Especie que ha llegado a tener una población tan numerosa que contamina las fuentes de agua. El rasgo más sobresaliente del delfín es que es indistinguible de sus padres. El científico británico Sir Francis Galton alguna vez afirmó que “la habilidad del estadista es ampliamente transmitida o heredada”. Y vaya si el país ha seguido avanzando con estos nuevos líderes. Pero el delfín es de tal nobleza que deplora que le recuerden esa semejanza. Su eslogan desesperado es “Yo solito…”, moto que grita a todo pulmón cuando por la mañana la nana le pone las medias que a él no le gustan.

Hay incontables nuevos delfincitos en los pandos resquicios que deja el mar, y solo cuando baje la marea sabremos cuál de ellos nadaba desnudo: tenemos al delfín Pastrana; Galán dejó tres delfincitos sanos y revoloteadores nacidos de una gallina; tenemos al delfín Simoncito, producto del amor de dos marsopas de la isla de Lesbos. Hemos llegado al punto en que la renovación del océano está en manos de delfines: se lanza a las aguas Larita, y hasta un nieto de la ballena azul Turbay…

No se piense que el delfín no juega ningún papel en la gran cadena de los seres vivos. A diferencia de los delfines marítimos que son usados en terapias regenerativas para niños con retrasos mentales, a los mencionados les deben llevar los niños para subsanar en algo su absoluto vacío conceptual. Poco han avanzado con las costosas intervenciones, pero los niños no pierden la esperanza de ayudarlos. Eso sí, haremos bien los adultos en unirnos a la gran cruzada internacional que clama a gritos por poder mantenernos bajo el lema de los tarros de atún Van Camps: ‘Dolphin Free’.

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