La sensación de que uno dejó de ser joven viene aplastante y certera a destruir el amor propio, empezando por el adjetivo sustantivado que la designa: los de 20 o 30 son veinteañeros o treintañeros; pero a los 40 uno NO es cuarentañero, es cuarentón, lo cual tiene el agravante de ser un aumentativo y por eso los 40 ya empiezan a ser muchos años.

Los 40, qué duda cabe, son el umbral de la madurez, lo cual para nada significa que uno sepa más acerca de la vida o cometa menos errores. No, todo lo contrario, a los 40 uno pierde audacia y seguridad: antes uno se sacaba una traga de encima en dos meses, se iba definitivamente del país en 15 días o renunciaba al trabajo en una ventolera; a los 40 el amor es cauto y el miedo a las heridas es más grande, cambiarse de casa ya es toda una aventura, y uno se aferra con uñas y dientes al trabajo porque si lo echan ya nadie lo quiere contratar. Esa sabiduría y temperancia, si llegasen, quizá lo hagan cuando uno cumpla 50, pues la cuarentena es en realidad una edad frágil en la que uno siente que empieza el tránsito entre ser alguien que prometía a convertirse en alguien que no dio la talla, es la edad en que agobia el deterioro físico, el fardo de tanto tiempo perdido, tantas malas decisiones sin enmienda pero aún sin resignación, tantos miedo y dudas que vienen a galvanizar los insomnios, a provocar la debacle emocional.

Pero la cautela y la aprensión no son óbice para transformaciones peores. Ante la perdida juventud, el cuarentón es propenso a la tragicomedia, la ridiculez y el autoescarnio. Se pone aretes o tatuajes, se compra una Harley Davidson, se separa para conseguirse una novia de 20, le da por hacer viajes de mochilero y otras cosas que no hizo en edades más apropiadas. Las consecuencias, por supuesto, son terribles: por cuenta de los aretes o tatuajes termina bajando de estrato o recibiendo invitaciones a Theatrón, se descula en la Harley que nunca aprendió a manejar y queda enyesado tres meses, preña a la novia de 20 y termina cuidando al niño mientras ella se va de rumba con los amigos, o lo mata una gripa en Europa o una enfermedad tropical en Bolivia por andar dándoselas de aventurero. En lugar de abandonarse a la pola y a la mogolla chicharrona para echar barriga como es natural, el cuarentón gelatinoso se mete al gimnasio y sufre lo indecible para tonificar un cuerpo que ya no responde como antaño, que apenas duele y se desgarra, pero no endurece ni se marca como les sucede a los jóvenes. A muchos cuarentones les da por el yoga y se joden la espalda tratando de doblarse como un pretzel, luego pasan el resto de la vida sin poder agacharse o cargar las bolsas del mercado. Los cuarentones se hacen la chúler, se compran pantalones de cuero, se vuelven hipsters tardíos de sombrerito y gafas gruesas, se aficionan a grupos estridentes que en el fondo les producen dolor de cabeza, se hacen blanqueamientos dentales que fosforescen en la oscuridad, usan lociones para la calvicie que huelen a petróleo y producen unas míseras lanitas de bebé.

A la par de los arrebatos de adolescente tardío, los exabruptos físicos y los delirios cosméticos, vienen las revelaciones metafísicas: ahí es cuando el cuarentón abraza el feng shui, se hace las cartas astrales y el eneagrama, empieza a tomar yagé, a vender Herbalife y hasta se vuelve cienciólogo, todo esto con la carga evangelizadora que tiene haber descubierto una verdad tardía y la necesidad de contársela al mundo. Nadie más intenso que un cuarentón converso. Para remate, empiezan a comprar café descafeinado y leche deslactosada, dejan de fumar, de beber, de comer cerdo y res, abandonan el azúcar, se atiborran de vegetales hervidos sin sal, se abstienen de grasas trans, se entregan al omega 3, se embuten de tofu, quinua, linaza, granola y un sartal de alimentos que ayudan a cagar.

No cumplan 40: es una trampa. Y si les pasa, traten de hacerlo con algo de dignidad.

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