Era el primer sábado de abril de 2008: cómo pasa el tiempo. Y yo no podía escaparme del teatro, porque en ese entonces mi trabajo era, precisamente, quedarme hasta el final. Sea el momento de reconocerle a un gran amigo del colegio, a quien llamaré CM por razones de seguridad, que se haya quedado conmigo hasta el final de la proyección. Los desertores nos miraban raro antes de cruzar la puerta de salida. Y él, haciéndose el crítico, señalaba con seriedad y con convicción a la pantalla.

Conozco a CM desde que tengo 5 años. Pero haber visto juntos Entre sábanas nos unió, no cabe duda, como unen esos “peores traumas” que solo nos entienden las personas con las que los vivimos: Entre sábanas es nuestro Vietnam. Siempre que nos vemos, después de despejar los temas de rigor que van y vienen entre cualquier dúo de amigos (cómo va la vida, cómo pasa el tiempo), a alguno de los dos se le aguan los ojos y siente frío y miedo y se estremece de nuevo, como aquella vez, cuando se da cuenta de que ya es el momento de hablar de cómo en el largometraje de Nieto Roa esa mujer y ese “marlonmoreno” bailotean en una luminosa discoteca ochentera, entran a tropezones y a besos de película a la gigantesca habitación de un motel campestre, llevan a cabo una coreografía un poco más eroticona que erótica —habría que decir: “se trenzan” — que más temprano que tarde deviene en sexo (y piensa uno de pronto en Cóncavo y convexo de Roberto Carlos), y ahí mismo hablan de los hombres y de las mujeres y de cómo los unos y las otras deben estar siempre preparados para el apareamiento y discuten sobre los azares de las erecciones y los tiempos que corren, y entonces, como dicen en la televisión, “hacen el amor”, y después pelean, y se reconcilian, y se dejan llevar por la pasión, y se confiesan, y así, y al final se despiden como dos buenos amigos que han estado aceitados y desnudos en un set de filmación durante quién sabe cuántos días, y caen los créditos, y uno piensa “cómo pasa el tiempo”.

Es CM quien suele recordar, verso a verso, la canción fundamental de la banda sonora: “Tú cuerpo desnudo…”. Soy yo el que cita la escena cumbre: cuando él le pregunta a ella, súbitamente convertida en su señora por y gracia de la magia del cine, “mi amor: ¿suchicito

” (y brotan como un manantial las notas de una melodía japonesa y se visten con kimonos, y así). Cualquiera de los dos deja constancia de que las llamas de la chimenea de ese motel de fábula se encienden o se apagan según la pasión que los dos personajes estén padeciendo. Cualquiera de los dos carraspea nerviosamente y confiesa que el otro día, pasando canales, se quedó enganchado durante una media hora a Entre sábanas. Y aquel que oye la confesión le pone al otro la mano en el hombro y le dice: “Yo sé”.

Yo reseñé Entre sábanas en su momento: una estrella. Y fui serio en ese entonces: “Los largometrajes de Nieto Roa han cruzado la sensibilidad mexicana con la colombiana, han reivindicado el drama de ‘los olvidados’ y se han reído de la picardía de los personajes de la región con un desparpajo que resulta contagioso, pero en Entre sábanas no hay nada de eso”, escribí. No me alcanzó el espacio para decir que la película era una reinterpretación —por decirlo con algún eufemismo— de la chilena En la cama (2005), que el director hizo una versión brasilera, un poco menos extraña, titulada Entre Lençóis (2008), y que la idea detrás del largometraje no era una mala idea, pero sí alcancé a transmitir que Nieto Roa nos ha dado uno que otro trauma (el Gordo Benjumea, maravilloso, baila enmariguanado y en tutú en una escena inesperada de El inmigrante latino), pero que como un futbolista de la infancia también nos ha dado muchas alegrías.

Están, todas, en YouTube. Él mismo las subió a su propio canal: Centauromovies. No estoy siendo irónico, lo juro (ya quisiera yo haberme inventado El taxista millonario), si les pido que se pasen por ahí.

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