Le debo el primer gimnasio de mi juventud al Club de la Televisión, un programa presentado y dirigido por el legendario Carlitos Pinzón. En las emisiones de los viernes, cuando por fin Billy Pontoni exhalaba el último graznido de alguna de sus opus interminables, comenzaban a desfilar ante las cámaras y el público presente en el estudio unos efebos ataviados con tanga narizona que lentamente comenzaban a contorsionarse hasta adquirir unas poses verdaderamente grotescas y descubrir músculos insospechados, ante la mirada atónita del mecenas de Teletón, que tragaba saliva y sudaba frío mientras la cámara paneaba lenta sobre un abductor y suspiraba con los ojos en blanco durante el recorrido que terminaba en un deltoides aceitado y voluptuoso. Era lo más granado del fisiculturismo criollo presentado con el auspicio del Gimnasio Bochica. Gracias a Carlitos Pinzón me enteré de la existencia del Bochica y tras un breve trámite allá fui a parar. Y fue breve también mi paso por sus instalaciones. El Bochica estaba ubicado arriba de la Caracas con 59. Un local sórdido en un tercer piso, completamente hermético, atiborrado de pesas, de máquinas rudimentarias y de fisiculturistas que sudaban como caballos embelesados frente a espejos igualmente sudorosos. Al primer golpe de chucha y Mexsana di media vuelta y me fui para siempre.

Ese episodio tendría que haber sido suficiente para mantenerme alejado de los gimnasios definitivamente y sin embargo, obedeciendo a algún tipo de patología, siempre regreso para comprobar sistemáticamente que no me gustan.

Mi más reciente intento fue en el Body Gay.

Uno pone un pie en la recepción del Body Gay y sabe que la volvió a embarrar. Alrededor hay hombres y mujeres con cuerpos esculturales forrados en lycras de colores brillantes, camisetas esqueleto, y en el centro de la recepción, con pantalón bombacho de sudadera multipropósito, camiseta blanca raída con el logotipo de Pintuco... ¡yo!

Jamás en un gimnasio logra uno hacer ejercicio el primer día: termina zampado en la oficina de un médico deportólogo que lo primero que hace es someterlo a un cuestionario como si le fueran a hacer un transplante de médula. Luego le pide que se quite la ropa, qué ignominia, en ese estado de flacidez en que uno anda y el deportólogo se empeña en instalarle a uno por todas partes unas pinzas que pellizcan durísimo para medir el porcentaje de grasa, con una máquina que activa una alarma al menor contacto con el tejido adiposo. Por fin el tipo produce una rutina de ejercicios que hay que hacer durante ocho días, una dieta estricta, las pesas quedan vetadas, y lo mandan a uno a la zona de cardio, para calentar, para no desgarrarse.

En los gimnasios hay toda clase de especímenes, pero la zona de cardio alberga al más emblemático: la chica de la máquina escaladora. Esta mujer se ubica estratégicamente dando la espalda para que todo el mundo aprecie cómo trabaja el glúteo. Está embutida al vacío entre una lycra a media pierna, tiene hilo dental de color fosforescente, trencitas, y está conectada a un iPod para que no le hablen. Ella solo está ahí para que uno admire cómo escala. Afuera tiene parqueado un BMW y una Toyota con siete guardaespaldas… ¡a punta de glúteo! Y es inevitable mirarla mientras escala y no pensar que debe ser incomodísimo escalar cualquier cosa con hilo dental.

Yo no entiendo cómo hacen las mujeres para aguantarse un cordel metido entre el ojete. A uno medio se le encarrila el calzoncillo y no tiene sosiego hasta que logra sacárselo. Ellas dicen que es facilísimo, que luego de un breve período de adaptación uno se acostumbra. Lo mismo dicen los miembros del Opus Dei del cilicio. Yo no creo que alguien se pueda acostumbrar a ese suplicio, lo que pasa es que las mujeres son capaces de traspasar el umbral del sufrimiento con tal de verse sexies.

Finalmente sale uno de la zona de cardio dispuesto a hacer ejercicio de verdad. Desafiando al médico deportólogo se consigue una pesa pa varones, se instala en una máquina donde lo vea todo el mundo, toma aire profundo y va… pero solo llega hasta la mitad, y en el instante en que la barra le va a caer en la tráquea aparece otro personaje infaltable: se esconde como un buitre detrás de alguna máquina a la espera de un idiota como uno, que esté a punto de morir asfixiado con la barra en la garganta para hacer su entrada. También es gigantesco, pero más producido, como dicen ahora. Bandana de color en el cuello, peinado hacia atrás con gomina, trusa enteriza de lycra muy forrada para que se le note el armamento, guantes y, en vez de aceite, mucho perfume, Brut de Fabergé, ah cosa pútrida. En el instante en que estamos por soltar la pesa con el último resuello, este hombre se para estratégicamente por detrás de la banca y coge la barra con una mano: "¿Quieres que te ayude?", abre uno de los ojos de regreso a la vida y lo primero que ve es la dotación de este personaje a una distancia alarmante, claro hay que darse el lapo y aceptar la ayuda, darle las gracias y luego salir despavorido antes de que a uno le dé por intercambiar teléfonos.

Hasta ahí me llegaron las ganas de gimnasio nuevamente. Se va uno para la casa con el ánimo por el piso. Inscrito por tres años para aprovechar la promoción, y sintiendo además que el ácido láctico está haciendo de la suyas en nuestros pobres músculos. Efectivamente, al día siguiente no se puede uno parar de la cama. Y ahí tirado entre reflexión y reflexión, uno comienza a entender ciertas cosas. Por ejemplo, por qué los fisiculturistas tienen los cuerpos que tienen. Claro, porque ingieren galones de esteroides diariamente; sí, mucho bíceps, tríceps, deltoides, lo que quieran, pero se les achican las pelotas. Ahí sí no hay peligro, prefiero la panza y no que las gónadas me queden como un par de uchuvas. Si uno quiere que le salgan músculos a esta edad tiene que implantarse unos de silicona. Si quiere bajar la panza se tiene que hacer una lipoescultura, y ahí queda a un paso de empezar a usar hilo dental y luego salir a comer con el sodomita que le quitó la pesa de encima.

He jurado que no vuelvo a un gimnasio nunca más pero, conociéndome, sé que tarde o temprano volveré, y una vez más desertaré, una y otra vez hasta el día en que me muera. Y entonces mi epitafio dirá: Detesto los gimnasios.

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