Lo primero que tenía que encontrar era un guía. Alguien que me ayudara a conseguir al personaje costeño, que viviera en Cartagena y que supiera de turismo. Aunque estaba pidiendo mucho, encontré a Rafael Martínez, quien trabaja en la Alcaldía de Cartagena y además se sabe de memoria la actividad cultural de la ciudad. Qué mejor gurú. Inmediatamente me bajé del avión, acudí a nuestra cita en una librería del centro, donde suelen reunirse escritores, arquitectos y demás lumbreras intelectuales. El lugar de la filantropía. Allí conocí a Álvaro, un arquitecto cachaco que ha dedicado su vida a la reconstrucción y restauración de casas y hoteles en Cartagena. Hablamos durante una hora. Mi invitación era sencilla, pasar conmigo un día entero recorriendo la ciudad comprando recuerditos de turista. Quedamos de vernos a las 10 de la mañana del siguiente día en el lobby del Hotel Capilla del Mar. El lugar al que también había citado a Thierry, a quien le interrumpí la luna de miel. Se había casado seis días antes en El Peñón con una colombiana. Solo faltaba el costeño, a quien tuve que buscar dos veces, porque el primer personaje tenía un aire europeo así que no funcionaría. Rafael me ayudó a encontrar a Bernardo, quien dijo que sí inmediatamente supo que SoHo estaba detrás de todo esto.

Como buen cachaco, Álvaro fue el primero en llegar a la cita, con sus mocasines café, su camiseta polo y su tumbao de turista. Quince minutos después, apareció Bernardo, con un traje blanco y sandalias. Thierry, acompañado de su esposa, llegó media hora tarde, pero animado y convencido de que sería a él a quien tumbarían más. Cruzamos la calle hasta la playa de Bocagrande y, para ser temporada alta, no había mucha gente. Solo los vendedores ambulantes que esperaban recostados a la sombra de las palmeras. Lucy, una mujer de 58 años de los cuales ha dedicado 25 a dar masajes, se acercó a Álvaro con algo de coquetería pero sin acosos. Como comienza todo lo que irá en picada, Lucy le dijo que le daba una pruebita, para que se animara. Así que empezó por los pies. Siete minutos después Lucy le pidió 10.000 pesos.

A pocos metros, una manada de vendedores acosaba a Thierry, que aunque habla español, para este experimento no dijo ni una sola palabra que no fuera una extraña mezcla entre inglés y francés. La misma Lucy lo salvó, pero se lo cobró y duro. Espantó la nube de vendedores y por señas le indicó a Thierry que se sentara en una silla, y luego le quitó las sandalias. Con él se demoró diez minutos, antes de que su socia le reclamara a los gritos haber atendido a dos turistas seguidamente. Los vendedores tienen un arreglo miti y miti: un cliente para ti, un cliente para mí. Lucy no peleó: diplomática, le pidió a su colega que le ayudara a masajear a Thierry, mientras él, tieso y mudo, se dejó quitar la camiseta y disfrutó que lo embadurnaran con una crema verde de sábila y agua de mar. Más es la parafernalia que el verdadero descanso del cuerpo. Tan solo cinco minutos de masaje, y la cuenta de 60.000 pesos, sin derecho a reclamar.

Era el turno de Bernardo, que debió ir a buscar a Lucy, porque de otra forma ella no lo habría visto. Como los ánimos estaban caldeados, Lucy le cedió el turno a su compañera. Lo consintió con algo de rabia, no era para más. Pero lo ignoró. Estaba pendiente del siguiente movimiento de Lucy, quien conversaba conmigo en ese momento. La masajista peleonera despachó a Bernardo en diez minutos y le pidió nada más 3000 pesitos.

Mientras Lucy masajeaba a Thierry, dos vendedores con sus tableros de icopor le vendían a Álvaro unas Ray-Ban chiviadas. Precio: 20.000 pesos. El francés era el siguiente. Los dos morenos se acercaron, pero dejaron la distancia suficiente para que Thierry diera el primer paso. Era como estar viendo una escena de cámara de seguridad del banco que están a punto de robar. Thierry, por supuesto, se acercó y les pidió torpemente unas Ray-Ban. Le entregaron las peores, de marco delgado y enclenque, y además torcidas. Por estas bellezas le cobraron 50.000 pesos, lo mismo que a Bernardo, quien como costeño se sintió además de tumbado, humillado.

Los tres se acercaron a mí para mostrarme sus lentes, como tres niños emocionados con sus juguetes nuevos. Mientras comparábamos las gafas playeras con las Ray-Ban originales de Álvaro y nos moríamos de la risa, empezó a caernos una lluvia de las que en Bogotá llaman espantabobos. Nos metimos en unas carpas amarillas a esperar. Era hora de buscar un refrigerio playero que sirviera para el experimento. Entonces Israel apareció: 25 años de los cuales ha trabajado tres en la playa. A diferencia de Lucy, no tiene carné que lo certifica como vendedor informal, aunque Israel debería tener un título de doctorado en ventas. En menos de cinco minutos le preparó a Álvaro un ceviche mediano. Le cobró 6000 pesos y lo convenció de que lo buscara luego para llevarlo de paseo a Manzanillo. En la carpa contigua lo esperaba Thierry, a quien le cargó 10.000 pesos por los mismos diez camaroncitos con salsa de tomate, cebolla, limón y picante. Bernardo, desilusionado pero con hambre, le pidió lo mismo a Israel. Apenas su coterráneo le pidió 3000 pesos por el ceviche, Bernardo se sintió mejor.

