No hacía mucho había empezado el bautismo, cuando llegó el primo Alfredo, el mayor, el hijo de mi tía Inés, al apartamento, bastante agitado por la subida a pie de los 12 pisos. Toda la familia se puso de pie, porque comprendió la fobia que le tenía a los ascensores cuando, según cuenta el primo Augusto, por allá en los años sesenta y pucho, Alfredo se recostó en la puerta de esos viejos elevadores de reja y se le quedó la cabeza atrapada entre la verja y el piso. Jamás se pudo recuperar, sobre todo cuando la tía debía peinarlo con una extraña carrera que le salía casi desde la nuca hasta la coronilla para taparle la cicatriz que le quedó. Pudo haber sido peor, de lo contrario habría vivido el resto de su vida decapitado.
Gracias a su peinado se ganó el remoquete de ‘Bisoñé‘ Rojas en el colegio y hasta en la casa paterna, cuando lo llamaban para bajar a comer. Y esa era la otra.
Alfredo jamás pudo sucumbir ante la delicia del arroz con pollo que preparaba la tía Inés porque, al parecer, el obstetra le recomendó a la tía alimentarlo los primeros meses con una melcochuda fécula de arroz a lo que el primo Alfredo respondió con un inmundo salpullido color amarillo de centro rojo por las arrugas del cuello y la quijada. Creo que a este extraño fenómeno se debe que jamás hubiera conocido una mujer, y lo que es peor, que debido a su grado de desesperación por eliminar la alergia, se espichara los granitos, causándose de por vida ese barro gigante debajo del labio. Al menos eso le valió para no prestar el servicio militar a finales de los ochenta, y quien sabe, haber podido perecer combatiendo a la guerrilla.
Con la familia tranquila, Alfredo decidió estudiar zootecnia en La Nacional, pues era amante de los animales. Allí empezó su prontuario. Un día saliendo de clase y procurando esquivar las piedras y los gases policíacos que caracterizan a la ‘Nacho‘, el primo tropezó con un coctel molotov que le cayó al pie y al que esquivó pegándole un patadón. Fue arrestado 18 horas porque el coctel estalló sobre un grupo antimotines. El primo no huyó. Enfrentó el problema valientemente a pesar de la represión policiva que lo dejó cojo de la pierna izquierda para siempre.
Procurando no ir a clases los día de pedrea, el primo se graduó con honores y se especializó en los Estados Unidos, trabajando en un hato experimental de vacas tejanas. Ganaba bien y se dejó crecer el pelo, lo cual fue una bendición para tapar su cicatriz. No todo podía ser alegría. Un día, haciendo una palpación a un ejemplar vacuno, fue embestido por la pareja del animal, lo que le causó una cornada cerca al hígado. Fue conducido a la sede del hato, donde se debía operar con instrumentación veterinaria. El primo confío en sus compañeros. Sobrevivió, aunque debió seguir el resto de su vida con un guante de palpación cosido a su vesícula biliar y reposar entre comidas, pues de lo contrario tiene vómitos desaforados.
Cuando volvió al país, su especialización con las vacas tejanas no fue homologada por el Icfes ya que las vacas colombianas son Holstein, así que decidió montar una pequeña veterinaria en el barrio que bautizó ‘Popoces Pet‘. A él le sonaba tierno. Nosotros en más de una reunión familiar le advertimos que lo mejor era ponerle ‘Mundonimal‘, ‘Garritas‘ o ‘Can emergency‘, pero como no hizo caso, una tutela le desbarató su local por ir "en contra de la asepsia y desarrollo del buen nombre de las mascotas".
Para poder pagar unas jaulas de hamster que debía, decidió hacer un rifa entre familiares y conocidos. El premio era una docena de bailarinas con ojos saltones y gordas como un bagre. Todos compramos boleta sin necesidad de ir por el premio... gordo. Alfredo recogió la plata feliz y la metió en su cuenta de la Caja Agraria en Chucuquitá. A los dos meses, el pueblo fue atacado por la guerrilla, quemada la alcaldía y desocupado el banco.
Fue allí cuando empezó a vivir de la caridad de la familia hasta hoy. Para él siempre habrá unas presitas de pollo para que lleve a su cuarto en la casa de la tía Inés; una tajadita de ‘brazo de reina‘ para que desayune con cafecito o una tortilla de papa para que merendee mientras completa crucigramas y se fuma un paquete de pielroja oyendo esa emisora de música estilizada, en un radio que compró en sus épocas de gloria en los Estados Unidos.
Lo saludamos con afecto, pero procuramos no salir con él, llevarlo en el carro, sentarnos al lado, compartir el baño en un paseo o realizar un vuelo internacional. Siempre lo hemos tenido como alguien especial. Sí. Es un poco de malas pero qué va, a cualquiera le puede pasar. Por lo menos ya nadie le dice el ‘Bisoñé‘ Rojas... Ya nadie le dice así desde que Camilita, la pequeña de la familia, lo saludó un día gritándole desde el patio ¿Primo, primo! ¿Por qué mi mami dice que cargas un bulto de sal?

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