1. Que no veremos más delfines en el poder
Por Roberto Palacio F.

Los hindúes creían que sus dioses crearon lo que hay a partir de la nada; el cero, su más grande invención, es un círculo porque esa era su imagen de la armonía en la que nada sucedía una y otra vez: un circulito que encierra un vacío y lo vuelve algo. La historia de Colombia, ¿cómo más verla sino como un absurdo círculo cíclico que encierra una nada y en donde todo lo más absurdo y lacónico parece condenado a suceder una y otra vez? Hay que entender que para algunos, entre los que me cuento, el fin del mundo no podrá ser más que una liberación; el único peligro es que no se quiera acabar.

Si me tocara vivir en un mundo en donde el nieto de Turbay hijo de Diana Turbay, Miguel Uribe Turbay, que se lanzó al Concejo de Bogotá, se volviera a botar desnudo en una piscina, corrompiera a los delfincitos que dejó Galán para volverse a algún oscuro oficialismo y ya senil su esposa del futuro decidiera dedicarle versos a su organismo… si eso fuera el futuro, digo, confieso que correría gustoso a pararme debajo de la llama mortal del fin del mundo desnudo y eufórico, gritándole a la maldita cosa que me lleve… pero de primeras.

Si una vez más me tocara presenciar cómo un Gaviria le diera la bienvenida al futuro, con acento de Risaralda y la sonrisa mascullada, lejos de comprar miles de dólares en víveres e irme a vivir en un pueblo mexicano para ricos debajo de la tierra, como el que se construye en Xul, en Yucatán, o en un refugio lleno de inablusivos franceses en Bugarach, sitios en donde los ricos avispados creen que las llamas de la gran tormenta solar no los alcanzarán y que al cabo de un tiempo de comer angulas en lata emergerán abriendo una puerta de submarino para apoderarse de un mundo tostado y humeante, si me tocara revivir la introducción a este presente nefasto por parte de Simoncito Gaviria, hijo de dos marsopas de la isla de Lesbos, digo, no tendría reparo en pararme de frente al gran meteorito para que, arrancándome con las dos manos los botones de la camisa en un gesto heroico, pudiera recibir de frente el impacto calcinante.

Es que tenemos derecho a no tener que vivir lo nefasto más de una vez, pero Colombia como ningún otro país del mundo sabe hacer nuevas tradiciones de lo repetido. Si me tocara sufrir otros tantos intentos presidenciales de Horacio José Serpa, mascullando alguna sentencia altisonante como “Pailas” o “Estoy muy rayado”, para parodiar la “Mamola” de su padre, frases que para entonces solo entenderán los jubilados y prostáticos clientes de las cafeterías, juro que yo mismo me dedicaría a la interpretación de ese calendario maya a ver si hay alguna manera de acelerar el final de los tiempos.

Me lleno de temor de solo pensarlo. El país no se ha detenido a ponderar que hay Jorge Barón I, Jorge Barón II, Jorge Barón III y un IV en una larga dinastía de pateadores de traseros. Si El show de las estrellas se perpetuara, ahí sí, en un último intento desesperado, tal vez tomaría Revertrex a pico de botella, la cosa esa que toma Amparo esperando que la sentencia de la etiqueta que promete detener el tiempo sea algo más que un formulismo vacío de la retórica publicitaria.

2. Que Sudáfrica se salvará de tener otro embajador colombiano como perea o moreno de caro.

3. Que no tendremos que seguir sintiéndonos orgullosos de que solo somos potencia mundial en el patinaje.

4. Que no tendremos que ver a Esteban Santos como comandante general de las Fuerzas Armadas.

5. Que no tendremos que ver a Angelino Garzón como secretario general de la ONU.

6. Que nos libraremos de ver a Wendy Sulca adulta.

7. Que no tendremos que soportar el remake de Padres e hijos.

8. Que China no será primera potencia mundial

Por Diego Rubio

Yo sí les creo a los mayas: a Edgardo Maya, a Catalina Maya, a la Abeja Maya. Si ellos dicen que el mundo se va a acabar en diciembre de 2012 es porque el mundo se va a acabar en diciembre de 2012. Si no fuera verdad, ¿por qué carajos se separó Catalina entonces? Fuentes anónimas aseguran que ella lo que quiere es disfrutar soltera su último año, el último año de todos.

