También conocido como almuerzo ejecutivo, el corrientazo hace parte de la dieta básica del oficinista colombiano. Consta de:
A) Principio, que designa una sopa de colicero y/o pasta y/o variedad de tubérculos boyacos.
B) Seco, que consta de un pocillo de arroz volcado sobre el plato, guiso de habichuelas, garbanzos o lentejas, yuca dura y una lámina de carne fibrosa y recocida que parece un pedazo de vinilo.
C) Postre, que generalmente son tres uchuvas o cuadritos de papaya en almíbar.
D) Un mínimo vasito de jugo de guayaba, servido hasta el borde del rebosamiento.      

Plato de farinácea contundencia e ingrata digestión, el corrientazo es el culpable, en buena medida, de lo que los fisonomistas colombianos han bautizado como “culo frijoludo”: aquella malformación en el derrière del individuo nacional por culpa de la cual las nalgas no están conformadas por la redondez bipartita que cualquiera conoce, sino que aparecen como una única masa que semeja la parte redonda de un fríjol.

Más allá de conseguir una identidad en la masa fofa de quienes lo ingieren, el corrientazo no solo es el saludable resultado del rebusque criollo, que no permite que nadie se muera de hambre, sino sobre todo una clase práctica de negociación, toda vez que cada uno de sus componentes son susceptibles de ser cambiados por otros, así: cambiar el principio por más ahuyama; cambiar la ensalada de remolacha (en el corrientazo, toda ensalada será de remolacha) por doble jugo; cambiar el pocillo de arroz (en el corrientazo, el arroz vendrá servido en molde de pocillo y coronado por una lágrima de salsa de tomate) por un huevo frito o por una tajada de maduro. Cambiar todo el plato por un Alka-Seltzer.

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