Odio el waterpolo por culpa de una mujer.

Me enamoré de ella a pesar de que jugaba waterpolo. Sí, son esos episodios de los que todavía siento arrepentimiento. Desde que terminé con ella, odio las piscinas. Ya no hay diversión posible. Ella y su maldito deporte de porquería mataron todo el ser acuático que habitaba en mí.

La primera vez que la vi, tenía los ojos inyectados en sangre, rojos como dos ciruelas. Le dije que si le jalaba a la marihuanita, en tono de tío cómplice, y ella me respondió que no, que era el cloro. Y con estos excesos de la juventud, que les gusta inyectarse hasta orines, pensé que el cloro era su adicción preferida. No estaba tan equivocado, en realidad. Estaba en el equipo nacional de waterpolo. Cuando le tomé la mano, la tenía arrugada y húmeda. Dijo que ya no había nada para remediar eso. Yo profundicé su problema de sobrehumectación: me sudan mucho las manos pero ella jamás lo notó.

Nunca usó ropa interior: siempre se ponía el vestido de baño de las competencias. Todos los días. Y pues ni modo de decirle nada. El raro de la relación era yo. Viendo que la cosa se ponía difícil, la invité un fin de semana a un hotel en Melgar. Tal vez la relación piscina-PPC que se establece en ese bello lugar de nuestra geografía haría que soltara prenda. Nos zambullimos en una piscina gigante y ella insistía en que no debía poner los pies sobre los baldosines. Claro, pensé yo, puede uno ganarse unos sabañones muy salvajes que no los quita nada. No. Ella me respondió, mientras nadaba como Lassie, que poner los pies en el piso era antirreglamentario.

Ya sumergidos, empecé a mandarle pequeños cucuruchos de agua a la cara, patanería que siempre he usado para sacarles sonrisa a las féminas en cualquier alberca. Me dio una bofetada. Me obligó a salirme de la piscina un buen rato porque ese tipo de comportamientos ameritaban expulsión y, después de darme una cachetada, me dijo que hasta el día siguiente yo no podría volver a ingresar a la piscina.

Con miedo a ser expulsado definitivamente de la relación, cumplí el castigo mientras me tomaba una Kola Sol que estaba rodeada de abejas. Ella se quedó dentro de la piscina hasta medianoche haciendo prácticas sin balón. Agarró un vaso de plástico y lo lanzaba contra un arco imaginario. Lo hizo 3000 veces.

Viendo que la suspensión era muy estricta, al otro día se compadeció de mí, mientras me ayudaba a frotarme algo de leche de magnesia para las quemaduras. Me dijo que madrugáramos para así aprovechar todo el día la piscina, porque además ella necesitaba ponerse en forma. Le hice caso y el plan parecía continuar en orden: por fin viviría un fin de semana rodeado de picadas de salchipapa y sexo salvaje.

La fui llevando al rincón de la pileta. No tenía otra alternativa mejor que seguir atacándola en su hábitat. Me comentó que sería muy conveniente que la ayudara a practicar el agarre inferior y el pase sueco. Me sentí intimidado. Había niños en el lugar y esas posiciones no las conocía, aunque el agarre inferior me sonaba lógico. Le mandé la mano y de nuevo gaznatón y expulsión. “Imbécil, esos son pases con la bola en waterpolo”. Yo me estaba mamando del cuentico a velocidades importantes, pero aguanté. Le dije que por qué más bien no teníamos sexo allí mismo: con nervios me dijo: “Saca tu gorro”. Listo: ella pedía condones con esa frase, me dije. Mientras sacaba uno que tenía en la pantaloneta, me di cuenta de que el equivocado era yo. Ella se puso una malla Caslimp en la cabeza. Ahí dije “no más”.

Exploté. Le dije frente a toda la concurrencia que si no se quería quitar por un segundo de la cabeza ese deporte, que parece más una junta de borrachos envueltos en una patanería de oficina cuando se van de paseo a fin de año a Piscilago, que estaba aburrido de pensar que ella estaba dedicando todos sus esfuerzos a una disciplina que no es ni voleibol, ni fútbol, ni natación, pero que quiso congregar los tres deportes de la peor manera posible, que me asqueaba ver que no cargara maquillaje en su cartera, sino tarros de Canestén y gotas para la otitis. Empezó a llorar y en ese momento una gran mancha violeta empezó a rodearla dentro del agua. Se estaba orinando.

Era mi momento: el que la expulsó fui yo. Y me fui con mis salchipapas a otra parte.

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