Lo diré sin rodeos: el jurado de un reinado de belleza se parece, guardadas proporciones, al coro de una opereta de mala muerte, a los supervisores de una feria de ganado de Monte Líbano (Cesar) o a los dueños de una cosecha de papas, mirando la calidad de los tubérculos. Es probablemente el oficio más humillante que alguien me podría proponer. Preferiría antes ser la Madame de un prostíbulo (pues en estos bajos fondos, por lo menos las cosas están claras) o la concierge del edificio de José Galat.

Vamos a ver: primero que todo, para ser jurado, se necesita tener un tipo de cualidades muy cercanas a la idiotez, acompañadas de una dudosa ética. Porque la belleza femenina no puede ser juzgada por los criterios sexistas patriarcales y, peor aún, por la mirada de un jurado conformado en su mayoría por hombres que obedecen a su viejo instinto de macho en calor.

Los miembros del jurado de este tipo de certamen vienen lo más a menudo de Miami, Puerto Rico o Venezuela. Muchas veces son perfectos desconocidos, pero eso sí, bien bronceados. No falta el empresario de una oscura multinacional que no pierde ocasión para salir en las páginas de revistas de farándula abrazado a un personaje, ese sí, del jet-set; está también el representante de la marca de cosméticos que para la ocasión patrocina el reinado, feliz ganador de un viaje al tercer mundo con todos los juguetes; y por supuesto la ex reina, experta en la materia y siempre comprometida en algún escándalo erótico-amoroso. Todos y todas conocerán la Cartagena virtual, ninguno la Cartagena real.

Todo el acto es una payasada. Ni los jurados se lo creen. Cada uno de ellos debe representar un papel que días atrás ha sido asignado. Todos deben exclamar frases de cajón que ya se han aprendido de memoria. "Me conmueve ese ramillete de mujeres colombianas todas dignas de representar la belleza universal". Y en relación con el quehacer del jurado, dos cosas me intrigan: la primera gira en torno a esa dimensión desconocida para nosotros los espectadores, representada en la famosa entrevista previa del jurado con las candidatas. Dudo mucho que estos personajes de otro planeta estén al tanto de lo que se supone debe saber una candidata con sensibilidad social en un país como Colombia. Y hablo de sensibilidad social porque la belleza de las reinas debe ser integral, tan integral como el pan, recomendación mil veces repetida por don Raimundo. Pero para el jurado, cuyo mundo se limita en general a la autopista entre Tampa y Orlando, debe resultar difícil, por no decir imposible, formular preguntas medianamente inteligentes capaces de reflejar alguna sensibilidad social. De todas maneras, todas terminarán por decir que lo más urgente es la paz del mundo y de Colombia.

La otra cosa que siempre me ha intrigado es saber cómo hacen los miembros del jurado para no confundir la reina del Valle con la de Santander o con la de Boyacá o con cualquier otra… si todas tienen las mismas medidas, el mismo cabello largo y peinados iguales, el mismo escote generosamente lleno gracias a una buena dosis de silicona, el mismo vestido de noche, lleno de perlas y bordados, hecho por los mismos tres costureros tradicionales, el mismo caminado, el mismo padre (todos generosos con sus futuras reinitas), las mismas historias o casi, los mismos dos años de universidad, la misma heroína —sor Teresa de Calcuta— y el mismo pedigrí: solteras, vírgenes y que nunca hayan posado en ropa interior… eso sí, nunca entendí por qué. Bueno, como decía, todas iguales con excepción de la señorita Chocó que en general es la más bonita y la menos operada. Claro que, aún cuando el jurado las confunda, no tiene ninguna importancia porque la que gana es la que tenía que ganar por razones en general muy distintas a sus medidas y sensibilidad social… no profundizaré.

Por esto, para la versión del 2007, propongo un jurado renovado con miradas especializadas en la materia, quiero decir en carnes frescas, tersas y bien operadas. No sé, se me ocurre que podrían invitar al presidente de Fedegan en compañía del presidente de la Federación de Lecheros. El primero revisaría las carnes del ganado y el segundo, el tamaño y rendimiento de las ubres. Añoro también la presencia de una ginecóloga que tendría el difícil oficio de certificar la virginidad de todas las candidatas, por cierto tarea compleja en un país en que la virginidad es un asunto en vía de extinción y la violación, pan nuestro de cada día. Tal vez y para complementar el buen juicio y la total objetividad de ese evento nacional, podríamos pensar en una especialista en chismes del jet-set, quien nos permitiría descubrir, postreinado, claro está, el lado oscuro de las candidatas. Porque, y esto ya es en serio, esta fiesta que reúne los espíritus colectivos de la Nación es una vergüenza nacional. Lo he dicho mil veces y lo reitero hoy: el reinado es un indicador del atraso mental de una sociedad que no quiere enfrentar que esa feminidad construida o, más exactamente, reconstruida y ese ideal femenino ya se acabaron hace tiempo, y solo perdura en las mentes de hombres en vía de total extinción.

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