Como toda tesis social, ésta parte de una premisa: todos tenemos un tío lobo. Uno que no es como los otros, que es diferente. Uno que todos negamos con vehemencia. Que escondemos. ¡Sálgase de aquí tío!, se oye en los almuerzos familiares.
Esta resistencia hacia los tíos lobos se genera por diversas razones. Por ser tío y por ser lobo son las principales. Por fracasado y desafortunado. Carecer de gusto y de humor se suman también. Que cuando camine descalzo se pegue en el dedo meñique con las patas de la cama, contribuye. Que tenga un amigo de nombre Édgar al que llama Exsgar o que físicamente le sea imposible no decir "concecto", son razones de peso.
Hablemos con claridad, los tíos lobos son un engendro extraño. Baste recordar el bautizo aquel donde hubo que lidiarle la borrachera. Baste rememorar la Primera Comunión donde le dio la lloradera. Baste traer a colación que con traguitos se vuelve melosito. Pegajoso, por decir lo menos. ¡Desesperante!, por no ir más allá.
Un tío lobo podría definirse como una cosa que pasa al lado de sus sobrinos gritando animoso: "¡Juventudes!". Que torpemente remeda los pasos de los últimos bailes de moda. Y que le pregunta a su sobrina: ¿Cómo baila Shakira?
Se ha especulado diciendo que los tío lobos son burócratas, simplemente porque se dirigen a todos por su cargo familiar: "Primo, que el cuñado lo necesita para que ayude a su tía con mi sobrino que se orinó". Sí, son así. Para sus sobrinos en su edad temprana o en su edad adulta, o cualquiera que sea su edad, el tío lobo es engorroso. Un pereque. Porque desde que nacen lo están viendo caer. Y repitiendo su doble coro en la canción del happy birthday y volviendo a regalar planchas en el Día de la Madre.
Pero, ¿dónde se realiza un tío lobo? En las piscinas. Los tíos lobos son hombres de agua. Es su entorno ideal. Se magnifican y suelen ejecutar la más sublime de sus piruetas: el clavado. Se lanzan al agua con las palmas de las manos y aterrizan de barriga y engullen agua y juran con su vida que no se golpearon al caer. Por honor, un tío lobo nunca reconoce sus errores delante de sus sobrinos. Esos son los rasgos de su especie. Y al salir de la alberca saltan en uno de sus pies, mientras se aplican golpes en la cabeza para destaparse los oídos.
Los tíos lobos tratan de hacer amistad con sus sobrinos compartiendo las enseñanzas que la vida les ha dejado: "Si están acalorados eviten el frío porque se tuercen", "no se metan al agua después de comer porque se les cae el estómago", "si se cortan, échense café". Con autoridad médica, recomiendan para el cuidado de la piel enterrarse en la arena de la cancha de voleiplaya del club.
Todas estas pequeñas cosas molestan, irritan. Y hacen que a veces los hermanos de papá incomoden. Como cuando lanzan balonazos contra el abuelo cuadrapléjico. O cuando cortan involuntariamente a sus sobrinas con las uñas de los pies. O cuando hacen caer a la abuelita como resultado de sus chanzas, ignorando que las abuelas siempre que se caen se parten la cabeza del fémur, se les sube el azúcar, se les baja la tensión y no las atienden en el Seguro Social.
¿Viaja el tío lobo? Sí. Viaja cuando se gana un tiquete en un concurso radial. O cuando se lo regala la mamá. En ningún otro caso. Y viaja con su traje más elegante. Y al aeropuerto no va solo, lo respalda la mamá, la hermana, la concuñada, el nuero, Exsgar y el vecino del 302. Y aborda el avión con tres maletas de mano y una bolsa de Dunkin Dounts. Algunos califican a su tío lobo como desastroso, solamente porque paga el "inesperado" impuesto de salida con dólares. O porque llora como un niño al despedirse de su madre. O porque siempre viaja con la utópica intención de quedarse, casarse, hacerse a una beca, a un trabajo, a un negocio millonario o a un casting en Hollywood. ¿Por qué? Porque los tíos lobos creen que Hollywood está en Miami. En un avión, sorprende cómo los tíos lobos se repiten así mismos: no adivinan cómo se reclina el asiento. Conectan sus audífonos, pero sintonizan el canal de música mientras ven la película de turno. No piden una cobija porque les da pena. O la piden, se la roban. Así son ellos.
¿Cómo ve un extranjero a un tío lobo? Mal, muy mal. Con desconfianza. Lo requisan en todos los aeropuertos del mundo por una simple razón: todo lo expuesto anteriormente. Y le quitan los mamoncillos, los achiras, la cremita C de Ponds y los Veleños. Incluso, lo requisan en el terminal de buses. Ese es su destino. Para muchos sobrinos, el tío lobo es vergonzante. Se ha proyectado una hipótesis para explicarlo: porque aborda el avión de regreso con la ropa nueva que compró en JC Penny, mastica chicle como mambeando coca y, durante el trayecto, carga a dos manos un oso de felpa de dos metros de altura que ganó en algún parque de diversiones.
Las siguientes son reacciones del tío lobo que, al parecer, no son de buen recibo por parte de los sobrinos: cuando le presentan a alguien dice: "Muchas gracias, muy formal". Cuando advierte un daño en el motor de su carro dice: "Se creció el enano". Cuando termina la cena, pregunta: "¿Quedó peguita?". Cuando ve un partido no teme decir: "...ese delantero no le hace gol ni al hijo de Limbergh". Y cuando le hacen una pregunta de cultura general se despacha con un: "Lo que te diga es mentiras".
De cualquier modo, si alguien quisiera extinguirlos, se ha establecido que el domingo es el día propicio para reconocer a estos mamíferos: i) sólo leen la sección deportiva del periódico y no les hace gracia Quino; ii) visten una sudadera gris ratón, medias amarillo ocre y zapatos de charol marrón; iii) lavan el carro, asisten a la iglesia y de regreso compran unas pilas Eveready y una bolsa de leche.
Las anteriores son algunas causas que han ocasionado esa ligera tendencia a negar a los tíos lobos. Sin embargo, todo puede ser solo una especulación.

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