Esta especie está dividida en dos. Por un lado, tenemos el YoJoséCoctelopterix, antiguo lagarto terrible, de vieja familia de saurios que alguna vez vivieron en lo mejor de la sabana. Es íntimo amigo de gente high, es inoportuno y adulador, es incumplido. Se lo observa siempre enguayabado y recién bañado, de pelo mojado y echado para atrás, atormentado por las agrieras de una alimentación a base de lamparazos de güisqui y propiciada en Alimentarte en el parque El Virrey, en donde va a buscar sexo. Este reptil de abolengo aún se lo ve andando en el Mercedes que era de ‘mamá’, y a diferencia del lobo que todo lo tiene nuevo, lo del YoJoséCoctelopterix es viejo porque no tiene con qué. Hará creer, eso sí, que todo es inglés. No puede trepar porque no ve hacia dónde, pero no importa: dada su peculiar anatomía, el YoJoséCoctelopterix toda su vida ha caído hacia arriba.

La otra clase de lagartos la compone el temido Ponchosaurio, lagartija común y trepadora indómita, capaz de lamer inmisericordemente a pesar de no tener lengua. Departía con el YoJoséCoctelopterix en ese hábitat natural en vías de desaparición que es el coctel, pero como magos que no pueden engañarse mutuamente con sus trucos, aburriéronse el uno del otro y de ahí las dos familias. El Ponchosaurio ama la vida social, escribe sobre ella, llama a los viejos lagartos por sus apodos de niño, se cree invitado, esperará por horas a ocupar el mejor puesto en la mesa, echa chistes mientras se mete patas de pollo a los bolsillos y da abrazos en los velorios con parola porque todo lo regalado hay que aprovecharlo. Tal vez en una sola cosa coincidan fatídicamente los dos: ambos descuidan la nidada, como auténticos reptiles de sangre fría, porque nada importa más que volver al pantano a hacer lo que mejor hacen los lagartos: lagartear.

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