El caso es que, asustado, escribí una lista de todo lo que debo hacer antes de que se acabe el mundo: no cruzar las calles con ese trotadito asexuado cuando viene un carro, dejar de hacer coreografías en las fiestas, no sufrir ni un solo segundo más por la Selección Colombia, aprender a usar palitos chinos.

Y fue precisamente ese último propósito lo que me llevó a pensar de lo que me voy a salvar cuando una gran inundación o explosión acabe con todos nosotros: no solo dejaré de pasar la pena de pedir un tenedor para acabarme el chop suey, sino que no veré cómo China se convierte en la primera potencia mundial. No es que me importe si la bolsa de Shanghái supera a Wall Street, ni si los colombianos duramos décadas rogando para que se apruebe un TLC con China para el que no estamos preparados, ni si el ping pong se convierte en el deporte más popular del mundo. No. Lo que me podría llegar a molestar sería ser testigo de la transformación de esos colombianos acomodados que, sin duda, impondrían la moda oriental. Me explico: lagartos como somos, siempre queremos estar al lado del más poderoso. Y, como nos creemos gente de mundo, cosmopolita, seguro nos sentiremos los más in usando ropa, comiendo comida y hablando el idioma del país más grande del planeta en todo sentido.

No sé ustedes, pero yo me niego a ver cómo los barranquilleros pasan de jurarse miamenses a sentirse pekineses, cómo la costumbre de mascar chicle le da paso a la muy china de escupir en la calle y cómo la Perrada de Édgar deja de vender perros calientes para incluir en su muy selecto menú otro tipo de perros: asados, al horno, fritos. Ojalá, si de casualidad nos salvamos, nos comamos de una vez todos los french poodles con sus moñitos y su caminadito, como el mío al cruzar la calle.

Pero hay que ser justos: que China se vuelva primera potencia mundial tendría sus ventajas para este pueblo pujante. Por ejemplo, dejaríamos esa costumbre tan pretenciosa de ponerles a nuestros hijos nombres en inglés (Jonathan, William, Jennifer, Katherine, Marilyn) que nunca salen con nuestros apellidos criollos (Morcillo, Rubio, Collazos, Delgadillo, Monroy). Pero si empezamos a combinar nombres chinos con estos mismos apellidos, o al revés, no solo daríamos paso a peores composiciones nominales, sino a un abanico interminable de chistes fáciles. Piénsenlo. ¿Dejarían que su hijo o hija se casara con Akame Castro, Niai Bustos, Miao de Tapia o Ivon Tsai?

Y ni hablar de Mao. Ese sería sin duda el nombre más mentado en los juzgados y las pilas de bautizo. Algo triste, pues el fin del mundo no nos permitirá ver el resurgimiento de los ya célebres Maos que ha dado la tierrita: Mao Molina, mediocampista que curiosamente terminó perdido en el fútbol asiático, y Mao Mix, prohombre ochentero de la patria que nos enseñó a ponernos gafas oscuras de noche y en minitecas.

En ese contexto, las adolescentes del futuro no se pasarían la vida haciéndose rayitos a lo Britney sino alisándose el pelo hasta tenerlo como el de un puercoespín, o como el de Jackie Chan si no se hiciera el blower, que es casi lo mismo. “¿De qué signo eres?”, se preguntarían unas a otras en la fila interminable del relanzamiento de Mister Lee. “¿Perro? ¿De verdad? Pero tu novio es cerdo y cualquiera sabe que perra y cerdo no pegan”. Sí, cómo no.

Solo me queda una pregunta: si las profecías de Edgardo, Catalina y la Abeja Maya sí se van a cumplir y el mundo de verdad se va a acabar, yo qué hago viendo llover en Bogotá. Me queda solo un año, debería irme a conocer la gran muralla china, o a Catalina Maya, para ver si me para bolas aprovechando que se acerca ese final que ella misma predijo.

9. Que se caerá la pirámide de la Gobernación de Cundinamarca.

10.Que a los habitantes de Cajamarca no les va a afectar porque La Línea ya está como si hubiera sucedido el fin del mundo.

11.Que Manuel Elkin Patarroyo no volverá a anunciar que está a punto de descubrir la vacuna contra la malaria.

