Supongamos que roban a su vecino y que usted es tan de malas que preciso se cruzó con el ladrón en el pasillo de su edificio. Supongamos, también, que el hecho es reportado a las autoridades y que el investigador judicial encargado de asistir al lugar de los hechos (alguien de la Policía Nacional o de la Fiscalía) lo entrevista como parte de la evaluación de la escena del crimen. Imaginemos, por último, que después de ese diálogo el investigador determina que usted es apto para colaborar con el estudio morfológico forense, o sea, para ayudar a un experto a dibujar al sospechoso. Y empieza entonces la aventura de construir un retrato hablado.

Según Wikicrim (la Wikipedia de la criminalística), un retrato hablado es la técnica artística forense por la cual se aporta la descripción física de una persona cuya identidad se ignora y se usa como objeto orientador para la captura de un criminal. Si el testigo no está en condiciones de hablar claramente sobre el sospechoso, es mejor evitar esta técnica, ya que un retrato hablado impreciso puede entorpecer una investigación. Mejor dicho, si no se fijó, si tiene problemas de visión o si su memoria de corto plazo es un desastre, mejor declárese no apto para hablar con los artistas forenses. Recuerde que si da pistas falsas o confusas, un inocente puede terminar en problemas.

Pero digamos que tiene visión 20/20 y que sus amigos le dicen de cariño “Funes el memorioso”. En ese caso, deberá reunirse con un perito especializado en retratos hablados, un artista forense, para tratar de reconstruir al ladrón a su imagen y semejanza. En la Sección de Investigación Criminal de la Policía Metropolitana de Bogotá trabajan seis de estos artistas, que realizan entre dos y tres retratos hablados diarios y no dan abasto para la cantidad de delitos que se presentan en la capital. Ellos son seleccionados para el oficio por sus habilidades en el dibujo y han sido previamente capacitados en cursos cortos de reconocimiento e identidad de personas, artes forenses, seminarios-talleres en retrato hablados, etcétera.

A diferencia de las películas, estos artistas no trabajan en despachos judiciales con luces blancas de neón. Bueno, no todo el tiempo. Cuando reciben una solicitud, los peritos acuden cuanto antes a la escena del crimen, armados con lápices de mina 6B, borrador, sacapuntas, limpiatipos, pliegues de papel contact, una tabla metálica del tamaño de un bloc y varias copias del formato de papel grueso para hacer los retratos. Proceden con diligencia porque el plazo máximo para hacer un retrato hablado es de tres días y en ese tiempo deben convencer a la víctima o testigo de colaborar, ya que muchos prefieren no recordar a su victimario.

En nuestro mundo hipotético usted lo recordó y, además, otros dos vecinos tuvieron su mismo infortunio: vieron al criminal. Entonces el dibujante hará el trabajo en conjunto con usted y los otros dos testigos. Prepárese, porque el perito le preguntará por todo: el contorno de la cara, el cráneo, los huesos, el pelo, la forma de la frente, las cejas, los ojos, la nariz, la boca, el mentón, las mejillas, la contextura, la estatura, las cicatrices, los lunares, los tatuajes, los aretes, la gorra, las gafas…

La elaboración del retrato hablado tarda mínimo 50 minutos, y una vez el testigo está de acuerdo con lo que el perito ha dibujado, se agregan detalles de claroscuros y volumen. Al final, la obra se protege con papel contact para su conservación y, como cualquier trabajo artístico, es firmado por su autor.

El retrato pasa luego a manos del investigador judicial entre el papeleo de archivos del caso, y, a diferencia de un Botero o un Manzur, por decir algo, el perito rara vez se entera de lo que pasa con él de ahí en adelante. Si el retrato es efectivo y conduce a la identificación de un sospechoso, ahí sí funciona como en el cine: el investigador arma un álbum de reconocimiento (un conjunto de ocho fotografías tipo cédula, en las que aparecen sujetos parecidos al “supuesto delincuente”) que se le presenta a la víctima o a los testigos del robo para que señalen a uno de ellos como su agresor. Si la elección coincide con el principal sospechoso de la investigación, se procede a su captura. De lo contrario, el retrato hablado es descartado por completo y su trabajo como testigo habrá concluido sin éxito.

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