabe cuál es la diferencia, pero al igual que el cliente, sospecha que tiene que ver con alguna maniobra para robarse el IVA.

La cuenta resulta inversamente proporcional a los platos digeridos, 350.000 pesos por persona, la cual se cancela también con desgano, porque a pesar de la importante inversión culinaria, quien paga quedó como llegó: hambriento, pero algo peor, sin plata.

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