12. Que no editarán el libro de los 30 años de carrera de Vladdo.

13. Que no padeceremos la candidatura de Alejandro Ordóñez.

14. Que cada vez que elijan Papa no estaremos pendientes del cardenal colombiano, que esta vez sí será elegido.

15. Que no circulará la revista que quiere hacer Pachito con RCN.

16. Que ya no habrá más películas recreando cómo será el fin del mundo.

17. Que no miraremos cómo se van dañando los estadios que quedaron tras el Mundial Sub-20.

18. Que podremos ver si sirven los simulacros de evacuación que han hecho en Bogotá.

19. Que nos perderemos de la jubilación de Jota Mario.

20. Que nos salvaremos del show de otro matrimonio de Mónica Fonseca.

21. Que Angelino no montará la Agencia Espacial Colombiana

Por Antonio García

El año pasado, el vicepresidente Angelino Garzón promovió la creación de la Agencia Nacional Espacial. Incluso el presidente Santos firmó un decreto para hacerla posible, acto que va muy acorde con el talante de un mandatario que piensa allende las fronteras colombianas. Muestra la coherencia de quien pretende arreglar el conflicto entre Palestina e Israel antes que, digamos, solucionar la crisis invernal.

Contrario a lo que pudiera pensarse, la condición de subdesarrollo no es un obstáculo, pues si nos quedamos esperando a que funcionen los conmutadores de las entidades estatales, se amplíe la red de carreteras, se expanda la cobertura de internet, se termine la ampliación del aeropuerto El Dorado (Luis Carlos Galán), llegue el acueducto y alcantarillado a buena parte de la geografía nacional, etcétera, nunca vamos a emprender la conquista del espacio. Todo eso puede esperar.

La empresa privada ya ha dado algunos pasos en ese sentido. Agescol, una agencia espacial colombiana de carácter independiente, ya puso en marcha su proyecto Supercóndor, el cual pretende lanzar un transbordador que, según su director, será “un poco más largo que un alimentador de TransMilenio”. Es un buen augurio que estemos utilizando la tecnología de punta empleada en el sistema de transporte público bogotano, con la ventaja adicional de que en la estratosfera es más difícil atropellar gente o estrellarse, y que será muy difícil para las hordas de vándalos agarrar a piedra una estación espacial colombiana.

Con los primeros prototipos se efectuarían las pruebas de rigor, que por supuesto no se harán con chimpancés o perras como Laika, sino con ejemplares de la fauna nacional: chigüiros, gurres, babillas y, como cuota especial de la costa atlántica y en particular del departamento de Córdoba, burros. La industria nacional en pleno se sumaría a la iniciativa: piezas del fuselaje fabricadas por Imusa, trajes espaciales Totto y lechona enlatatada en Ibagué, entre otras. Todo, en fin, estará servido para que dentro de unos años empiecen a lanzarse el Nutibara I, el Bochica IV, el Bachué XII y todas las naves que irán a conquistar el infinito y más allá.

Hasta ahí, todo perfecto, pero tendríamos que detenernos a pensar en el lado oscuro de esta loable propuesta. Primero que todo, seguramente los primos Nule ganarían la licitación para construir el cohete y la estación espacial, con la consiguiente mordida para el funcionario de turno, lo cual, siendo realistas, retrasaría el proyecto al menos una década. Además los colombianos ya tenemos mala fama en el resto del mundo, nuestro pasaporte es comparable al de Irak o Pakistán, ¿entonces para qué vamos a llevar nuestra mala fama a otros planetas y sistemas solares de la galaxia?, ¿no es suficiente con que España esté llena de apartamenteros colombianos?, ¿no basta con que todos los mafiosos del cine sean nuestros? Ya puedo imaginarme el robo de cohetes que luego serán deshuesados y vendidos por partes en el Siete de Agosto, los paseos millonarios camino a Marte, las pescas milagrosas en la ruta a Andrómeda, los alijos de cocaína incautados en cargueros rumbo a Plutón…

De pronto sería prudente esperar unos años y, mientras tanto, hacer carreteras, acueductos, ampliar la cobertura de salud y todo eso, pero de todas maneras no importa, pues el mundo se acabará en el 2012 y, al ritmo que va nuestro proyecto espacial, es muy posible que no alcancemos a construir un cohete para irnos de aquí.

