Al pedo pero temprano -dijo el General Perón. Y no solo remarcó la tendencia militar de levantarse al alba, para no hacer nada, sino que, además, profundizó el permanente sentido peyorativo que rodea a la palabra "pedo". Sentido peyorativo marcadamente injusto, señores, si observamos el significativo aporte que esta palabra, con sus diversas acepciones y aplicaciones ha hecho a la lengua castellana o, al menos, a la argentina. En Argentina, el país de Borges y de Cortázar, "estar al pedo" significa estar sin hacer nada. El alpedismo significa dejar pasar el tiempo sin practicar actividad alguna, aunque puede disimularse como germen de la filosofía o de la reflexión. Hacer algo al pedo es hacerlo inútilmente, en vano. La expresión incluye una variante aumentativa y casi poética: "Hacer algo al divino pedo" o "al reverendo pedo". Sin alternativas que certifican lo inconducente del esfuerzo "al pedo como bocina de avión" o "como timbre de panteón" son dos metáforas populares que también sacan partido de la potencia y el grafismo del zarandeado pedo. "Estar en pedo" es, en Argentina, estar borracho, e incluye figuras literarias de gran audacia y cierto grado de absurdo. "Tenía un pedo que flameaba" suele decirse de algún respetado amigo a quien el alcohol lo hace flamear como una bandera. El pedo, no obstante, esa palabra pequeña, concisa, fácil de pronunciar este acierto fonético, sonoro como suele ser sonoro su origen fisiológico, despreciada entre las clases cultas como es despreciada la mandarina entre las frutas, se brinda, pese a todo, generosa a figuras poéticas dignas de Breton. "Qué grande ha sido nuestro amor -dice el tango Los mareados- y sin embargo ya lo ves, mirá lo que duró". Cuanto más mágico, cuanto más sutil, cuanto más sugerente, señores, es la frase popular, refiriéndose al algo efímero, fugaz, "duró lo que un pedo en la mano". Hay otra semejanza metafísica, casi rayana con la química o el ilusionismo que dice "duró lo que un pedo en una canasta". No todos emplearon la dúctil palabra como apoyatura de la vulgaridad o el escarnio. Amílcar de Esporcedro, poeta de la corte de Luis XIII, pasó a la posteridad cuando escribió, tierno y sensual, refiriéndose a la controvertida ventosidad. "Entre dos paredes blandas sale un títere, y canta", descripción bella, producto, sin duda, de una observación cercana. Pero, ¿por qué el agravio, por qué el desmedro hacia un acto natural y entendible para todo aquel que entiende el aparato digestivo? Hay algunas teorías que, si bien no convencen del todo, acercan una explicación más o menos lógica. "La flatulencia -aporta la psicóloga Ernestina Fay- nos sume, generalmente, en la vergüenza y la humillación. Por fortuna aún no hay un examen de ADN que pruebe, inequívocamente que tales sones y aromas pertenecen a tales personas, transformando a sospechosos en culpables". No es equivalente la satisfacción física con la repulsa del entorno. Fue Emmanuel Carit, fisiatra y ambientalista alemán del siglo XVIII, quien acuñó la frase "Más vale perder un buen amigo que perder un buen pedo". Pero el consejo, lanzado en épocas en que el meteorito socavaba el Primer Reich, perdió vigencia con los años, cuando creció el concepto de amistad y la perfumería fue eliminando aromas amargos. "Amargo como pedo de perro", dice el criollo cuando rememora momentos difíciles.
Hoy por hoy solo a los ancianos parece permitírseles el desliz, cuando al reclinarse sugestivo de su torso, se admite "se alivió el abuelo".
El mismo Ernesto Sábato describe con pluma elocuente el incómodo momento cuando entre los pasajeros de un ascensor empieza a infiltrarse "el olor insidioso de un pedo silencioso". El mundo de los sonidos se enriquece con el gas orgánico. "Un pedo -escribe el dramaturgo venezolano Jourdan Aviba- estalló en la noche con el sonido prolongado de una tela que se desgarra". También el ámbito de las sensaciones. "Ese extremo derecho -califica el cronista deportivo- es un pedo líquido"-haciendo una referencia de respeto y de temor hacia la especie más temida entre las flatulencias, la acuosa, la traicionera, la instantánea, la fulmínea incontenible. "El chijete", como la definió Einstein. El fútbol también acuñó otros aciertos. Un remate débil será "un pedo de vieja" y un fuera de juego dudoso será "finito, como pedo de oveja".
"En la época victoriana -ilustra Ferdinand Ojostrosa, astrónomo y físico culturista paraguayo- la ventosidad gástrica era confundida con el ectoplasma. Se suponía que era el hálito vital que se desprendía del cuerpo al sobrevenir la muerte". De allí, talvez la conclusión vulgar al referirse al deceso de alguien. "Cagó fuego", se dice. Es notable, señores, pese a la irrebatible riqueza verbal, literaria e intelectual que ha aportado el pedo, sigue siendo discriminado y mal visto. "Es más digno sangrar que desgraciarse" nos ha dicho, dolido, Majaraishi IV en su libro ¿Qué fue eso? El sistema, tan flexible con otros temas, parece inflexible con este. Carl Fleming, joven dibujante de cómics estadounidense, creó un superhéroe que volaba a velocidades supersónicas pulsado por sus propias flatulencias. Flats Cooper se llamaba, y su vigencia fue corta. Pero ahora un tema inquietante amenaza la existencia misma de la humanidad y aparece como clara revancha de esta práctica tan antigua y natural como vilipendiada. Científicos de todo el mundo coinciden en que las ventosidades despedidas por miles de vacas en todo el planeta debilitan la capa de ozono poniendo en riesgo nuestra existencia. Tal vez sea el momento de abandonar la hipocresía y admitir la resonancia de una palabra de cuatro letras y miles de implicancias.

Soplo dorsal.
Suspiro de la retaguardia.

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