A metros, les diré. A metros de esos hombres que tienen una relación casi umbilical con sus mamitas, aunque si lo digo es porque he sido incapaz de alejarme de ellos. Por eso no puedo dejar de advertirles el peligro que resulta ser pareja de un tipo que, no siendo suficiente con llevar a lavar la ropa a casa de su mamá, habla día y noche con ella durante la semana y condena su fin de semana, y el de uno, a visitarla porque pobrecita. Nada de malo hay en que un ser humano, hombre o mujer, sea familiar y quiera pasar tiempo con su manada de nacimiento. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Para la muestra, este pequeño relato que pobremente narra el infierno de compartir la cama con alguien que bien podría levantarse a medianoche llamando a su progenitora y que nos pone a competir de una manera muy desleal con esa mujer diez que les dio su pecho como alimento.

Todo comenzó cuando fui a conocer a mi nueva suegra, luego de un par de meses de noviazgo y convivencia. Se equivocan las mujeres que creen que una mala suegra es esa que las detesta. El riesgo más grave que se corre con estas mujeres que no han destetado a sus hijos es caerles bien y que quieran que uno haga parte de esa relación enfermiza que tienen con sus hijos. Mi suegra me adoró y yo, muy ingenua salí feliz de su casa. Recuerdo, claro, cierto tic nervioso que me dio en el pómulo, muy cerca del ojo derecho, cuando me soltó una retahíla de lo compenetrados que estaban ella y su hijo, de cómo ella sentía lo que él sentía incluso estando lejos. "Además somos igualitos", concluyó.

Pero la cosa no se reduce a las visitas preagendadas de todos los fines de semana. La cosa se traslada al primer escenario en el que sale a flote el complejo de Edipo: la cocina. Nunca permitan que sus parejas les contesten con frases como "Mi mamá dice que las copas no se ponen bocabajo después de lavarlas" o "los patacones tienen que fritarse así o asá". Todos tenemos un hogar en el que nos enseñaron ciertas cosas a las que estamos acostumbrados, pero no por eso hay que citar a las mamás en todas las labores. En la casa de una pareja se compra el jabón que ambos convienen en comprar, y no el que la suegra dictamine. Y el problema no es de ellas. En eso también nos hemos equivocado durante siglos: no son las suegras lo que incomoda. Son sus hijos, siempre dependientes y metiéndolas a ellas en todo.

Nueve de la mañana del siguiente domingo. Timbra el teléfono de la casa y nos despertamos. No contestamos. La persona que llama no deja mensaje. Antes de que deje de oírse el tono de ocupado por el altoparlante del contestador, suena el celular de mi novio, quien hace caso omiso la primera vez. Prende el televisor y nos ponemos a ver un partido de fútbol. Liga inglesa. Su celular suena por segunda vez. Él mira la pantalla en la cual titila la palabra mamá y oprime una tecla para silenciarlo. Seguimos viendo el partido. A los dos minutos suena mi celular. Como no tengo grabado el teléfono de mi suegra, contesto sin saber de quién se trata. Es ella. No nos invita a almorzar. Simplemente me notifica cuál será el menú y pregunta a qué horas llegamos. Yo, algo desprevenida, digo que a la una y colgamos. Una hora más tarde, vuelve a sonar el teléfono de la casa. Esta vez sí deja mensaje. "Hola, mi amor, es tu mamá. Ya le dije a Margarita que hay posta negra de almuerzo. Díganme a qué horas vienen". Creí ser más que clara cuando dije que a la una. Son las diez de la mañana y, en la módica suma de sesenta minutos, mi suegra ha llamado cinco veces. Multipliquen esta escena por los fines de semana que contenga un año y díganme si no es insufrible.

Pero como uno no aprende y en esa casa cocinan delicioso, llegamos a almorzar no sin antes recibir unas tres llamadas más de las que no soy partícipe, pues ya mi novio se apersonó de esa inclinación de su madre resumible en el jingle de esa empresa de telefonía en la que una mano canta: si vas por la carretera y oyes un ring ring, ten la seguridad que se trata de mí. Cuando nos vamos a ir hace cara de "no se vayan todavía". Nos quedamos un rato y veo a mi hombre en el lecho materno, arrunchado en el regazo de su madre, que le consiente la cabeza mientras conversamos de cualquier cosa. Me enternece, me gusta que sea tan familiar. Recuerdo las palabras de mi propia madre: "Si es buen hijo, será buen padre". Oración llena de negaciones: no sé por qué no se me ocurrió que no estoy buscando un padre para mis hijos, sino un novio. Uno que no tenga a su mamá dando la lora que deberíamos dar las novias y que no me delegue a mí el rol de madrastra.

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