22. Que el cantante del gol no transmitirá el Mundial de Brasil 2014
por Eduardo Arias

De la misma manera que Suso el Paspi es el principal aporte que RCN Televisión nos hace a los colombianos en materia de responsabilidad social y construcción de país, Caracol Televisión no ha querido quedarse a la zaga de su cadena colega y por ese motivo ha bendecido a los sufridos televidentes colombianos que siguen a la Selección Colombia de fútbol con los relatos del Cantante del Gol. Como en estos tiempos posmodernos la señal de televisión llega unos tres o cuatro segundos más tarde que la de radio, no existe ya la opción de bajarle el volumen al receptor y sintonizar cualquiera de las transmisiones que hace la radio, a menos que uno quiera conocer de antemano el desenlace de cada jugada.

Para fortuna nuestra, la Selección Colombia solo vuelve a jugar por la eliminatoria hasta mitad de año, así que en el primer semestre de 2012 el Cantante del Gol estará silenciado gracias al absurdo calendario de la eliminatoria al mundial. Tocará soportarlo, eso sí, en seis partidos: dos en junio, dos en septiembre y dos más en octubre. Y entonces ocurrirá el milagro: se acabará el Mundo y con él las transmisiones del Gol Caracol en el relato del Cantante del Gol.

Pero lo mejor de todo es que el Cantante del Gol no transmitirá ningún partido del Mundial de Brasil 2014 por la sencilla razón de que no habrá Mundial. La humanidad no volverá a oír al Cantante del Gol vociferando “gol do Brasil, do Brasil, do Brasil”, como aconteció en el pasado Mundial juvenil celebrado en Colombia. Como muy bien señaló una tuitera cuyo nombre no anoté, “cada vez que el Cantante del Gol grita ‘do Brasil’ muere un gatito”.

En 2014 Brasil no tendrá el privilegio de escuchar a este eximio exponente de la escuela de los que creen que narrar es sinónimo de gritar y que la única manera de prender una fiesta en Colombia es a punta de alaridos. Brasil no se enterará de la existencia de este profesional de la comunicación social que presume que todos los televidentes que siguen a la Selección Colombia no lo hacen por ver un partido de fútbol en santa paz sino con el pretexto de emborracharse.

Es que el Cantante del Gol no conoce el significado de la palabra silencio. En su cabeza no cabe la posibilidad de que el televidente descanse de su verborrea así sean cinco segundos de cada minuto. Porque el Cantante del Gol, no contento con narrar, también se dedica a comentar, a explicar las jugadas, a regañar a los jugadores porque no hicieron la jugada que él hubiera querido que hicieran.

Es más, el Cantante del Gol se cree el padre putativo de los jugadores de la Selección Colombia y tortura al televidente cada vez que Adrián Ramos recibe el balón, porque el Cantante no le dice Ramos sino Adriancho. Y Abel Aguilar es Abelito. Si el Cantante del Gol narrara un Mundial, a Cristiano Ronaldo le diría Ronalcho, a Rooney lo denominaría Waynancho; a Van Persie, Robincho; a Forlán, Forlancho; y a Khedira, le diría Querida. Ah, no, mentiras… El que hizo esa gracia en Sudáfrica 2010 fue William Vinasco Ch.

Cada vez que el Gol Caracol transmite un partido de la Selección Colombia, uno quisiera que en la cabina no estuviera Javier Hernández Bonnett sino el rey Juan Carlos de Borbón para que, ojalá cada 15 segundos, le dijera al Cantante del Gol: “¿Por qué no te callas?”. O, a falta del rey, pues Quico, el del Chavo del Ocho, para que le gritara: “¡Ay, ya cállate, cállate, que me desesperas!”.

Entre el Cantante del Gol y William Vinasco Ch., que entre el diablo y escoja. Pero como el diablo descendió a la B…

A propósito: dado que el mundo se acaba a finales de este año, América de Cali nunca jamás regresará a la A.

23. Que no nos importará si internet acaba con los medios impresos.

24. Que no tendremos que aguantarnos una presidencia de Petro.

25. Que no veremos el regreso del Bolillo a la selección y después el de Maturana y después el de leonel y así sucesivamente.

