El nado sincronizado nace en los ochenta, en el Peñón, en Girardot, cuando, insoladas, unas niñas del Gimnasio Femenino deciden, para refrescarse, practicar una coreografía del grupo Menudo en la piscina. Con el tiempo y fiel a la danza de los puertorriqueños, este deporte se asentó sobre la base de la sincronía y la igualdad, siendo para muchos la expresión concreta de la utopía comunista. En la actualidad, es practicado por mujeres y hombres: las primeras ya no requieren de piñas coladas, como en su origen, y los segundos encuentran su mayor expresión en los gay games.

En Colombia, este deporte ha tenido gran aceptación pues muchos de sus movimientos son connaturales a la idiosincrasia de sus gentes, especialmente de aquellas que practican el nadado de río a lo largo y ancho del territorio. Nadar girando la cabeza y no tocar nunca el fondo del río para no pisar una babilla —tal como lo indican las reglas de este deporte— son actividades que se llevan en la sangre. La mano alzada con la que se dice adiós a un familiar o se indica que se ha sido presa de una aguamala son movimientos fundamentales del deporte, siendo, por tanto, la mujer colombiana proclive a su práctica. 

A pesar de esta marcada tendencia, no existe una programación en el calendario deportivo nacional del nado sincronizado. Toda competición es lo que los entrenadores llaman ‘un torneo relámpago’; es decir, hay competición cuando da la casualidad remota de que aparecen dos equipos. En oportunidades ocurre que aparecen milagrosamente los equipos, pero, tristemente, hace falta la piscina. En otras ocasiones ocurre que aparecen los equipos, la piscina, pero vaya usted a saber dónde encontrar un árbitro que sepa de eso. 

El reto fundamental de estas deportistas a la hora de la competición es evitar, a toda costa, que se les entre el agua por la nariz. El principal enemigo de la sincronía en este hermoso deporte es el estornudo. Salvo, claro, que lo realicen de manera sincronizada. Para ello, han habilitado una suerte de pinzas nasales por lo que es normal, antes de la competición, oírlas darse ánimo en los siguientes términos: “A da bío a da bao a da bim bom bao”. 

Otro de los retos que enfrentan las practicantes de este deporte es establecer el nombre del equipo. Tras horas de análisis, no importa en qué país se encuentren, siempre llegan al mismo nombre: Las Sirenas. Excepcionalmente, un equipo se hizo llamar Las Sardinas, pero luego se descubrió que fue por presión de su patrocinador, Van Camps. Sin embargo, los patrocinios en este deporte son extraordinarios. La explicación es que por efectuarse en vestido de baño, no hay dónde estamparles un patrocinio como no sea sobre un parte íntima del cuerpo. Es el caso real de un patrocinador al que políticas de responsabilidad social corporativa le impedían poner en la parte baja del vestido el nombre de su producto: Arepa Antioqueña. Esto, no solo por encontrarlo irrespetuoso con esa parte del cuerpo femenino, sino porque se trataba del equipo del Valle del Cauca.

El futuro de este deporte es incierto, toda vez que el público que lo sigue está compuesto, en su mayoría, por familiares de las deportistas e hijos de los miembros del jurado siempre, claro, que cuenten con pases de cortesía. El único grupo dispuesto a pagar por la boleta es un leal grupo de morbosos voyeristas a quienes les motiva el abrir y cerrar de piernas fuera del agua. Frente a este particular, no se encuentran fanáticos que hagan la ola tras ver una posición ‘pierna ballet’ en combinación con ‘posición flamenco’. Tampoco se tienen registros de un ‘hip hip hurra’, frente a una bien lograda posición ‘grúa’, o una impecable ‘arqueada en delfín’. Solamente, en algunos coliseos de la costa atlántica se han podido escuchar unos: ¡Esa es! ¡Esa es! ¡Esa es!, tras la ejecución brillante de una ‘variante de caballero’ seguida de ‘cola de pez lateral’ y pérdida involuntaria del top.  

Se han propuesto sendas alternativas para darle un mayor realce a este deporte. Una de ellas consiste en hacer un giro y convertir a estas deportistas en porristas de partidos de wáter polo, con lo cual, sumando público —entiéndase familiares — de una y otra modalidad, puede llenarse una grada de algún coliseo. 

La segunda propuesta, más avezada, consiste en que el deporte sea practicado en piscina pandita o piscina de olas, o sea, donde el deportista arriesgue su vida al menos un poco. Una desnucada cada tanto o una paraplejia de cuando en vez generarían mayor atractivo a la hora de convocar público y un mayor número de visitas en YouTube. Bajo esta alternativa, adicionalmente, sería obligatoria la asistencia de miembros de la Defensa Civil y la Cruz Roja Nacional, lo que representaría gran atractivo para vendedores de pinchos y mazorca. 

Una tercera propuesta consiste en que el nado sincronizado sufra cambios estratégicos. Esto es, que cambie de entorno: que se practique en el barro. Y que deje tanta danza y tanta sincronización y pase directamente a la lucha. Sin embargo, esta fórmula no ha encontrado eco en la Federación Colombiana de Nado Sincronizado que dirige algún sobrino varado de Angelino y en quien descansa la responsabilidad de hacer que este deporte continúe existiendo.

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