Mi primera vez con Jerry Seinfeld fue en una fría noche de abril en la Bogotá de 2001. Yo, echada en la cama con piyama de dulceabrigo de los talones hasta el cuello, con el control remoto en la mano. Él, en la pantalla del televisor. Entre él y yo: miles de kilómetros de distancia. Me habían dicho que Jerry “sabía lo que hacía”, que había satisfecho a más de setenta y seis millones de televidentes –hombres y mujeres– en sesiones de treinta minutos durante más de quince años.


No se trataba de una serie de televisión cualquiera, había hecho reír a Letterman –que ya es mucho decir–, era un retrato fiel del gringo promedio, rodeado de sofisticadas elucubraciones filosóficas sobre la alopecia y el sexo de las termitas. La crítica a esa sociedad frenética y enfermiza vendría con una buena dosis de ganchos al hígado a la neurótica sociedad capitalista. Jerry Seinfeld –protagonista y padre de la serie– reunía, en suma, la belleza de Lindsay Lohan y la inteligencia de Woody Allen. Un american superhero.
La fama de Seinfeld era arrobadora. Si el gurú de la cultura, E! Entertainment Television, la catalogaba como lo mejor de los noventa, debía verla. El formato noventero de la serie, con luces indirectas amarillas y personajes ojerosos, podría equipararse en sofisticación a la producción del Profesor Yarumo. La cámara enfoca a un calvo gordito –George Costanza–. Sonríe ansioso. La alopecia prolonga su frente brillante y las gafas redondas y pequeñas le dan un aspecto de vendedor de fritanga de la Caracas.

Una luz –noventera ella también– ilumina el restaurante de mesas de formica color crema. George sonríe y comenta extasiado: “Hoy es un día genial, logré sacarme el pedazo de manzana que tenía atascado entre dos muelas hace días”. Elaine, escuálida, con afro de Tina Turner, sentada al frente de él, lo mira fijamente y se mete un trozo de tarta en la boca. Sus ojos de ratón asustado lo miran debajo de un gran copete alf. Se desatan las risas grabadas. Luego suenan los acordes de un bajo. Tonada creativa y agradable como el ringtone de la Lambada.

Acto seguido, George le dice a Jerry Seinfeld –peinado al estilo del Puma–: “Conocí a la mujer perfecta, ¡es una presidiaria!, así nunca tendré que preocuparme por llevarla al cine, siempre sabré dónde está y, lo mejor de todo, ¡tendremos visitas conyugales!”. El gordito sonríe acentuando el brillo oleoso de su frente y suenan risas grabadas.

George Costanza, hombre de mediana edad, avergonzado de sus padres, frustrado por una vida que lo lleva de bache en bache, se regocija de haber encontrado una mujer que no lo asedie sexual ni emocionalmente. Su sex appeal, digno de Padres e hijos, atrae con una fuerza tal a las féminas que solo las rejas de una cárcel le permitirían llevar una relación de pareja normal. Tal vez pueda darle unas clasecitas a Giacomo Casanova.

Desde ese momento y durante los siguientes veintisiete minutos, Jerry Seinfeld sigue haciendo de Jerry Seinfeld, expresando una genialidad en cada frase. Por momentos pareciera superar el humor del Flaco Agudelo, pero faltarían años de entrenamiento para alcanzar el nivel de Sábados felices. Elaine, la chica despelucada, encarna a la neoyorquina exitosa y lúcida, tanto que pareciera destronar a hitos de la inteligencia americana como Britney Spears. Su agudeza despierta la envidia de la Gorda Fabiola. Casi casi la supera.

La joven, en una de sus escenas estelares, descubre que su novio rapado posee una frondosa cabellera. Le ruega que se deje crecer el pelo. El chico accede. Al par de semanas, cuando el pelo empieza a asomar, él se da cuenta de que se está quedando calvo. Se deprime. El gordito George –calvo él también– analiza la coronilla del sufrido personaje y dictamina: “Se trata del típico caso de calvicie de la coronilla con entradas, pero… ¡vive al máximo lo que te queda de vida!”. Como si se tratara de un cáncer terminal.
Elaine le pide a su novio que se casen cuanto antes. Antes de que él se quede calvo. La ocurrencia tal vez clasifique para una anécdota de Andrés López en La pelota de letras. La escena conmueve, divierte, como solo Corín Tellado lo había podido hacer. Pero Seinfeld rompe moldes, se erige como el nuevo Dinastía. Es una obra maestra.

