-Ese no es el problema, Ernesto.Ese no es el
problema.
-¿Cómo que no es el problema? ¡La encontré con otro! Llegué a casa y la encontré debajo de otro. ¡Ni siquiera debajo! Arriba estaba, Julio, arriba. ¡A mí me tuvo veinte años con la posición del misionero! Y llego a casa y la encuentro arriba de otro tipo. Arriba, Julio, arriba. Con la luz prendida, Julio, con la luz prendida. ¡Yo para verla desnuda tenía que espiar por la cerradura del baño! ¡Y vos me decís que ese no es el problema!
-No es el problema, Ernesto, te repito, ese no es el problema. Si en un matrimonio hay amor, si hay comprensión, se puede superar todo. La infidelidad es una prueba más. Mirame a mí con Gladys. Se puede superar. Hasta me parece un error llamarlo ‘infidelidad‘.
-El tipo se llamaba Arturo. Infidelidad es lo que estaban haciendo en mi cama los hijos de puta.
-Pero, Ernesto, ¿vos te ponés en el lugar de ella?
-¿No te digo que tenía al tipo arriba? ¿Dónde
carajo me iba a poner?
-No entendés, Ernesto. El problema no es ese. La pregunta es: ¿qué cosas pasaban antes en la pareja? ¿Qué cosas seguirán pasando? Esta situación es una anécdota. ¿Pero qué estaba pasando entre ustedes?
-Yo la notaba medio rara. Me pedía plata. Cada vez me pedía más plata. Me decía que yo no trabajaba lo suficiente. Que trabajara más y le trajera más plata.
-Una demanda afectiva, Ernesto, una demanda afectiva.
-En efectivo, sí, una demanda en efectivo. Ni cheques quería. Si la acariciaba me decía: "No seas pesado". De noche me revisaba los bolsillos para ver si me había quedado con algo. Alguna moneda.
-¡Entonces faltaba confianza en la pareja, Ernesto! A mí también me pasó eso con Gladys. Pero yo lo superé, Ernesto, lo superé. ¡Una crisis de confianza que simplemente fue superada! Cuando hay amor, ni la infidelidad ni la
falta de confianza son una traba.
-Ella quería la plata para mantener al tipo. Tres meses estuvo pasando la plata de mi bolsillo al bolsillo del tipo. Porque ese hijo de puta no trabajaba, y mi mujer lo mantenía con mi plata.
-Ahí tenés, Ernesto, ahí tenés tu error. Vos pensás que el problema es que tu mujer te hacía laburar como un negro y además se acostaba con él. ¡Y ese no es el problema, Ernesto! ¿Te pensás que yo con Gladys no pasé cosas como esa? ¡Y miranos ahora! ¡Un matrimonio perfecto! Porque yo me di cuenta de que la pareja era más importante que la anécdota. Que se acueste con un tipo o no, que lo mantenga o no, eso es una anécdota. Lo importante es poder hablarlo. Que ella te pueda comentar qué le pasaba, cómo se sentía, qué etapa de su vida estaba atravesando. Mantener el vínculo, Ernesto, mantener el vínculo. Romper una matrimonio por una tontería como esta es una antigüedad.
-Pero, Julio, cuando entro a la pieza, de casualidad, Julio, de pura casualidad, porque salí del laburo antes, el tipo, este Arturo, que estaba arriba de mi mujer, abajo, quiero decir, se da vuelta, me mira, hace como que me saluda con la cabeza, la mira a mi mujer, a Estela, Julio, mi mujer, la mira y le dice: "¿Así que este es el boludo de tu marido?".
-¿Pero vos hablaste con ella, Ernesto? Porque estas cosas no vienen de la nada. Estas cosas son anécdotas, no son ‘el problema‘. ¿Vos le pediste que te contara qué le pasaba?
-No hizo falta, Julio, ella habló igual. Me dijo: "Esperame un rato, Ernesto. Ahora estoy ocupada. Después hablamos".
-Bueno, intentó dialogar, Ernesto, intentó dialogar. Eso nos salvó a mí y a Gladys. El diálogo, la mutua comprensión. El no portarse como chicos. Porque yo me imagino, llegás a tu casa, ves a tu mujer debajo de otro tipo.
-Arriba, Julio, eso fue lo peor. Arriba.
-Bueno, arriba. ¿Ves que te quedás en la chiquitez, en la anécdota? Bueno, sigo. Vos llegás a tu casa, la ves encima de otro, te acomete la ira, la furia. como a los chicos. Pero nosotros no somos chicos. Somos adultos responsables. Nosotros sabemos dialogar. Apartarnos de la situación para analizarla con frialdad. No quedarnos en la chiquitez de si nuestra esposa está circunstancialmente, coyunturalmente, esporádicamente, con otro tipo. ¿Qué diferencia hay si en un momento determinado la penetrás vos o la penetra otro tipo? Ese no es el problema.
