JUEVES, DÍA 1 (12 DE MARZO DE 2015)

Mi oficina era un contenedor que al mediodía podía alcanzar unos 25 grados centígrados, a pesar de que tenía una ventana y una puerta que procurábamos dejar abierta. Y durante los tres días de Estéreo Picnic, fue oficina y dormitorio.

El jueves comenzó con pocas horas de sueño. Justo el día anterior había sido el lanzamiento del festival, y The Kooks había tocado en Armando Records hasta las 2:00 de la mañana. Salí de ahí como a las 4:00, muerto de hambre, cansado, y con una mezcla de adrenalina y angustia por lo que serían los próximos días. No duermo mucho las dos semanas previas al festival, en parte porque no queda mucho tiempo para hacerlo y en parte porque no es fácil conciliar el sueño con tanta ansiedad.

Al otro día, llegamos al centro de eventos de la 222 hacia las 9:00 de la mañana junto al equipo administrativo, que por esos días operaba dentro del festival en una carpa que tenía un clima similar a mi contenedor. Éramos siete personas dedicadas 24 horas a emitir facturas, cruzar anticipos, hacer comprobantes de egreso...

Es fácil reconocer a los que trabajamos en Estéreo Picnic: cachucha, gafas de sol, manilla de identificación para moverse como un campeón por los diferentes filtros y un radio que no deja de chillar —y que me hace admirar la labor del celador de mi edificio—.

Sentado frente al computador, veía cómo los correos por leer se reproducían. La mayoría eran negociaciones con proveedores y artistas que preguntaban por sus anticipos y saldos. Sonaban guitarras de fondo. La cosa ya era evidente: había comenzado una nueva edición del festival privado de música más grande de Colombia.

Las horas pasaban corriendo de un lado a otro: del contenedor a la oficina de administración, de ahí a la bodega, luego al punto de acreditaciones, después a revisar que la caja estuviera facturando bien. Radio en mano y celular con cargador portátil en el bolsillo, tocaba multiplicarse para atender todos los frentes.

A las 7:00 p.m. tocó The Kooks y escuché a lo lejos la canción Naive (Ingenua). Qué ironía: así me sentí, pues había pensado que iba a poder ver el show. La noche anterior tampoco los había visto por estar trabajando. A las 8:00 p.m. abandoné el radio por primera vez: tocaba la banda argentina Él Mató a un Policía Motorizado y decidí darme 20 minutos. Era en el tercer escenario, donde estábamos unos 50 espectadores.

Momentos como ese me hacen recordar por qué hago lo que hago, por qué dejé la ingeniería mecánica. Todos los esfuerzos valen la pena por ver, a pocos metros, a unos sujetos con mucho más talento que uno, que logran hacer arte de sus gritos y de pegarle duro a sus tiples... Estaba ahí parado, y de pronto vi a Sergio Pabón y a Philippe Siegenthaler —mis jefes, mis amigos—, quienes también se habían fugado un rato del trabajo.

Después de la breve pausa, todo fue camello. Teníamos una cola interminable de proveedores a los que debíamos pagarles y un largo recorrido por las tiendas y restaurantes que hay en el festival y que también manejan billete que tenemos que tener en cuenta. Para el momento que acabamos, ya también Jack White había finalizado. Recuerdo haber escuchado a lo lejos Seven Nation Army y Lazaretto. Como a las 3:00 a.m. comí algo de lo que me habían llevado Laura y María, dos amigas del trabajo que, a pesar de estar ocupadas, siempre estuvieron pendientes de mí.

Se acabó la música del primer día, pero nosotros aún teníamos un cierre parcial de ventas y programación por hacer. A eso de las 5:00 a.m., por fin pude ir al contenedor. Armé un catre, puse encima mi sleeping bag y una almohada, y al sobre. Ah, bueno: antes, un whisky para el frío. A esa hora suele ser importante.

VIERNES, DÍA 2 (13 DE MARZO DE 2015)

A las 9:00 a.m., después de unas tres horas de sueño, salimos para una casa cercana que alquiló otra gente de producción. Allá nos prestaron una ducha. Una hora más tarde, volvimos a lo mismo: correr del contendor a la carpa, responderles a mil a los proveedores, revisar la caja… Era la copia del día anterior

El día pasó volando. A las 7:00 p.m. ya sonaba Alt-J. Quería verlos, pero tenía que llevar a los funcionarios de la Dian a que revisaran los estados tributarios de todos los puntos de venta. Pasé frente al escenario principal junto a mis nuevos amigos de chaleco verde, y con cierta nostalgia escuché Matilda.

