Como todos sabemos, la mitología chibcha describe al dios Bochica (o Chimisapagua) como un anciano de barba larga que inauguró el salto de Tequendama y liberó las aguas de la sabana de Bacatá, que volvieron a estancarse muchos siglos después por los abusos de los urbanizadores de Chía (o Shíe). Se rumora que Bochica tuvo enredos con una joven (chuzaguacha) dotada de dos excelsas virtudes: extraordinaria hermosura e irrefrenable afición a los placeres carnales. Tenía por nombre Xubchasgagua, pero Bochica la llamaba Huitaca, pues no era fácil para un anciano (tybacha) pronunciar palabras polisílabas muiscas.

La muchacha, aburrida con el viejito, decidió salir con dioses de su edad y acabó entregada al sexo y a la bebida (chicha) y fue proclive a prácticas eróticas por el quyhyca. Bochica se mostró tolerante con ella durante un tiempo, hasta que, víctima, simultáneamente, del engaño y el desengaño, la convirtió en lechuza (simte).

Desde las épocas lejanas de Bochica y la Biblia, los amores entre una persona de la tercera edad y otra de cédula fresca obsesionan a la mitología y a la vida real, que ofrece numerosos casos de viejitos prendados de sardinas, ancianas asaltacunas y bujarrones golosos que persiguen a suaves efebos. El esquema tradicional de la relación consistía en que el viejo —rico o poderoso— se hacía otorgar la mano de la joven, pobre y bella. La chica quedaba prisionera del vetusto cónyuge que, por temor a los cuernos, la encerraba en sus habitaciones y allí la atendía con lánguidas y ocasionales blanduras sexuales.

Bueno: las cosas ya no son así. Gracias a la revolución que está sacando a la mujer del lugar subalterno en que la hundieron las religiones y la historia, la tortilla dio la vuelta. No es que hayan desaparecido los amores entre varones mayores de edad y mujeres mucho más jóvenes que ellos, sino que ahora los prisioneros son los viejos. Si antes la muchachita era la esclava y el anciano era el amo, ahora el cincuentón que se enamore de veinteañera se convierte en ridículo siervo de los caprichos de la niña. 

Quiero advertir esto con claridad, porque muchos contemporáneos míos —abuelos calvos y barrigones— dejan a su mujer y se entregan con pasión crepuscular a mujeres nacidas cuando ellos ya tenían hijos universitarios. Creen los muy ilusos que así recobran su juventud, cuando realmente están sacrificando su dignidad. 

El complejo de Bochica —viejo que se ayunta con muchacha—provoca una maldición chibcha, consistente en que al hombre mayor que intenta levantarse una jovencita lo castigan los dioses adjudicándole la chica. Es como si Chimisapagua le dijera: “A ver, pues, ya que querías ser Bochica, ¿cómo vas a manejar ahora a Huitaca?”.

Las peladas son muy jodidas. Lo primero que hacen con el enamorado abuelo es degradarlo a la condición de falso joven. Es un proceso que a ellas les priva y convierte lentamente a la víctima en patético personaje. Si tiene canas, ella se las tiñe. Si no se las tiñe, le hace colita de caballo. Si es calvo, le reorganiza el poco pelo para encubrir el pericráneo con hilachas que proceden, a veces, de las mismísimas axilas. Si no hay de dónde, le contrata peluca a la medida o le hace pagar implantes cuyos surcos, de matemática uniformidad, revelan a gritos que fueron insertados en Miami. 

Lo siguiente es adornarlo. Tira los trajes de paño del armario y lo viste con bluyines, camisas azules y sacos blazer de botones dorados; lo obliga a calzar botines italianos de gamuza; le cuelga del cuello un collar de chaquiras y le amarra en la muñeca entre dos y cinco pulseras. El toque final es un aretico coqueto.

Luego lo embellece por dentro: salto al vegetarianismo, clases de yoga y gimnasio juntos; libros de autoayuda (fuera Kafka, fuera Cortázar); música de Estopa (fuera clásicos, fuera boleros y, como gran concesión, sigue Serrat); comedias románticas en la tele.

Montado el muñeco, solo falta exhibirlo. Vacaciones en el Caribe —para que estrene tanga narizona—; fiestas con amigas cuyos novios no conocieron el betamax; cocteles en galerías de arte; ingreso a una agrupación enemiga de las corridas de toros; clases de baile para que aprenda reggeatón; tarjeta de crédito libre; discoteca venteada viernes y sábados.

¿Y saben qué saca el viejito de todo esto? Tres polvitos semanales en horas incomodísimas, que lo dejan con la cadera destrozada y la ilusión de que un día la muchareja amanezca convertida en simte.

Oh, gran dios Bochica: al tybacha que aguante tanta humillación castígalo con el insaciable amor de la chuzaguacha.

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