-Bueno, yo sí siento la diferencia.
-¿Y ella?
-¡Pero qué carajo me estás preguntando, Julio!
-Ahí tenés. La ira. La furia. Eso no, Ernesto, eso no. Te portás como un animal macho. Como un chimpancé al que le han robado la hembra. Como un eslabón perdido. ¿Estela es tu propiedad privada? ¿Es tu posesión?
-No, mi propiedad privada no me traiciona. Mi auto no se va con otro. Mi departamento tampoco.
-Ahí tenés, Ernesto, vos querías poseerla, como se posee a un auto o a un departamento.
-No, Ernesto, cuando éramos novios lo hicimos en el auto, y después ya ni siquiera en el departamento. Yo quería poseerla sin que tuviera otro tipo encima, o abajo. Nada más. Estela tuvo toda la autonomía y la libertad. Era casi una república. Una república autónoma. Como Eslovaquia o alguna de esas después de que cayó la URSS. Toda la libertad del mundo. Era la estatua de la Libertad. Yo le preguntaba: "¿A qué hora volvés?". "A la hora que se me cante el culo", decía ella. "Perfecto", decía yo, "a esa hora nos vemos". Otro día ella me decía: "Me siento sofocada". Yo le preguntaba: "¿Querés que abra una ventana?". "No, me siento sofocada de vos", me decía. "Necesito que te vayas". "Bueno, me voy a dar una vuelta". "No", decía ella, "saber que andás alrededor de la casa me pone mal, andate a otro barrio". "Bueno, mi amor", le decía yo, "¿Berazategui te parece bien?". "Munro", decía ella.
-Sos como un chico, Ernesto. Me estás contando trivialidades. Como un chico que va a la maestra a quejarse de que le han robado una figurita. Te quejás, Ernesto, te quedás en la queja.
-Me dijeron que saliera de la pieza, Julio, los dos. Yo salí, incluso cerré la puerta. Y entonces, escuché que los dos se reían. Pude haber aguantado todo. Pero eso. se reían. Julio. Se reían a carcajadas. De mí, Julio, de mí.
-Ahí tenés el error, Ernesto, ahí está el error. Se reían con vos, Ernesto, no de vos. Con vos. ¿Por qué no incorporar el humor como un aspecto lúdico en la vida cotidiana? ¿Por qué no reaccionar con humor en vez de con ira? Con Gladys hice eso. Incorporé el humor. Me reía. En vez de enfurecerme, de llorar, me reía. El humor permite el diálogo. Y si ellos se reían. ¿por qué no te reías vos también? ¿Por qué debías quedarte del lado del que sufre? ¿Por qué no elegís el lado del que ríe?
-No pude soportar esa risa, Julio, no pude soportarlo. Fui y busqué la pistola. ¿Viste que desde que me robaron yo tengo una pistola? Bueno, fui y la busqué. Estuve a punto, Julio. No sé qué me detuvo. Ahora no estaría hablando con vos. No sé cómo salí de esa casa sin matarlos. Todavía no lo sé. Todavía me lo pregunto.
-Pero ese no es el problema, Ernesto. Otra vez. Entrar a matarlos o no, no es el problema. Es la anécdota, lo pasajero. Mirame a mí con Gladys: cuando la encontré con el negro, la maté instantáneamente. Cinco puntazos en el cuello, Ernesto, cinco puntazos, la sangre salía como petróleo. ¿viste el petróleo que sale de los pozos en las películas?, bueno, así, cinco puntadas de cuchillo tramontina, el de la parrilla, pero ese no es el problema, Ernesto. Al negro también lo maté, una sola puntada en la nuca. Una sola: yo no tenía vínculo con él. Me desprendí de él. Él no era importante. Era una anécdota. En cambio, me quedé con Gladys. Esperame un segundo. Esperame un segundito que me vas a entender mejor. Primero me reí. Porque el humor es muy importante para afrontar las tragedias. El humor te hace crecer. ¿Qué sería de la vida sin humor? Gladys no podía reírse porque se atoraba con la sangre, borboteaba. Esperá que la saco del placard. Si hubiera podido reírse, yo creo que habría podido compartir conmigo ese momento desde una dimensión lúdica, no me cabe duda. Entonces, me quedé con la cabeza. Mirá. Porque yo la respetaba mucho como mujer. No me interesaba solo su cuerpo: a mí me interesaba mucho su pensamiento. Me quedé con la cabeza. Fijate esta sonrisa. Y le hablé. Todavía le hablo. Lo que pasó o no en la cama, es una anécdota, Ernesto. El que la haya matado, también, Ernesto, una anécdota. Lo importante es el diálogo. El superar juntos las adversidades. Fijate como yo hice con Gladys, Ernesto, y te vas a dar cuenta de que ese no es el problema.

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