A las 8:30 p.m. alcancé a hacer un breve recorrido por las tarimas: fui a ver a Chet Faker, pasé por Rudimental y luego, Aterciopelados. Sonaba Florecita Rockera cuando me llamaron por radio. Volví al contenedor a revisar que todo estuviera en orden. Un rato después, estaba en el backstage, me detuve en los baños y, cuando intenté abrir la puerta, me encontré con la espalda del mismísimo Sergio Pizzorno, guitarrista de Kasabian, un grupo inglés de rock que hasta hace unos minutos había tocado en el segundo escenario. Él, aún ocupado, me miró, y yo simplemente le dije en inglés “qué pena, amigo” y cerré. Cosas que pasan tras bambalinas.

Caminaba por la zona de empleados cuando me enteré de que había un lugar para comer costillas de cerdo sin pagar. Allá fui a dar. Me crucé a varios compañeros que parecían más relajados que yo. ¿La razón? Se habían tomado un par de tragos. Me convencieron de tomarme uno, de apagar el radio y de quedarme a ver a Kings of Leon. Usamos una de las grandes ventajas de trabajar en el Estéreo Picnic: la manilla de todo incluido.

Nos tomamos par tragos más y, para cuando sonó Cold Desert, un compañero me abrazó llorando, me dijo que por favor no se me ocurriera renunciar. Se me inundaron los ojos, volví a sentir que mi decisión de cambiar las Series de Fourier —un matemático clave para los estudiantes de Ingeniería— por la organización de conciertos había sido la correcta.

SÁBADO, DÍA 3 (13 DE MARZO DE 2015)

En el desayuno, todos hablaban del show de Major Lazer, y yo decía: “¡Mierda! No pude verlos”. Ellos se reían, pues sí los habia visto y hasta había bailado —yo, el peor bailarín del mundo—, pero no me acordaba por la borrachera en la que había terminado. Papelón.

Con algo de vergüenza, me fui de nuevo a gorrear ducha y a mediodía volvimos al ruedo. Salí a revisar el cierre contable del día anterior y en la tarima principal estaba Andrés Calamaro en prueba de sonido. No lo pude evitar. Era como un concierto privado. Me quedé un rato. Otra ventaja de trabajar acá.

En la tarde, ya sentía un cansancio absurdo en todo el cuerpo, las ampollas que tenía en los pies me estaban matando y el guayabo terciario empezó a hacer su efecto. Pero, igual, tuve que correr a pagar unos saldos pendientes, a entregarle una manilla de invitado a mi hermano y a revisar que todo estuviera en orden.

Llegó la hora de Calamaro y apagué el radio. No me encontré con nadie, estaba solo en medio del VIP. No me importó. Solo quería disfrutar de ese tipo por quien había pagado cuando vino al Simón Bolívar y a quien había ido a ver a Rock al Parque. Todos los correos con asunto “Calamaro Bogotá Estéreo Picnic” habían cobrado sentido justo en ese momento.

Luego sucedió una de esas cosas de la vida que tienen poca explicación: me encontré de casualidad con varias de las personas que más quiero. Calamaro seguía tocando, yo seguía cantando. El argentino cerró con su propia versión de De música ligera mientras en la pantalla de la tarima salía una foto de Gustavo Cerati. Ya no podía más, era demasiado para mí. Me quedé duro. Crecí escuchando a Calamaro, tocando sus canciones en paseos con mis amigos, jugando a ser él, y esta era mi recompensa.

Quería abrazar a los socios del festival por atreverse a todo esto, que no tiene mucho sentido. Quería subirme a la tarima y gritar lo orgulloso que estaba de haber dormido en el culo de Estéreo Picnic. Quería darles las gracias a los miles de asistentes que nos dieron —y nos dan— aire para seguir. Quería que ya fuera de nuevo marzo y empezara el Estéreo Picnic 2016. Quería que volviera otra vez ese mundo distinto.

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