No, no, no, no, no, no, no… ¡Ya dejemos la maricada! Seamos serios. ¡No jodás! ¿Cómo así que el esquí acuático no está incluido en el programa oficial de los Juegos Olímpicos pero el voleibol de playa sí? ¿Cómo puede ser deporte olímpico algo que solo sirve para ver viejas buenas en la playa? Y como si fuera poco, si uno se esfuerza practicando 20 minutos del primero, baja como tres kilos, pero con cinco minutos del segundo, podría subir seis, o morir ahogado por borracho. Porque playa es sinónimo de ron con Coca-Cola, sierra frita con arroz con coco y patacón, Águila, butifarra, chicharrón con yuca, arepa ‘e huevo, cocada, cazuela de mariscos, Poker, bollo, dedito de queso y Bon Ice.

Mientras los demás deportes exigen esfuerzo, disciplina, concentración y, en ciertos casos, el silencio de los espectadores, en el voleibol de playa todos andan en una mamaderita de gallo: alistando vestidos de baño, arreglándose las chaquiras, estrenando gafas de sol y poniéndose gorritas de color resaltador Pelikan. En los deportes sensatos, minutos antes de cada competencia, los atletas tienen charlas técnicas con sus entrenadores, preparadores físicos y psicólogos, mientras los equipos de voleibol de playa están comiendo Motitas de sandía, esparciéndose bronceador de coco en la espalda y armando una lista de canciones para que el DJ se las ponga durante el partido. En ese ambiente, a uno solo se le ocurre hidratarse a punta de Antioqueño helado.

Además, los jueces no pueden ver si ese balón de colores cayó dentro del campo; yo creo que en las transmisiones de esos partidos y durante las tandas de comerciales, los vendedores ambulantes se meten, pisotean la arena y borran las líneas que delimitan la cancha por ir a vender pulseritas de nácar, collares, mochilas, hamacas blancas y bareta… Sí, señores, ¡bareta! Porque es demasiada marihuanera la idea de convertir en deporte olímpico lo que juegan en la excursión de once Juanfer y Cata contra Checho y Anamá, y Lauris y Fofy contra Márgara y Monchis. Porque el reglamento de este relajo olímpico exige que cada equipo debe estar compuesto por una pareja: la excusa perfecta cuando uno quiere caerle a una hembra por la tarde en la playa a ver si por la noche lo dejan subir en ese podio. 

Ahora, ¿de dónde sacan la selección femenina de voleibol de playa, de las Chicas Águila o de las sobrantes del Concurso Nacional de Belleza? Y, ¿cómo escogen a los varones? ¿Ponen a competir a vendedores de gafas clavadas en icopor contra los alquiladores de carpas? ¿Si van perdiendo, les echan la policía y si van ganando, les pagan conjunto vallenato? Y si a uno en Cartagena el profe lo convoca a los Olímpicos de Londres, ¿le da la buena noticia Donde Bonny, frente al Hotel Caribe, con un pescado de esos a los que se les sale la cola del plato? ¡No, señores! ¡No más! Tenemos que parar ya mismo esta joda; de seguir así, vamos a terminar convirtiendo en deporte olímpico actividades como bajarse media de Old Parr, ponerse una totuma metálica llena de frutas sobre la cabeza y darles la vuelta a tres sillas Rímax amarillas que se ven al fondo, sin dejar caer ni un solo banano. 

Dejémosles estas actividades a parejas playeras como la Toya Montoya y Juan del Mar o a Tom Hanks y Wilson. Los demás sigamos echando pola y mirando noticieros a ver si algún día a Unasur se le ocurre que Perú y Chile le cedan un pedacito de costa a Bolivia. Sería buenísimo ver a esos titicacos en Brasil 2016 jugando voleibol de playa con ruana, saco grueso y con esos gorros andinos que parecen un condón gigante de lana llamados chullos, acompañados, eso sí, de su buena mascota: la llama… olímpica.

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