Juro que lo escribió Mario Benedetti. Tenía 17 años y una confusión tremenda: ¿era necesaria la lucha armada? Mis compañeros decían que sí. Y yo no tenía argumentos para decirles que no, salvo unos que debía callar: quería ser escritor, odiaba la violencia y quería casarme con una muchacha de gafitas y mochila arhuaca. En esos dilemas andaba cuando cayó en mis manos una revista Casa de las Américas, de Cuba, con un ensayo de Mario Benedetti.

Palabras más, palabras menos, el bardo uruguayo concluía que un escritor auténtico tenía que empuñar las armas. Qué dilema me dejó el autor de La tregua y Montevideanos. Y una gran culpa pequeñoburguesa. Como soy colombiano desconfiado, alcancé a pensar: “Tú primero, Mario”. Por supuesto, Mario nunca empuñó las armas, nunca dio el ejemplo. Tampoco, como tantos apologistas de la violencia revolucionaria de esa época, se convirtió en un defensor del sistema. No. Hizo algo peor: se volvió un poeta cursi. Un poeta cursi para enamorar con versos cursis a mi chica de gafitas y mochila arhuaca. Nunca he podido perdonarle al jodido Mario Benedetti semejante engaño. Vivir para ver: miles de muchachas con gafitas y mochila arhuaca terminaron suspirando en las terrazas de los centros comerciales “capitalistas” con el meloso Mi táctica es/ mirarte/ aprender como sos/ quererte como sos, mientras a nosotros había tratado de convencernos de morir en el monte como el idiota útil de Camilo. Su verdadera táctica era otra.

Los centros comerciales empezaron a crecer y a multiplicarse y los libros de poesía de Mario Benedetti se vendían como pan caliente en las librerías de los centros comerciales. Pasó el tiempo y ya no lo compraban las muchachas de gafitas y mochila arhuaca, sino sus hijas con lentes de contacto y peinado Alf. Compraban los innumerables libros de poesía de Mario Benedetti —cuando pienso en el infinito pienso en sus libros de poesía— y sentían nostalgia de cuando su mamá tuvo compromiso social. Después de todo/ usté es el palo/ mayor de un barco/ que se va a pique/ seré curioso/ señor ministro/ de qué se ríe/ de qué se ríe.

El que se reía era Mario Benedetti cobrando 10.000 dólares por recital y vendiéndole una poesía bobalicona a la clase media (¿le habrá pagado regalías a tarjetas Timoteo?). A ellas y a ellos, quiero ser justo: no solo ellas —las muchachas de lentes de contacto y peinado Alf— compraban los libros de Mario Benedetti. Ellos —los muchachos de peinado Cerati y camisa afuera del pantalón— también los compraban para conquistarlas a ellas. Su dilema más grande era decidir qué libro de Mario Benedetti regalarles.

No le perdono a Mario Benedetti su impunidad. Uno no puede titular un poema ‘Yesterday y mañana’ y no haber ido a la cárcel. O las cárceles: primero en Estados Unidos y luego en Colombia. ¿Qué tal que a cualquier poeta suramericano le hubiera dado por titular de esa manera un poema? Mínimo cuarenta años de prisión, sin rebaja de pena. O qué tal, en esa misma línea bilingüe, When you are smiling/ ocurre que tu sonrisa es la sobreviviente. Cadena perpetua. De lo que se salvó.

Mientras más conozco la poesía, más odio la poesía de Mario Benedetti. La poesía no es escribir frases “hacia abajo” y Mario Benedetti lo hizo. La poesía no es la obviedad y Mario Benedetti no conoció nada distinto. La poesía comienza cuando aquellas muchachas de gafitas y mochila arhuaca olvidan por fin a Mario Benedetti y sienten de verdad el consuelo de las palabras ante “el ultraje de los años”.

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