Sé que la serie le hace honor a su reputación, pero mi músculo del sarcasmo está desentrenado. Llevo años sin hacerles seguimiento a los grandes del humor como Don Jediondo. Seinfeld y yo tenemos problemas en nuestra primera vez, aunque reconozco que “no eres tú, soy yo”, es mi culpa por cerrarme a la banda y por no darle una oportunidad a ese humor neoyorquino basado en el humor de los heroinómanos del Bronx.
Sigo viendo ese primer episodio, rogando porque el clímax esté cerca. La escena empieza en el apartamento de Jerry. De pronto irrumpe un tipo alto, langaruto y con un mechón de pelo rizado al estilo Rihanna. Es Kramer, su vecino excéntrico. Camina con pasos de gigante hasta el centro de la sala. Carga un gallo en sus brazos. “Lo llevaré a pelear a la tienda de Marcelino, –dice–. Todo estará bien: en esas peleas les ponen cascos a los gallos”. Luego, pone el animal en el suelo y lo saca de allí con una cuerdita, como si fuera una mascota. Kramer logra sobresalir en medio del afro de Elaine, de las llantas de George Costanza y del peinado ochentero de Jerry Seinfeld.

Kramer es inconveniente. Es ridículo –y se ufana de ello–. Sus comentarios chillan en ese bullir de intelectualidad que comparten George, Jerry y Elaine. Apuesto a que su filósofo de cabecera es el magnánimo Walter Riso y su autor favorito, Paulo Coelho. Kramer, indolente, se burla de sí mismo y rompe la frágil atmósfera de irreverencia. Él y su gallo de pelea salen con el mismo estrépito con el que entraron. Qué exabrupto. Es probable que incluso a desadaptados como Woody Allen les interesara trabajar con él.
Cambio de escena. El gordito Costanza va en el carro con sus padres. El viejo se desespera porque su esposa no logra mover el asiento hacia delante: 

—¡Serenidad, ya!, ¡Serenidad, yaaaa! –grita el hombre varias veces, elevando la mirada y los brazos hacia el cielo.
—¿Es una nueva forma de liberar la tensión? –le pregunta su hijo gordito, con tono irónico.?—Sí, me lo recomendó mi terapeuta –le responde su padre.
—¿Y tienes que gritar tan duro cuando lo dices?
—Bueno, no me especificó a qué volumen debo decirlo –dice.

Luego suenan risas grabadas y hay un cambio de escena. Tal vez, si se lo propusiera, destronaría al comediante encargado de Arriba ratinnggggg en La luciérnaga, de Caracol Radio.
En pocos minutos, las grandes expectativas por conocer a Seinfeld, esa serie decadente, autocrítica, sarcástica, se cumplen una tras otra. Mi vida empieza a dar un viraje. Nada será como antes. La experiencia extática me perseguirá durante años e incluso abandonaré series que había considerado mordaces e irónicas como 30 Rock, Breaking Bad, Twin Peaks, The Critic, y películas como American Splendor, Annie Hall… Al lado de cualquiera de esas series –y filmes–, Seinfeld es un dechado de virtudes. Los opaca sin contemplaciones.

La aclamada serie sí era la mejor de los noventa, incluso nutrió la creatividad de nuestros grandes humoristas. ¿Qué sería de Andrés López sin quince años de Seinfeld?
Esa primera vez con Jerry Seinfeld fue, en conclusión, casi tan satisfactoria como leer los trinos de Uribe. El comediante gringo se portó como un caballero. Y así han sido la segunda, la tercera y todas y cada una de las veces en que, por error de zapping, me aparece Jerry Seinfeld en la pantalla del televisor. Sus dotes humorísticas quedaron confirmadas, él sabe cómo seducir a una televidente.

Los que afirman que el mundo se divide entre los fans de Friends y los de Seinfeld están en lo cierto. Y yo estoy en el primer equipo. El que diga que Jerry, George, Elaine y Kramer no entretienen, se equivoca, nada más divertido que ver a cuatro gringos haciendo de gringos y creyéndose el cuento de que hacen reír. Jerry Seinfeld, el “gran seductor” de la pantalla chica, el gran semental, se ufana de sus dotes, de ese “paquete increíble” aunque detrás de sus holgados pantalones no haya sino un chito y dos manimotos.

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