Ya era hora de cambiar de escenario. Cansados pero dispuestos a continuar con el experimento, los tres turistas tomaron cada uno por su lado un taxi hasta el centro de Cartagena. La idea era saber si les cobrarían más de 5000 pesos la carrera, pues los taxistas habrían podido argumentar que el centro pertenece a la zona del aeropuerto y pedir más. Una vez en las bóvedas, el objetivo era buscar el souvenir más pintoresco que un visitante se pueda llevar de esta ciudad: una India Catalina, o mejor, una foto con la India Catalina de verdad. Todos llegaron casi al tiempo. Se bajaron decepcionados porque no les habían cobrado más. Tenían ganas de continuar, así que les señalé una de las bóvedas y les encargué su siguiente misión. 
 
 
Álvaro fue el primero en entrar. Se acercó al grupo de estatuillas y preguntó por la más grande y brillante. Le pidieron 40.000 pesos, negoció y se la llevó por 35.000. Cinco minutos después entró Thierry. Precio original, sin descuento, sin negociación. A los diez minutos entró Bernardo, quien se llevó su premio a mejor regateador por 30.000 pesos. Todos dijeron que jamás se habrían llevado una India Catalina como recuerdo.
 

 

 
Era la una y media de la tarde y sus caras se veían un poco pálidas. Bernardo me dijo que tenía hambre, que fuéramos a almorzar. Inmediatamente, Thierry y Álvaro soltaron un suspiro de alivio y me miraron con ojos cansados, como diciendo "vamos ya". Álvaro fue por su camioneta, cerca del Hotel Santa Teresa, mientras esperamos sentados en los arcos de las bóvedas. Le pregunté a Thierry si ya había venido a Cartagena y me contestó que cerca de 50 veces, y en todas han tratado de sacarle más plata, según él, por su pinta de extranjero. Le pregunté si conocía el restaurante Blas el Teso, a lo cual interrumpió Bernardo con un "¡Yo sí!". Blas es para los cartageneros lo que el mirador de La Calera es para los cachacos. Es un restaurante famoso por su nombre y por sus precios altos, está al lado de una playa que combina una arena clara y una fangosa, llena de tapas de cerveza, colillas y pequeños vidrios.

Álvaro se estacionó y nos dispersamos en dos grupos de tres, para evitar que nos vieran juntos. En uno, Thierry, Álvaro y Santiago, un amigo argentino de Rafael, y en el otro, mi guía, Bernardo y yo. Caminamos hacia las carpas azules siguiendo el protocolo del que está a punto de ser estafado: ninguno preguntó por el precio de las carpas, o cuánto costaba una Club Colombia, y muchísimo menos el precio del pargo o la mojarra que tendríamos que deshuesar para encontrarles algo de carne. A estas alturas, para los cinco meseros que nos atendieron todos éramos cachacos, a todos nos tumbaron por igual.

Le pedí a un mesero de unos 15 años que me vendiera cigarrillos, y me contestó que me conseguía un paquete de Kool Light a 6000 pesos: el doble del precio normal. Me volteé indignada, abrí los ojos y lo miré casi sin parpadear, a lo cual contestó: "Ese es el precio que cobramos aquí. Si quiere puede ir usted hasta la tienda de allí y se los dan más baratos". En medio de la discusión, otro de los meseros, más viejo y un poco regordete, intervino a mi favor: "Tranquila, te los dejo a 5000". No sabía si agradecerle o reclamarle por robarme en la cara. Me dijo en secreto: "Cualquier cosa que necesites, ehhh, me dices a mí".

Almorzamos pescado frito, patacones, arroz con coco y algo de ensalada, que acompañamos con unas cervezas. A pesar del panorama oscuro que presentaba la arena sucia, el almuerzo a la orilla del mar les dio un descanso merecido a los tres protagonistas de este experimento. Pero la calma fue interrumpida por el mesero más joven. Apareció de repente en mi carpa y le entregó la cuenta a Bernardo, al tiempo que el mayor se la daba con algo de timidez a Thierry. El pargo salió por 38.000 pesos y el alquiler de la carpa por 20.000. La cuenta de los cinco fue 300.000 pesos. Nos miramos con complicidad, ninguno reclamó, hasta que a mitad de camino de vuelta al carro, Álvaro dijo: "Eso a mí me parece el colmo, que no le digan a uno los precios de los platos". En ese momento, Thierry me dijo sonriendo que mirara hacia un lado. En un poste enfrente de Blas, un telón ondeaba con el viento del Caribe: "Bandeja de pescado con sopa: $10.000".

De vuelta en el carro ninguno dijo nada. Tal vez porque se sentían mal conmigo, porque me habían hecho gastar más de 300.000 pesos en un robo premeditado. Así que Rafael intervino y anotó: "Lo importante es que la Alcaldía está trabajando en la regulación de las playas, del trabajo informal en Cartagena". El silencio continuó mientras Bernardo encendía el carro.

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