"¡Se murió Manimal, carajo!".

La tranquilidad de mi sueño a las 11:00 de la mañana se alteró con ese terrible grito en la redacción. La noticia era un hecho y mientras limpiaba la cascada de babas en mi saco y disimulaba poniéndome la mano en la mitad de la cara para que no se notaran las marcas del teclado sobre los cachetes, pregunté: "¿Se murió ‘Manimal‘ Cortés, el que jugaba en Caldas y Huila?".

"¡No!". Gritó mi jefe enfurecido. "Manimal, el que se fue al Tíbet y al África a estudiar el comportamiento animal y al llegar a la civilización tomaba las características de esos animales". Como el sueño todavía me tenía atembado recordé a Patricia Castañeda. ¡Claro! Sí, ella estuvo en un programa y viajó a la India, o no sé dónde en 1999, y comida que no le gustaba la escupía en la calle. Un comportamiento más animal no recordaba haber visto en la TV. Es Patricia Castañeda, respondí, mientras me echaba un bostezo de mandril.

"Usted es una bestia", replicó el mandamás, con serias intenciones de ponerme un memorando. "¡Manimal! ¡El que podía convertirse en tres animales diferentes!". Yo, muerto de la pena, levanté la extensión y llamé a doña Gloria para que me trajera un tinto mientras trataba de que mis conectores cerebrales se activaran. Con un ojo gacho del sueño, como si de pronto me hubiera convertido en Álvaro Bayona, alcancé a balbucear: "Aaaaaah ¿Goyo Samsa? Pero ese solo se convirtió en uno".

Poseído por la ira, continuó su diatriba: "¡Idiota! Manimal trabajaba con la Policía y resolvía casos complicadísimos al lado de la culipronta y atractiva detective Brooke MacKenzie y Tyrone Earl, su mejor amigo que le quedó después de Vietnam". Yo, nada. Con la mirada inteligente de la vaca lo veía manotear y mientras el tinto se acercaba a mi escritorio pensaba en ‘el Gallino‘ Vargas, el millonario de otrora; en ‘la Perra‘ Carrillo, el delantero del Cali; en ‘el Ganso‘ Ariza, el esmeraldero que mataron en Teusaquillo en los ochenta; en la senadora ‘Pío Pío‘ Leonor Serrano, en el baile cadencioso del ‘Mono Jojoy‘. Me estaba chiflando.

Puso un ultimátum. Si yo no adivinaba, él ya tenía lista una caja de cartón de Grasco para que empacara mis cosas y me largara. Aprovechando que yo seguía noqueado, arremetió: "¿Recuerda que alguna vez se volvió caballo?". ¿Por qué tantas ganas de saber de un programa en el que un tipo cualquiera se convierte en animal, hecho que en Colombia pasa todos los días y a cualquier hora? Que lo digan Iván y Samuel, uno asno y el otro buitre. O Marlon Becerra, el lobo que aúlla con más fuerza. Incluso nosotros, partida de borregos que soportamos callados toda esta fauna idiota, pertenecemos a ese reino de animales. ¡Todos tenemos un Manimal adentro!, grité desencajado. El tinto había funcionado.

Mi jefe bajó el tono. Me dijo que él pensaba que a mí me gustaba esa serie que apenas duró ocho capítulos al aire y que solo quería contarme que el actor del programa, Simon MacCorkindale, no había podido soportar un cáncer y acababa de fallecer. Estaba en esas cuando se quedó mirando fijamente mis manos, que desde hace unos 10 años son muy rojas como las de una lavandera. Me preguntó si estaba enfermo y me recomendó aspirina para adelgazar la sangre.

Ahí me demostró que él no sabía nada de Manimal. Nunca jugó a frenarse la circulación para hinchar las venas y con la mano brotada hacer la imitación de la metamorfosis humano-pantera. Los daños colaterales los veo hoy en estos dedos color chorizo, iguales a los suyos, querido lector, que también hizo lo mismo en el colegio.

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