En mi dictadura habrá ‘pico y placa’ de personas. Quiero decir —para aquellos lectores de allá que aún no sepan de qué hablamos aquí cuando hablamos de ‘pico y placa’— que el día en que por fin se instale mi dictadura, con el objeto de evitar las turbas, las muchedumbres, los enjambres, los hormigueros, las aglomeraciones, usted solamente podrá salir de su casa tres días de la semana. Si el mundo estuviera medio vacío, sería un estupendo lugar para vivir. Si no hubiera tanta gente en la calle, sería menos fácil robar, mirar feo, perderse la ciudad mientras se pasa por ahí. Ese será nuestro criterio. Al principio, lo haremos por el último número de la cédula: del 0 al 9. Y, de seguir reproduciéndose el personal, empezaremos a llevarlo a cabo por señas particulares: los hombres que no hayan cedido a la calvicie hacia los 40 años —infames— no podrán salir los lunes, los jueves y los sábados; los que sigan siendo flacos cuando ya no se use deberán permanecer en casa los martes, los viernes y los domingos; y los altos, muy altos, que a punta de estatura vayan en contra de la naturaleza criolla y enrostren sus falencias a la raza colombiana, se verán forzados a quedarse quietos los miércoles y los fines de semana. Y así.

Como esto tiende a empeorar, y si no, miren ustedes mismos cómo ahora la gente se mete al ascensor antes de que uno salga, se estudiará la posibilidad —ojo: no estoy diciendo que sea un hecho, sino que “se estudiará” la opción— de que un día no salgan a la calle los hombres y al día siguiente no salgan las mujeres.

Caeremos en los saludables lugares comunes de cualquier dictadura: cerraremos un Congreso repleto de merlanos, ganaremos el mundial de fútbol, seremos elegidos popularmente hasta el cansancio, de tanto en tanto habrá toques de queda, haremos obras y obras y obras, pondremos una red de trenes del siglo XXII que conecte a todo el país de tal manera que ni un paisa, ni un costeño, ni un valluno, ni un guajiro, ni un cachaco vuelva a sonarnos exótico. Pero también tomaremos novedosas decisiones arbitrarias.
Por el desprestigiado concepto de “traición a la patria”, en mi dictadura se castigará —según la gravedad del asunto, con diez canciones seguidas de música llanera que comiencen “señores voy a contarles…”, o diez horas seguidas de humor de Suso el Paspi— a los siguientes individuos: taxistas que pregunten “¿para dónde va?" en la cara de los pobres esperanzados que los detengan; jóvenes yuppies que hablen por teléfono con el “manos libres” por las calles más neoyorquinas que se consigan en las ciudades de acá; celebridades de las redes sociales —los malévolos, los envalentonados, los pequeños mezquinos de Twitter, por ejemplo— que no se encuentren a la altura de las expectativas en la penosa vida real; burócratas sabelotodo que respondan: “Yo no sé: no creo que se pueda” siempre que alguien les proponga alguna cosa que los obligue a trabajar; enfermeras que, en el momento de poner una inyección, tengan el cuero para decirles a los niños la frase de consolación: “Bien fuerte para el papito”; adultos contemporáneos que en las noches de brujas no solo se disfracen de cualquier “superamigo”, sino que canten “quiero paz, quiero amor, quiero dulces, por favor”; gente que conteste el teléfono en cine; motivadores cargados de frases agringadas que inviten a su público a creer en Colombia; supuestas estrellas que se asomen en las satinadas páginas de sociales siempre que uno se pregunte qué sería de sus vidas; machistas; corruptos; prevaricadores; calumniadores; fans de Julio Iglesias.

En mi dictadura no habrá elección popular de alcaldes de ciudades, sino elección a dedo de alcaldes de localidades: lo único viable en el mundo es un barrio. Legalizaremos la droga. Dejaremos que se mate todo aquel que quiera matarse. Se hará una jornada de desagravio para el llamado gusto traqueto porque no podemos seguir dándole la espalda a un país mucho más grande que “el país”. El lema de Colombia será: “Entre gustos no hay disgustos”. Y serán indultados Naren Daryanani y Tania Robledo, las estrellas apagadas de la descontinuada Padres e hijos, tras cometer el delito triste de haberse inventado que eran novios para volver a salir en las revistas. Habrá todos los canales privados que sean posibles, y todos serán obligados a sostener hasta el final, y en el mismo horario del principio, los programas que pongan al aire. Y, como a fin de cuentas es una dictadura, en un par darán todo el día las películas de (en orden de favoritismo) Alfred Hitchcock, Sergio Leone, Woody Allen, Martin Scorsese, Steven Spielberg, Billy Wilder, Mike Nichols, Sidney Lumet, Mel Brooks y François Truffaut. El cine será gratis. Al menos para mí.

Cambiaremos el farragoso himno por cualquier cosa: El viejo hospital de los muñecos, El camino de la vida, Djobi Djoba. Pondremos de escudo al Divino Niño. Y, de mascota, al olvidado minerito Colmena. Hablaremos en tercera persona. Hablaremos en plural. Tendremos, por decreto, el mejor castellano del mundo. Prohibiremos ahora sí el asesinato. Pero seremos políticamente incorrectos.

Desterraremos, por astutos, a los bigotudos miembros de la actual federación del fútbol colombiano. Daremos a José Pékerman, en cambio, un ministerio. Mandaremos al Santa Fe a la B con el América de Cali. Pavimentaremos el río Magdalena. Y, aprovechando el revés del clima, volveremos la bogotanísima carrera séptima un corredor navegable. No nos amilanarán las críticas ni los derechos humanos, no. No retrocederemos nunca ni nos rendiremos jamás. Privilegiaremos los ataques de risa. Y moriremos de pie sirviéndole a esta bella patria de gordos, calvos y bajitos.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.