Algo que nunca he podido entender de la clase media es que a sabiendas de que ocupa el lugar más incómodo en la ya de por sí incómoda pirámide social, nada hace por romper el fascinante hechizo que sobre ella ejerce la mediocridad relajada, aceptada y somnífera, que, aun siendo en apariencia anestésica, no la libra del incómodo sufrimiento que produce el sentimiento de estar siempre en el lugar equivocado, en esa especie de limbo donde uno no sabe muy bien si pertenece a la comparsa maloliente, alegre y bulliciosa del diablo o si juega en la delantera del fragante equipo de Dios.

Me es difícil entender cómo se puede tener una vida productiva, ya no digamos plena, viviendo en el perpetuo e insatisfecho y estresante anhelo de pertenecer a la airosa clase alta, y el perpetuo susto de caer, por cualquier desliz o motivo (una mariposa que aleteó, no digamos en Japón, sino aquí mismito en Fontibón, por ejemplo), en las ignominiosas garras de la clase baja y verse obligada a compartir con sus miembros, entre otras cosas, el mal gusto para seleccionar el nombre de sus hijos o las eternas desventuras de ser hincha de Santa Fe. Porque no debemos olvidar, queridos amigos, que a diferencia de la elitista y cerrada clase alta, hermética e intransigente en lo de abrir sus puertas a un miembro de medio pelo proveniente de la difusa clase media, la clase baja siempre está dispuesta —y con los brazos abiertos y ánimo fraterno— a recibir cualquier elemento de la clase media caído en desgracia, entre los miembros de su desgarbado, pero alegre y desprejuiciado club. 
Y aquí viene algo importante: tanto la verdadera clase alta como la verdadera clase baja tienen a su favor un hecho maravilloso e impagable: no tienen que fingir nada. Ellos SON. Tanto los unos como los otros son así. No tienen que andar pensando en cómo se comportan o se van a comportar, porque el comportamiento en ellos responde a una determinación genética. La pertenencia a la clase alta o a la clase baja no la dictamina el Dane sino el ADN. Ni los pobres ni los ricos sufren por su identidad social. Son tan naturales y espontáneos como una iguana echada al sol.
A contrario sensu de los extremos de la pirámide social, es decir, los ricos y los pobres, los de la clase media viven en todo momento hechos un mar de nervios, tratando de entender qué diablos son. No logran definirse. No saben si lo suyo es la tostada o es el pan rollo, si el gran invento del siglo XX fue el helicóptero privado o fueron los sindicatos, y escuchan con igual intensidad y apremio el llamado que les hace Bosa y el llamado que les hace Boss. Esto hace, comprensiblemente, que la clase media viva asustada con los ricos y viva asustada con los pobres, aunque por distintas razones. Con los ricos, porque cualquier rico, en cualquier momento y en cualquier lugar, públicamente la puede humillar. Digamos, a manera de ejemplo, que la clase media está a la entrada de un exclusivísimo club, de los que tienen alfombra roja hasta para sacar la basura, tratando de entrar. En ese momento, la clase alta sale a la puerta, la mira a ella, a la clase media, directamente a los ojos y se lo escupe directamente a la jeta sin ningún asomo de diplomacia o compasión: usted no entra aquí, y punto. Si quiere divertirse, lárguese para el Cafam de Melgar, compre acciones de Piscilago o déjese de tonterías: aplástese en un sofá y póngase a ver televisión. Usted aquí estorba. Usted para nosotros, histórica, económica y socialmente hablando, es prueba superada. Usted, o mejor dicho ustedes los de la clase media, son para nosotros una opción tan atractiva como un enfermo agonizante: ni están vivos ni están muertos. Ustedes son un escalón social intermedio que realmente no conduce a ninguna parte. Entiéndannos: es un mito ingenuo y poco imaginativo que ustedes se inventaron lo del ascenso social. Piensen una cosa: uno cómo va a invitar a alguien a un crucero por las islas griegas, si ese alguien mientras recorre el mar Egeo, solo piensa en el recibo del teléfono o en la administración. Uno cómo se puede ir acercando en el yate a la isla de Corfú, cómo puede disfrutar ese momento mágico, con un pisco al lado que solo habla de lo costosas que están la matrículas o los uniformes del colegio. 
En cuanto al susto que les producen los pobres a los miembros de la clase media, es muy sencillo: aparte del miedo de que los roben, el pánico que experimenta la clase media ante la clase baja es que entre su filas puede encontrarse un rostro familiar, léase pariente pobre: un tío obrero del acueducto, un tío rico que tiene una compraventa o una prima alegrona que pertenece al Polo y es intima amiga de Lucho Garzón.
En fin: la clase media parece un divertido y malvado regalo del diablo, o un ejemplarizante castigo de Dios. 

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