Mientras mis amigos se relamían de la envidia, confieso que yo sudaba. En el fondo, sabía que solo había un plan mejor que ir a Tokio: no ir. Es decir: quedarme en la casa, ver fútbol, vivir mi vida. De modo que mientras algunos celebraban mi buena suerte, yo me imaginé la situación: me imaginé un viaje de quince horas mal dormidas, en un avión estrecho, que además hacía varias escalas, para llegar a un destino en el cual uno debe someterse a una agenda ansiosa que incluye conocer una fábrica, comer de afán platos típicos, visitar desde un pullman monumentos y museos, todo para regresar al día siguiente con rebote, churrias, desasosiego y una confusión generalizada que impide que uno reconozca cuánto tiempo anduvo fuera. Esto en caso de que el viaje dure poco, lo cual, a pesar de todo, es el mejor de los eventos. Porque si además es un paseo de larga duración, a todo lo anterior hay que sumarle el extraño reality de convivencia en que todo se convierte al poco tiempo: se arman bandos entre la gente del grupo, uno odia en secreto a alguien, arma amistades que no sobreviven al regreso y se deja llevar por una extraña degradación erótica por culpa de la cual, a los tres días, uno cree que Amparo Pérez o Amparo Peláez, que son las típicas periodistas que gorrean este tipo de viajes, son idénticas a Amparo Grisales.

Creo que, desde este momento, he conseguido la madurez de decir a las claras que detesto viajar. No es fácil confesarlo ante tanta presión para que uno acumule millas, engorde el álbum de fotos, se las tire de hombre de mundo. Y esa madurez de hoy me hizo falta en su momento para negarme a ir al tour familiar que alguna vez hicimos por Europa.

Aquella vez fui un turista de bermudas y canguro al que un guía arreaba como vaca junto a varias familias, y me dejé llevar, en un cabestro desbocado, por París, Bruselas, Milán, Roma, Barcelona y Madrid, todo en menos de tres días; en cada ciudad me subieron al segundo piso de un bus descapotado en el que el guía explicaba desde un megáfono, con un afán angustioso y unos chistes de libreto dichos sin entusiasmo, los sitios históricos por los que íbamos pasando. En el museo de turno nos daban media hora para abrirnos paso a codazo limpio con cuanto japonés con cámara se atravesara; nos obligaban a desayunar temprano para emprender de nuevo el camino por los monumentos; a ratos nos soltaban una tarde para hacer compras. Y al final nunca supe dónde estuve, ni para qué, ni con quiénes, porque estos tours están hechos para que uno pase por los sitios, pero no para que los sitios pasen por uno y se queden en la memoria.

Hay un montón de modelos que sueñan con ir a Tailandia, por ejemplo; yo, en cambio, cuando estoy deprimido pienso que por lo menos no estoy en Tailandia; tampoco en la India, típico destino que está de moda entre la gente fashion y que a mí me parece terrible: siempre he creído que la India debe ser idéntica a Girardot, pero con más pobres. Puro subdesarrollo y calor. Y el agravante de que uno pueda encontrarse con Santiago Rojas o Felipe Santos preguntando por Sai Baba.

Me gusta viajar pero no conocer. Me gusta ir a sitios que ya conozco, en los que sé qué comer y dónde, y en los que paso rico: ir a  Argentina, por ejemplo, o a la sala de mi casa, y consumar día a día el placer negativo de no estar en la China: lugar apasionante en el que no se me ha perdido nada, en donde no conozco a nadie, de donde no es ninguno de mis amigos, y el cual di por visto tras un documental que pasaron por Discovery hace algunos días.

A estas alturas ya sé que la felicidad es repetir los placeres que ya encontré en lugar de entregarme a la búsqueda de unos nuevos. Me ahorraré la angustia de ir a Tokio, comprar artesanías, tomarme fotos. Ya la vida me obligará a ir a Disney y demás estropicios. Pero hoy, en este día, en este mes, al menos celebro la dicha de quedarme en la casa sin organizar el neceser con pastillas de Lomotil, y con la tranquila satisfacción de saber que los japoneses tampoco se pierden de mucho si no voy.

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