Bayetilla roja

He acá el accesorio más importante de la historia colombiana. Amigo extranjero: puede irrespetar nuestra bandera, pero nunca, jamás, se permita una palabra desagradable contra este importante trozo de tela que tiene la capacidad de ser bandera, limpión, capa, mantel o limpiapolvos. Son múltiples sus servicios. Amarrada a los peligrosos y largos tubos que transporta un Monza, por ejemplo, la bayetilla roja advierte el peligro de la carga larga. Puesta en el hombro del joven díscolo que nació en el Huila, la bayetilla roja sirve de atuendo para bailar el Sanjuanero. Bamboléandose de un lado al otro en manos de un adolescente de bozo que la agita sin parar, la bayetilla roja es la herramienta de mercadeo por excelencia del restaurante campestre que queda a la vera de la carretera. Por si fuera poco, este trapo rojo puede ser agitado por el Partido Liberal en época de campaña, y sinónimo de autoridad vial cada vez que alguien que cuida carros lo desenfunda para trancar el tráfico y darle salida al carro de su cliente.

Sombrero vueltiao

Aunque de uso frecuente en la costa, se volvió masivo en el interior del país durante el periodo 2002-2010. Es moda en sí mismo: atuendo que no requiere de nada más sino de él; de ahí que no importe si combine o no con el resto de la pinta: se puede usar para domar potros, ir a la playa o tomar posesión como Presidente. Su uso es común en varias zonas, pero la más común de ellas es la cabeza.

Riñonera

Este pequeño bolso de cremallera que se pliega en torno a la cintura, llamado “el canguro” en las partes oceánicas del país, es la caja fuerte y ambulante del desconfiado padre de familia colombiano, que prefiere llevar pegado a la piel el dinero o el pasaporte en lugar de dejarlo en el hotel. La riñonera es más riñonera en tierra caliente, sobre todo si hay playa. Allí se luce a sus anchas convertida en un moderno accesorio que hace juego con el tarrito para guardar monedas que el cachaco suele colgarse en el cuello.

Portacomida

Viene gratis, al mediodía, con una esposa colombiana abnegada que no merece su suerte. Es el almuerzo empacado e hirviente que permite almacenar, como si fuera un edificio, cada alimento por piso: en el pent house, la proteína; en el intermedio, el arroz y la papa; en el primero, la sopa. En el sótano, y según de quien sea el portacomida, puede uno encontrarse ora con el postre, ora con César Mauricio Velásquez saludando a alias ‘Job’.

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