Apenas cumplí 45 días sin fumar me dio por hacer un cálculo que terminó siendo escabroso. Quise saber cuántos cigarrillos me fumaba y cuánta plata me gastaba en un vicio que, no sobra mencionar, siempre disfruté y del que nunca había pensado desprenderme: cada año aspiraba y exhalaba el humo de 9125 cigarrillos, lo que me había producido un gasto anual de 1.140.000 pesos; y es que fumarse más de un paquete diario no es un gasto menor.

Recién a mis 21 años la nicotina fue surtiendo su efecto adictivo hasta obligarme a encontrar en ella la mejor compañía a cualquier momento, incluyendo las situaciones más profundas y también las más superfluas: fumaba para leer y fumaba para ir al baño; lo hacía para escribir pero también para hablar mierda. Y todo esto sin importarme cosas como que una sola colilla se demora entre 5 y 10 años en biodegradarse, que muchas de ellas son encontradas en los estómagos envenenados de pájaros y peces muertos, que solo en el Reino Unido se recogen 122 toneladas diarias de colillas y que, solo en Estados Unidos, el 25% de los incendios son provocados por cigarrillos mal apagados.

Creo que la parte psicológica del cigarrillo también debe influir para no dejarlo: el placer olfativo de encender un fósforo, el camuflado onanismo de sostener una extensión propia y la sensación de que la única forma dignamente posible de estar solo es, precisamente, con un humeante cigarro. Por eso cuando tuve entre mis dedos un cigarrillo electrónico para sustituir mi vicio durante un mes, me pregunté si este invento, llamado e-freedom, podría reemplazar lo que yo había logrado construir, con esfuerzo y dedicación, durante siete años. La verdad es que el escepticismo me invadió. ¿Cómo podría este placebo sustituir la incomparable sensación de sostener y fumar un cigarrillo de verdad?

El e-freedom es un cilindro de 120 gramos con apariencia de cigarrillo. Funciona con cartuchos de nicotina químicamente hecha, un atomizador que evapora la nicotina líquida dando el efecto del humo, un chip inteligente que ordena la limpieza interna cada 1500 caladas y un bombillo que simula el color rojizo del tabaco en combustión. Se carga como si fuera un celular, los filtros duran entre 100 y 150 aspiradas y el vapor exhalado es completamente inodoro, lo que permite que se camufle bien en sitios cerrados. No mancha los dientes y se da el lujo de ser hasta saludable y ecológico: no afecta a los fumadores pasivos, no contiene alquitrán y no produce ni cenizas ni colillas.

Hasta allí parecía el invento perfecto, pero a mi inconsciencia de fumador empedernido solo le importaba una cosa: su sabor. Y la primera calada resultó sorprendente. Cuando el vapor siguió el rutinario camino del humo, primero por la faringe y luego por la tráquea hasta bajar a mis manchados pulmones, sentí la misma áspera pero cálida placidez del primer cigarrillo del día. La satisfacción del deber cumplido fue evidente cuando logré expulsar de vuelta, a través de la laringe y las fosas nasales, un inofensivo vapor con las mismas propiedades organolépticas del tabaco. Mis sentidos acababan de aprobar el cigarrillo electrónico.

Y a sus beneficios también, como que un solo cartucho tiene menos nicotina que 20 cigarrillos reales y que no produce ninguno de los 4000 agentes tóxicos (entre ellos 60 cancerígenos) que los otros sí emiten. Gracias a lo segundo es que, de ahora en adelante, no se van a incrementar las 68 muertes que el tabaquismo produce diariamente en Colombia. O al menos si aumentan no será por mi culpa y la de este invento chino. Ahora llevo más de 60 días sin fumar de verdad y sin sentir la ansiedad del que se aleja del vicio por más de una hora. Y tampoco creo que vuelva al cigarrillo: hice el experimento, después de un mes, de volver a fumarlo y no pude terminarlo; me supo, literalmente, a óxido que corroía mi garganta.

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