El tipo era igualito a Winston Churchill. Le colgaban de las gafas viejas unos mofletes gigantescos y un cacho de pelo grasiento le bailaba sobre la cara como un solitario limpiaparabrisas. La boca era pesada y el labio inferior se curvaba levemente hacia fuera, dejando ver la húmeda membrana de su interior. Ese rictus, quizás involuntario, le daba un aire de insufrible desdén, pero la verdad sea dicha, la arrogancia de los viejos académicos británicos de la Universidad de Cambridge no tiene nada de involuntaria, y aquella noche tenía frente a mí al perfecto ejemplar.
Se suponía que la ocasión era memorable: mi marido, enólogo apasionado y catador del equipo de Oxford (sí, de esos que hacen competencias con las otras universidades con los ojos vendados y todo), me había llevado a mi primera cata de vinos.
Estábamos en el gigantesco comedor de King‘s College, en el corazón de la Universidad. El recinto era enorme, majestuoso, y todas las paredes estaban recubiertas de una madera adusta, antigua, con olor a viejo. Pero es que todo era viejo allí, como apolillado. Las sillas, las mesas, las paredes, las puertas, las ventanas, la gente.
Antes de la cata, teníamos que escuchar el solemne discurso que nos iba a dar el gran enólogo de la universidad y anfitrión de la noche, el doble de Churchill. Era, por supuesto, un discurso alrededor de una bodega, una cosecha, algún tipo de roble para barriles, no me acuerdo ya, pero en todo caso, un discurso de esos que caen en la encantadora categoría vacuo-derroche-de-erudición.
Winston se levantó y se apagaron de golpe todos los murmullos. Entonces, se metió el pulgar en el bolsillito del chaleco, nos miró por encima de las gafas y dijo con el acento deforme de la rancia clase alta inglesa: "Regla número uno: sabrás que has descorchado bien una botella si el sonido que produce el descorchamiento se parece al suspiro de una mujer satisfecha". Todo el mundo emitió unas carcajadas lentas, desafinadas, falsamente divertidas, mientras yo miraba de reojo a mi alrededor horrorizada, intentando encontrar alguna mirada cómplice, alguien que con los ojos me confirmara lo que estaba pensando: "Este señor tendrá muy buenas papilas gustativas, pero si se acostó con alguien alguna vez en su vida fue con la mamá de sor Teresa de Calcuta".
Y hasta ahí llegó mi curiosidad por los vinos. Porque desde aquel episodio comencé a asociar las catas de vinos con el mal sexo. En mi casa no había cava, y las cajas de rieslings y bordeaux se agolpaban debajo de la cama, debajo del bifé, debajo de la mesa de comedor, en los clósets, en el baño, en el horno de la cocina, en el corredor de entrada. Y lo peor de todo era que lo que más le fascinaba a mi marido el enólogo era comprar por adelantado cajas y cajas de cosechas del 2018, del 2022, del 2034... ¡Dónde diablos íbamos a meter tanta botella! La guinda en el pastel la puso otra noche de cata. Apenas comenzaba la reunión y yo, con la espontaneidad de los inocentes, iba a prender un cigarrillo cuando tres amigos de mi marido el enólogo me agarraron en medio de aterrados vozarrones de alarma. El primero me inmovilizó el brazo, el segundo me tapó la boca por la espalda mientras el último se lanzaba en plancha a arrancarme el paquete de las manos con heroica violencia. Llegué a la casa cojeando y con tres morados, pero mi marido insistía en defenderlos ya que todo había sido culpa mía. Fumar en una cata (aunque no se haya abierto la primera botella) es un crimen que amerita la pena capital. Y así, como era de esperarse, salí huyendo de mi marido el enólogo y acabé celebrando mi divorcio en una playa de Málaga con un tetrabrick de Don Simón, el vino más barato de España. Ah, pero eso sí, el hotel era de cinco estrellas.

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