Era una tarde fría y yo estaba en el supermercado tratando de elegir entre un queso insípido pero bajo en grasa y un delicioso queso brie, que prometía sumarles a mis cachetes de invierno nuevas razones para inflarse. Me costaba. Uno puede pasarse un rato largo elucubrando ante una nevera; uno puede entrecerrar los ojos e imaginarse dichoso frente a un plato servido con graciosos bastoncitos de queso descremado, y con el hambre enfundada en una bella figura sílfide. O bien, uno puede no imaginar nada y hacerse el loco y hartarse de brie impunemente, hasta que alguien en la calle le diga: qué raro, qué cosa, últimamente te noto un leve parecido al gordo Benjumea...

-Llevemos este queso, amor -scuché de pronto a mi lado, y vi a un hombre hermoso (lánguido y paliducho, pero hermoso), agarrando con sus manos de príncipe (cutículas sanas, brillito neutro) el queso bajo en grasa que yo estaba por abandonar. Mis manos, en cambio, apretaban ansiosas el paquete de brie, como una pelotita antiestrés. Al lado del hombre hermoso había una mujer fea, a quien se le notaba el esfuerzo que hacía por abandonar esa condición. Mucha dieta extrema, mucha crema de enjuague inútil, mucha pantorrilla de spinning, mucha frustración. En la canastita, además del queso inmundo, el hombre llevaba un tratamiento para el pelo marca Kérastase y un kit completo Nivea for Men. Era uno de esos, se veía a leguas: un digno representante del ya no tan novedoso conjunto de imbéciles dispuesto a autoesculpirse a imagen y semejanza de un modelo de Hugo Boss; uno de los que han usurpado descaradamente un terreno que había sido cultivado durante siglos por mujeres y maricas. Un metrosexual.

-¿Te parece, gordo?-preguntó la mujer, mirando el queso con desdén. Su voz revelaba la falta de alguna vitamina importantísima. Él tomó con sus manos esa cara demacrada, la miró a los ojos y le dijo:

-Sacrificio, amor -cualquiera que lo hubiese visto habría buscado las cámaras para comprobar que estaba actuando una maravillosa escena de amor en Auschwitz. Agarraron su queso y se fueron: él, flotando como una pelusa; ella, arrastrando su miseria y sus tetas caídas. Yo me quedé pensando en esa pobre mujer, que no solo tenía que levantarse todos los días al lado de un cutis más terso que el suyo sino que, además, tenía que oír sus máximas; toda esa patraña de que lo único que bastaba en la vida para ser Angelina Jolie -o su marido-era fuerza de voluntad y vocación de martirio. Y aunque ya sospechaba que de esos especímenes había que huir lo más lejos posible, ese día perfeccioné mis argumentos mientras merendaba con vinito tinto y un suculento plato de queso brie. He aquí algunos de esos argumentos:

1) Los hombres que se cuidan mucho suelen obtener mejores resultados que las mujeres. ¿Por qué? No hay que preguntar, la respuesta es tan simple como que Dios los quiere más. Y tener que compararse con el novio solo para confirmar que las perlas luminosas se notan más en su pelo que en el de uno es simplemente humillante. Si en una casa tiene que haber alguien bonito y cuidado, es mejor que sea usted, señora, lo otro siempre termina mal. Mínimo: en pesadillas que involucran tríos donde usted no participa. 2) Cuando un tipo se vuelve más bonito que su mujer, ella es rápidamente reemplazada por el mayor objeto de deseo y devoción de él: él mismo. Acá es cuando su cara fruncida, señora, se estrella contra la conclusión acertada de que alguien que se quiere tanto a sí mismo no tiene lugar para querer a nadie más, y que lo más excitante que se puede hacer ante a un espécimen de estos es mirarlo mientras se pajea, arrobado, frente a un espejo. 3) Está comprobado que mucho menjurje humectante, mucha vitamina A, mucha crema de enjuague fina malogra la testosterona. Ya es un lugar común que los tipos lindos rara vez son algo más que lindos; un tipo que a lo mejor ni siquiera es lindo pero empeña los esfuerzos propios de una adolescente gorda en verse lindo no será nunca algo distinto a eso: una criatura más empeñosa que bella, con alma de gordita resentida y granulienta, ¿y su testosterona

: un juguito soso diluido en sacarina. 4) El día que, Dios no lo quiera, al tipo le salga una espinilla, lo primero que va a hacer es esconder la cara en su regazo, señora: el suyo; y entrará en una depresión tal que, otra vez, se verá impedido para desempeñar sus ya malogradas funciones. Así, se verá usted frente a un inútil cacho de carne, magro pero muerto, posado sobre sus piernas. Esa imagen la empujará a la fuga, le juro que sí, correrá a abrazar cada pollo frito del que él la privó. Y la próxima vez que se encuentre con uno de estos adonis contrahechos, usted se acercará sigilosamente a su oreja perfumada y le susurrará algo como: "Te convendría usar el contorno de ojos de Clinique -hará una pausa dramática y luego rematará, con voz condescendiente pero cara de asco-para disimular esas patas de gallo". Y él quedará fulminado, y usted respirará aliviada: "Uno menos", cantará al aire. Y, entonces, escuchará aplausos y ovaciones a su alrededor.

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