Tengo el hombre con el que soñamos todas las mujeres. El hombre perfecto. Es comprensivo, sensible, detallista. Recuerda todas las fechas: cumpleaños, aniversarios, bautizos, Día de la Madre y hasta el Día de la Mujer.

Se fija en todo. Qué llevo puesto, qué me hice en la peluquería, qué estoy comiendo. De hecho come menos que yo, bebe menos que yo y ¡baila mejor que yo!

La palabra "vicio" no está en su ADN. El hombre no toma ni tampoco fuma. Es de la cruzada contra las drogas y jamás se trasnocha. No sabe lo que es un guayabo. Por eso los domingos me despierta a las seis de la mañana para que trotemos o subamos en bicicleta a La Calera. Es un deportista excepcional.

Ni hablar de su habilidad para la cocina. Prepara lo que sea. Risottos, pastas, carnes, sopas y hasta postres. Es un Harry Sasson en potencia y por eso lo adoran mi mamá y mis hermanas (quienes además ya se volvieron sus mejores amigas). Ni hablar de infidelidades, el tipo jamás ha puesto los cachos y a mí, de verdad, jamás me da motivos para sospechar de él.

Salir con el hombre perfecto implica que me acompañe a hacer shopping, a ver comedias románticas y le fascina hacer mercado. De hecho, nunca ve fútbol. Ni tele. Solo lee libros y excepcionalmente se pierde los documentales de History Channel.

Lo peor de estar con el hombre perfecto es que no hay forma de pelear con él. No dice groserías, habla pausado, sin apasionamientos, siempre asertivamente (¡no saben cómo echo de menos la capacidad de poner verdes a mis novios!). Tanta perfección no es normal. Aquí hay gato encerrado. ¿Será gay? Pero no puede ser gay. ¿Cómo va a ser gay? Si es una máquina en la cama. Nos pasamos seis horas haciendo el amor. Y luego me pone conversación, y yo con ganas de dormir. Él no ronca. La que ronca soy yo. Y después de la faena, lava la ropa y hasta las sábanas.

Las cuentas con él son perfectas. Insoportablemente perfectas y calculadas: si me baño más de tres minutos en promedio, desperdicio un tercio de metro cúbico sin necesidad. Si uso demasiada pasta de dientes entonces estoy desperdiciando dos tubos de pasta al año que en 30 años nos permitiría ahorrar para un paseo a Anapoima un fin de semana. Que no me tome más de dos buscapinas, que en los dibujos de las cajas siempre recomiendan más de lo que uno necesita. Y que con cuatro cuadraditos de papel higiénico doblado por la mitad cuatro veces tengo área más que suficiente (como si el tema fuera de superficies).

Las finanzas son al centavo. Que la tarjeta de crédito cobra unas tasas de interés inmorales, que son más del 2% mensual y son efectivas desde el primer día, a menos que el saldo esté en ceros (¿qué mujer tiene una tarjeta de crédito con saldo en ceros) Las compras tienen que ser con descuentos. Y siempre comparando precios.

Las primeras veces es genial por lo ordenadito, a diferencia de la mayoría de los hombres, que siempre parecen botando la plata como niño en piñata. Pero al rato tanto método y tanta precisión se vuelve inmanejable. Era ideal: para mi madre, para mis cuentas, para mi salud, para el medio ambiente, para mi ropa y apartamento, hasta para mis ollas y utensilios de cocina.

El gran problema, es que me hizo extrañar al borracho, al perro, al jugador, al cizañero, al antideportista, al inútil que no cocina ni un arroz… He encontrado el hombre perfecto. Y ahora que lo tengo, ¡no sé qué hacer con él!

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.