Ponga un pie atrás y otro adelante. Ahora sin levantar la punta del pie trasero, apóyese en el talón del delantero. Salga corriendo sin flexionar su rodilla frontal, y si al apoyar de nuevo el talón no ha levantado el pie de atrás del suelo, usted mágicamente se ha convertido en un marchista.

No se preocupe por ese inquietante movimiento de cadera. Es una respuesta natural de su cuerpo y es algo normal en este deporte. Piense más bien que si se quedara en el mismo lugar, estaría bailando merengue.

En el colegio me enseñaron que la marcha atlética se la habían inventado en Grecia para conmemorar una batalla. Cuando alguien preguntó si esa no sería más bien la maratón, el profesor meneó la cabeza con la soberbia de quien cree que Diomedes es el cacique de la junta y no un general de la Ilíada. Pero para no aburrir al lector con cosas que solo hacen reír a Fernando Londoño, marchemos al verdadero origen... 

La marcha atlética nació en Inglaterra en el siglo XVIII como una forma de regularizar y ponerles normas a las competencias de caminata, muy populares para ese entonces. Al poner límites claros a los movimientos, se buscaba velocidad al caminar y al mismo tiempo evitar el sacudimiento de las carnes que produce el trote. 

Hay que entender que en esos tiempos el estándar de belleza era distinto. Los hombres no se hacían liposucción, es más: ni siquiera había liposucción. Los deportistas eran más carnuditos y la vibración de la barriga al trotar podía afectar seriamente el desempeño del atleta. De esta forma, la marcha fue la solución y se convirtió en ese punto intermedio entre velocidad y estética.

En la actualidad, todas las marcas de este deporte están en manos de atletas rusos. Supongo que es de gran ayuda que allá nadie les diga que pica más un arequipe o que corre más un gato de porcelana (cosas que sí aprendí de aquel pintoresco profesor).

Y es ahí donde está el verdadero encanto de la marcha: que al ver el hipnótico movimiento de sus caderas, la ligereza de su paso y el atrevido corte de sus pantalonetas, uno dice: “Este tipo ama el deporte y no le importa el qué dirán”.

Porque afrontémoslo: la imagen está matando al deporte. Los ejecutivos salen a correr porque está de moda, porque el del coaching los manda o porque pueden exhibirse y adelgazar al mismo tiempo. Y en estos tiempos en los que el ejercicio se ha vuelto un ritual de fantochería en zapatos, ropa y cantimploras de la era espacial, la marcha atlética es esa honesta voz de la conciencia que nos dice que lo importante es sentirse bien con uno mismo por más que la gente crea que la verdadera meta del marchista no es la raya blanca, sino el baño más cercano.

La idea de este artículo era pensar por qué la marcha atlética debería salir de los Juegos Olímpicos. La verdad es que he tratado de buscar argumentos para sustentar esto sin resultado alguno. He llegado a imaginarme marchistas empelotos, en chanclas, empujando un carrito de paletas, en una rueda de hámster o con el uniforme del Itagüí y nada de esto se compara con el ridículo que hace un joven ejecutivo con zapatos y ropa deportiva de un millón de pesos corriendo con un labrador de pañoleta roja junto al caño de El Virrey.

Agradezcámosle a la marcha por indicarnos lo verdaderamente importante, por recordarnos todos los domingos que lo importante está por dentro, que el deporte es vida y que un coach nunca le dirá a su esbirro que salga a hacer marcha atlética con sus posibles clientes para cerrar algún negocio. Salgamos todos a marchar aunque sea sin pantaloneta escotada; salgamos a decirle al mundo con cada paso que si marchamos es porque estamos mamados de la fantochería deportiva y que si estamos bien por dentro, estaremos bien por fuera.

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