Paso páginas de un periódico deportivo y algo llama mi atención. Es 14 de agosto y leo que Piqué ha acudido a un “autentico rodeo americano” con Shakira. Me pregunto: ¿un rodeo?, ¿qué rodeos querrá dar nuestro Tim Mcgraw?

Estoy en una terraza delante del mar de Benicàssim. Por encima de las sombrillas y las curvas bronceadas pienso… Piqué a un auténtico rodeo americano… ¡Toma ya! Nuestro central más en forma de rodeo, ¡me parto!… me llega el café y le digo al camarero: “Ou yeah!”

Ya habíamos visto al buen Gerard acompañando a Shakira en un parking de Miami, en el escenario del Estadio Olímpico de Barcelona, en una suite del Villa d’Este del Lago de Como, contra el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén… pero en un rodeo es lo más, ¿de qué va la barranquillera

… ¡Al final nos lo va a lesionar de la cadera!… si Gerard sobrevive a un rodeo, ya puedes ir con ella al Andino a pasar el sábado. Hay cosas que los catalanes no llegamos a comprender. ¿Por qué no invita a Shakira a Camprodón, pasean de la mano por el Passeig Maristany, se besan en los rincones oscuros del Puente románico y comen una escalivada y pa amb tomàquet con butifarra blanca aunque tengan que ir disfrazados?

Sabemos que el amor es cosa de tres, pero en este caso se rompe la estadística. Los dos nacieron el mismo día, un dos del dos. Esta es una pareja con magia. La pregunta es: ¿tendrán gemelos? Parece que existe feeling y los dos salen beneficiados: según Personality Media, desde que sale con Shakira, Piqué levanta todavía más pasiones en las féminas. Y desde que salen juntos, Shakira se ha hecho del Barça, lo cual indica lucidez de pensamiento.

Todo enamoramiento excita la imaginación, implica la idealización de la otra persona y lo que ella hace, sus aficiones, su forma de vestir, su verbo y, cómo no, sus caderas, son de otro planeta, inmejorables. No hay duda de que un rodeo es adrenalínico. Y la adrenalina, culpable de sudores y estremecimientos, es una sustancia que proviene de la excitación.

En la Universidad de Saint Andrews (Escocia) han descubierto que en la sociedad occidental, la atracción hacia el otro es una variedad del narcisismo. Lo que demuestra que las personas que más nos gustan son las que más se parecen a nosotros. En ese sentido Piqué y Shakira no fallan. Cada vez se parecen más el uno al otro: hasta hace dos días Shakira estaba en blanco (simpatizaba con el Real Madrid) y no sabía quién era Messi. Ahora es la fan número uno del equipo de Guardiola, ¡cómo salta en el palco del Camp Nou cuando marca Xavi! ¡Si casi baila el waka waka! Y es que como dice el matemático John Gottman, “ser complementario es una decisión que hay que tomar en cada momento”.

Piqué gana la Champions y lo primero que hace es ir al concierto de Shakira. Saldan deudas íntimas en el camerino de la super pop star y sale al escenario, de manera que uno no sabe quién da el concierto. Hace tres años Piqué no bailaba ni cuando Dani Alves se marcaba una samba en el córner. Hasta bailando la sardana team tropezaba. Y ahora baila cumbia, mapalé, repiquetón y hasta la sintonía de Caracol Radio.

Una vez más tenemos que darle la razón al maestro Jung: “El encuentro de dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas: se produce alguna reacción, ambas se transforman”. En tres palabras: simbiosis al poder.

Pero me temo que falta una demostración. Como sigamos con esta dinámica, me veo a Piqué sentenciar que la ama más que al Barça, y en su camiseta, por encima del 3, borrar la P, la I, la Q, la U y la É, para, de una vez por todas, imprimir: S H A K I R O y desquiciarnos del todo.

Termino el café y, mientras entro en el mar, me da por recordar aquella máxima de Sacha Guitry: “Si la mujer fuese buena, Dios tendría una…”, y ya nadando, más relajado, pienso en fin, que siga la química, que viva el amor y visca el Barça. Y que Piqué y Shakira sigan bailando muchos años, porque un rodeo bien puede conducir al éxtasis.

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