Lo que define al Canis familiaris es el oportunismo, el saltarle a la mano desprevenida que descuida la salchicha, el saberse la maña irrepetible. Cada vez que le imprime su naturaleza incontenible a los procesos, decimos que se ha cometido “una perrada”. El perro ama encontrar el resquicio, el cabo suelto, el error y por ese lado empujará su cuerpo: si la norma dice que todos los propietarios de automóvil de cuatro puertas pagarán impuesto, demos por caso, el perro le desinstala una puerta al suyo y evita la gabela. Si hay que hacer una fila, el perro buscará la manera de que a él lo pasen en camilla por la puerta principal. Sabe engañar de suaves maneras, ganar con astucia. No guarda fidelidad alguna; donde está el hueso está su cama, no tiene sujeción por nada, ni dignidad al ser insultado. El Diccionario de la Real Academia Española define el término ‘jesuita’ como “hipócrita o taimado”; es el perro en todo el sentido de la palabra. Tal vez por esto los competidores de la Compañía de Jesús se autodenominaron los Dominicanos, literalmente ‘canes del señor’.

La principal posesión del perro, tenga o no tenga nada más, es un deseo irrefrenable de apareamiento, tal como le pasó al actor Robinson Díaz, que terminó correteando a una hembra de apellido Corrales. Se le observará solitario y monogonádico a la vera de la carretera, obstinado con la lengua colgante. Pero no es esto más que un efecto colateral de la naturaleza del perro, su astucia para procurarse bocados apetitosos por medio del engaño. Las hembras lo saben y aunque no se oponen a sus cópulas, acusarán al perro de haberlas hecho felices sin que ellas lo desearan y que, como el proctólogo, no volvió a llamar. En caso de persistir en dicha actitud, con el tiempo estas hembras devendrán gallinas.

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