Lo primero que notará cuando aterrice en Bogotá, después de los respectivos aplausos de los pasajeros que celebran seguir vivos, es un particular afán general de todos por salir del avión. Apenas se detiene, empiezan los empujones, los pisotones, no importa si hay niños, mujeres embarazadas o ancianos con tanques de oxígeno, pues la meta es llegar a la puerta lo antes posible para, cuando la abran, poder salir corriendo, como si no hubiera un mañana, hasta el counter de inmigración. Usted podrá ver en ese largo pasillo que conduce a la tan anhelada meta, piques que hasta Usain Bolt envidiaría. Hay familias que mandan al hijo adolescente a que “coja puesto”, y así ganar tiempo. Minutos más tarde entenderá por qué ese afán: en nuestro aeropuerto, la inmigración puede durar lo mismo que un vuelo a Caracas, a Panamá o a Quito. A veces de ida y vuelta. Por eso, apreciado turista, si le dan ganas de hacer pipí antes de que le sellen el pasaporte, píenselo dos veces, no importa que venga soñando con ese momento desde Fráncfort o desde Buenos Aires: un minuto en el baño es media hora más en esa fila. Usted verá.

Si por casualidad su destino final no es Bogotá sino otra ciudad colombiana, no pierda el tiempo buscando pantallas que le digan dónde está el avión de su conexión, ni en qué sala lo esperan o a qué terminal ir. Usted siga trotando por el mismo pasillo que lleva a inmigración pues de repente se topará con un señor bajito, de bigote, con cachucha, normalmente con una barriga prominente, gritando “¡conexiones a Cali!”, “conexiones a Pereira”… y así. Ese mismo tipo pregunta de vez en cuando a quien pase: “Usted de qué vuelo viene y para dónde va”. No se asuste, él es nuestro equivalente a las pantallas que sí hay en otros aeropuertos internacionales. Eso sí, si usted le pregunta algo en inglés, este señor no estará en capacidad de responderle. Solo limítese a decir “Yo, Cali”, “Yo, Cartagena”, “Yo, Montería”. ¿De verdad quiere ir a Montería?

Una vez pase inmigración, guarde la billetera en el bolsillo de adelante por seguridad, y respire hondo porque le esperan otros 45 minutos mientras sale su maleta. Esté atento porque, muchas veces, alguien las va bajando de la banda y las acomoda en una esquina ingeniosamente para darles espacio a las maletas de los otros 15 vuelos que llegaron a la misma hora. Entonces toca estar pendiente de la banda y de los arrumes de maletas aquí y allá. Luego le tocará entregar un papel que usted debió llenar en el avión declarando lo que trae, pero tranquilo que esa fila es más rápida que la de inmigración: ahí solo se le irán unos 15 minutos más.

Cuando salga, a la derecha, encontrará taxis. Pague en la caja y ahí mismo diga su destino. Si lleva más de dos maletas está jodido porque le toca esperar a los taxis-camionetas que solo aparecen de vez en cuando. Una vez salga del aeropuerto no piense que se equivocó de destino y que no llegó a la gran capital, sino a una ciudad intermedia, porque sí llegó a Bogotá. Ya en la 26, esa avenida que va del aeropuerto hasta el centro, verá piedras, escombros, ruinas por todas partes, como la Acrópolis, pero sin rastros de templos ni estatuas. Ahí entenderá por qué a Bogotá la llaman ‘la Atenas suramericana’.

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