De todas las fórmulas y propuestas que el negocio del turismo ha tenido que inventar para sobrevivir, la del tiempo compartido es quizás la más práctica e innovadora.

El asunto consiste en vender habitaciones hoteleras mediante el ingenioso sistema de despresar el año en semanas, y conseguir 52 personas que las compren por separado. Las ventajas, dicen quienes lo recomiendan, saltan a la vista. Ya que nadie puede estar todo el año de vacaciones —excepto los dueños de estos negocios—, una semana al año no hace daño, y menos aún si es a un precio razonable. Además, agregan, es posible planear las vacaciones con la suficiente antelación, y no es necesario estar pendiente de daños o reparaciones del inmueble, pues por una módica suma anual el hotel se encarga de todo.

Para algunos, este método de invertir gastando es el más conveniente y práctico. Conozco parejas que quieren jugar golf todos los veranos que les queden de vida, con los mismos amigos, en la misma semana y en la misma cancha y además hospedarse en el mismo hotel. Para ellos, esta solución es perfecta.

Pero hay otros que llegan al mundo del tiempo compartido, como consecuencia del súbito entusiasmo que les despierta un deporte semiextremo o un lugar exótico, y después de algún tiempo comprenden que están condenados para siempre a volver al mismo lugar. Eso les suele suceder a algunos hombres entrados en la madurez, que descubren tardíamente, por ejemplo, el secreto placer de bucear o la intrépida aventura que significa esquiar. Por lo general son hombres mayores de 40 años, que van por primera vez en su vida a Aspen, Colorado, con su esposa y sus dos hijos, esquían sobre la nieve y logran su primer descenso —la suerte del principiante— sin accidentes ni caídas, lo cual los hace sentir iguales a James Bond. Por la noche, asisten al refugio de esquiadores, se compran un suéter de lana de tres centímetros de grueso con dibujos de renos y pinos —suéter que no podrán usar jamás en Bogotá porque la temperatura interior es igual a la de Valledupar, y al calor de una fondue y de un coñac—, le confiesan a su mujer que nunca antes habían sido tan dichosos, que sienten el vigor de los 20 años, y le proponen, tomándola cariñosamente de la mano, comprar una semana de tiempo compartido en el hotel donde están alojados, para poder pasar el resto de su vida disfrutando de ese bello lugar.

La esposa le replica que, en su opinión, esta es una decisión apresurada, que lo más conveniente es darle tiempo al tiempo antes de comprar en un lugar que hasta ahora conocen, y que no hay que tomar decisiones permanentes para dichas transitorias, a lo que él responde que no, que las oportunidades no van y vuelven, y ella al verlo tan entusiasmado y decidido accede, con lo cual, después de tres semanas de negociación, logran concretar la adquisición no de una sino de dos semanas, ya que como les advirtió Mrs. Verbolek, la agente de finca raíz recomendada por el hotel, "Una semana no les sirve…".

Cinco años mas tarde, luego de una fractura de pierna en las últimas vacaciones que lo obligó a permanecer en cama y a leer en inglés una novela de Sydney Sheldon de la que no recuerda nada, y después de haber aprendido lo costoso que es esquiar en nieve sin un seguro médico en dólares y de haber comprado esquís nuevos para toda la familia, además de un trineo en rebaja, el pobre hombre le reconoce a su mujer que está mamado de ir a Aspen, y que no quiere volver nunca jamás, a lo que ella responde con un cariñoso "Te lo dije, mi amor, pero como tú nunca me haces caso…".

Sin embargo, como todo en la vida tiene solución, para eso se hicieron los bancos de habitaciones hoteleras los cuales reciben clientes de varios lugares del mundo que también están hasta la coronilla con sus respectivas semanas; allí se encuentran franceses que no saben qué hacer con sus dos semanas en Casablanca, argentinos desesperados con dos semanas en Orlando, e irlandeses que no quieren volver jamás al parador de Don Sancho, en Andalucía.

Después de esta minicrisis matrimonial en la cual el hombre le tiene que reconocer a su esposa que se apresuró y que ella tenía toda la razón, viene la parte más complicada que es buscar en el banco de habitaciones un par de semanas para reemplazar las de Aspen. Para ello, deben poner a disposición de todos los socios del banco las suyas, y como contraprestación, pueden ingresar al mundo del intercambio internacional de habitaciones de hotel y buscar en qué lugar del planeta habrá una o dos semanas disponibles. Obviamente, las semanas de temporada alta, que son aquellas en las cuales la mayoría de los mortales toman sus vacaciones, están reservadas y, por lo tanto, hay que empezar a considerar vacaciones en septiembre o en marzo. Lo que sucede en estos casos, es que los novatos o principiantes en el arte del intercambio de semanas se vuelven creativos y les da por ponerse románticos o intelectuales. Una noche, el marido le dice a su esposa: "Mi amor, ¿qué tal si vamos a un hotelito divino que está disponible en Worcestershire en la frontera entre Gales e Inglaterra?". Ante la cara de aburrición de la esposa, el marido sigue buscando y encuentra dos semanas disponibles en El Cairo entre el 3 y el 18 de agosto, y le propone aprovechar la oportunidad para que los niños conozcan las pirámides y adquieran un poco de cultura, a lo que ella le responde que no se le hace raro que haya disponibilidad de semanas en Egipto en esas fechas, porque a 43 grados a la sombra, ni los camellos trabajan.

Finalmente, después de varios meses en busca de semanas disponibles, encuentran una entre el 5 y el 12 de mayo, en un hotel en Myrina, en la isla de Limnos, una de las islas griegas del Egeo, y deciden conocer Grecia, y aprovechar esta oportunidad que aparentemente el destino les ofrece. Desgraciadamente, los hijos no pueden viajar con ellos, pues la semana de receso es exactamente la anterior a la que encontraron disponible, y no tiene presentación que falten dos semanas seguidas, así que deciden viajar solos a una segunda luna de miel… Algo que es importante tener en cuenta, es que no hay nada más mentiroso y despistador que la fotografía de un hotel afiliado a una cadena de tiempo compartido. El fotógrafo siempre encuentra un ángulo que le haga creer al cliente que se trata del paraíso o del hotel George V de París. Finalmente, y después de todos los avatares que implica viajar a lugares desconocidos y lejanos, la pareja se instala en el hotel Kylopus en pleno centro de Myrina, en un cuarto del tamaño del baño del apartamento donde viven, y con una cama sencilla que según el hotel es doble y que debieron comprar en la liquidación de un anticuario. Allí tendrán que pasar las siguientes dos semanas. Ah, olvidaba decir que mayo es el mes de las lluvias en el Egeo.

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