No hay nada de malo en que una niña de una zona rural del distrito de Lima pruebe suerte como cantante de música popular andina. Tampoco se puede criticar que los videos de la folclórica artista se hayan vuelto virales en internet. Todo lo contrario: son verdaderas piezas de humor. Lo inaudito es que Wendy Sulca, una peruanita mueca que se hizo famosa cantando, entre maullidos de gato atropellado, una apología ordinaria al amamantamiento (La tetita), sea aclamada por los periodistas culturales de bigote como un “referente cultural latinoamericano”, una “apuesta musical fresca” y una “diva”. ¿Por qué de repente es play oír a una adolescente que tiene menos talento musical y estético que Giovanny Ayala?

Una cosa es el valor kitsch de los videos en YouTube de la Tigresa del Oriente y el Delfín Quishpe, y otra muy distinta es que los hipsters que van a los festivales de música indie europea sean los mismos que pagan, sin pensarlo, la entrada de un concierto de Wendy Sulca en La Puerta Grande. Ni que fuera Lady Gaga. Por favor, en Colombia ya tenemos suficiente con Adriana Bottina.

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