El pentatlón moderno cumplió 100 años el pasado 5 de mayo. La información, difundida por algunas agencias de noticias impronunciables de Europa del Este, no tuvo eco en los periódicos internacionales. Tan solo un bloguero de The New York Times con poco trabajo y uno que otro friki del olimpismo se le midieron a escribir sobre ese aniversario ridículo. Y la mayoría de notas dejaban entrever un tonillo de desprecio hacia el menos moderno de los deportes.

¿Por qué mofarse de una disciplina tan seria, tan olímpica, tan centenaria? Pues porque es absurda una competencia que pasa de la esgrima a la natación, de la natación al salto ecuestre, del salto ecuestre al tiro con pistola y del tiro con pistola al cross-country. Así no más. Un sancocho que entrelaza deportes sin relación, como escogidos al azar, sin ningún criterio aparente. Como si yo decido mañana crear una competición que mezcle el salto con garrocha, el bridge, el patinaje artístico y el bádminton. Y nadie protesta. Ni un cacerolazo ni una marcha ni un plantón... ¿Es que nadie piensa alzarse contra semejante desfachatez?
Dicho deporte no debería importarle ni a Klauss Schormann, un profesor sin presencia en Wikipedia, que debía estar muy desparchado al aceptar el trabajo que ningún tipo con aspiraciones querría: presidir la federación de pentatlón moderno, una disciplina con menos aficionados que el tejo, el curling o el chessboxing. Paréntesis: el chessboxing es otra prueba irracional, en la que dos competidores suben a un cuadrilátero para enfrentarse en boxeo y ajedrez. Sí: alternan los puños y el tablero hasta que alguno gana por ¿nocaut?, ¿jaque mate? Volviendo al pentatlón, valga decir que no le ha ido mal a Schormann, pues ya tiene reconocimientos en países tan influyentes como Kazajistán y Letonia.
Dicen los libros que el pentatlón moderno nació en 1912, cuando el barón Pierre de Coubertin, inventor de los Olímpicos modernos, se craneó una competencia para resaltar las aptitudes de un buen soldado. Bien, para principios del siglo XX. Nadie dice que entonces no era clave saltar a caballo, correr por trochas, blandir espadas… ¿Pero a quién le beneficia hoy ser un chalán, pegar pepazos, saber manejar un arma blanca y correr o nadar a mil? Si acaso a un raponero. O a un traqueto… un traqueto que huye de la justicia.
Por eso imagino que el pentatlón no lo inventó ese barón, sino que nació así: llegaba a la finca de tierra caliente el tío rico, el que tenía camioneta engallada (y andaba en gallada), el que se la pasaba a medio palo (y con medio palo). Entonces, el tío, a quien todos llamaban “tío”, proponía a los niños jugar a las olimpiadas finqueras a cambio de unos pesos. Un divertimento que, como los corrientazos, constan de varias porciones: una de relevos piscineros, otra de piques en chingue, una más de carreras en los caballos que alguna vez pasaron por La Margarita del 8 y, como complemento, una prueba de puntería con la pistola de un amigo de don tío. ¿Qué cómo se convirtió esta recocha en deporte olímpico? No hay nada que no logren unos contactos y un buen fajo de billetes. 
Lo que pasa es que no hay billetera capaz de hacer del pentatlón algo entretenido. Con todo respeto, ¿quién puede hacerse fanático de un deporte más difícil de seguir que una bola de ping-pong en un partido de chinos? Un dato: en los Juegos de Beijing duró 12 horas, y los participantes pasaron la mayoría del tiempo dentro de un bus. ¡Qué emoción!
Pero hay esperanza: existe una secta que conspira para acabar con este deporte. Ante la amenaza, la federación quiso hacerlo más dinámico: cambió las pistolas por armas láser y combinó las pruebas de tiro y atletismo. Así, algunos disparos son seguidos de un kilómetro al trote. Como paintball o, tratándose de armas láser, Q-Zar. The New York Times advierte, además, que esta última movida convierte la “bizarra” prueba en un pentatlón de cuatro, “como una trilogía de dos películas”.
Lo que no me termina de cuadrar es por qué Colombia no es potencia en ese deporte. ¿No dizque la tierrita está llena de personas con pique de choro, expertas en manejo de chuzos y revólveres, en doma de caballos y en nado de río? Seguro en la fiesta de Fritanga no solo había faranduleros —que no sospechaban que Fritanga era de los malos—, sino algún pentatlonista potencial. Así que propongo: armemos una selección integrada por sobrinos de mafiosos que hayan ganado las olimpiadas vacacionales. Ahí sí nadie nos quitaría el oro olímpico. Lo juro por mi tío.

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