26. Que no veremos el retiro de Radamel Falcao en Millonarios.

27. Que nos salvaremos del disney colombiano

Por Andrés Restrepo

Si el fin del mundo no evita que presenciemos la debacle moral que significaría para el pueblo latinoamericano la construcción de un Disneylandia en nuestras tierras, sí será este proyecto el que nos hunda definitivamente en el subdesarrollo. Pero yo hago una regla de tres simple, y me tranquilizo: en Bogotá llevamos cuatro años tratando de hacer una miserable vía urbana del aeropuerto al centro de la ciudad y ya cayó un alcalde, el grupo económico que pomposamente nuestra aguda prensa económica destacó en su momento como los nuevos genios de las finanzas se desplomó y aún seguimos a mitad de obra. ¿Saben en cuantas décadas haremos un Castillo de Blancanieves que no se hunda? ¿Saben cuántos presidentes de la república caerán antes de ver terminada una montaña rusa que supere los diez kilómetros por hora? ¿Se imaginan las adiciones a los contratos de construcción de las atracciones que harán los consorcios de ingenieros/abogados colombianos antes de completar el 5% de la obra? Digámonos las verdades: un proyecto como Disneylandia ubicado del Río Grande para abajo sacaría lo peor del pueblo latinoamericano. Y con nuestra suerte nos lo ganaríamos los colombianos. Una comisión encabezada por Yo José Gabriel, sus tirantas, y el vicepresidente Garzón, como representante de la Comisión Colombiana del Espacio, sería la encargada de presentar al mundo (y aprovechando al vicepresidente, a otros planetas) la candidatura del país para construir el parque temático: y entre eso y las referencias del Parque Jaime Duque y Cafalandia, nadie tendría el corazón de negárnoslo.

Les aseguro que el vestuario de los empleados se encargará a Amalín de Hazbún y todos fingiremos (de nuevo) sorprendernos por la belleza y originalidad de sus diseños. Shakira no podrá venir a la inauguración y su reemplazo lo escogeremos mediante un reality eterno, promocionado sin vergüenza como un hecho central para el país por los noticieros del mismo canal. La CUT y la CGT anunciarán un paro nacional por el atropello que significa el proyecto a los derechos adquiridos de los trabajadores colombianos y a la autonomía universitaria. Ninguno de los dirigentes sindicales ni de los asistentes a las marchas sabría explicar qué tiene que ver una cosa con la otra. El día de la marcha caerá un aguacero monumental.

Los niños del resto del mundo que visiten el parque llorarán desconsolados al ver que en lugar de la comida chatarra que usualmente se vende en los Disneylandia de otros países, aquí se deben comer la cabeza de un marranito rodeada de arroz. Pero pasarán del llanto a la ira, cuando intenten buscar un medio de transporte público para salir del parque y los taxistas se nieguen a llevarlos porque “huy, no, no, no: allá a esta hora no llega nadie”.

Todo esto será grave, pero lo que desatará una guerra civil en este remanso de paz que es Colombia será el reto frontal a los millones de jardines infantiles de este país que durante décadas han decorado sus paredes con personajes de Disney fabricados en icopor. No sé si se han fijado con atención, pero nuestros Mickey Mouse de icopor hechos en casa nunca logran copiar la expresión del personaje original: algo pasa en la nariz y siempre quedan con un aire extraño, medio contrahechos y aunque no sea fácil de identificar por qué, todos sabemos que ese es un Mickey Mouse criollo. Le advierto al nieto de Walt Disney o a quien quiera oírme: los colombianos no aceptaremos la invasión de esos Mickey Mouse perfectos y hechos en Taiwán por millones. Defenderemos, en unión con todos los niños y las profesoras de los jardines infantiles del país, el derecho de nuestros muñecos de icopor a seguir viviendo en su patria sin que les saquen en cara sus defectos. Cuando los colegios de Wichita, Kansas, exhiban orgullosos en sus paredes imágenes hechas a mano de Juan Valdez, y la mula Conchita parezca un hipopótamo, hablamos.

28.  Que no se repetirán los disturbios por la repartición de ollas de Ricostilla.

29. Que no tendremos que ver el regreso del Pitufo de Ávila a sus 66 años.

30. Que no veremos al Paparazzito, a Silvestre Dangond, a Camilo Villegas y a Hugo Rodallega lanzándose al Congreso para proteger las leyes de los artistas y los deportistas (y de las negritudes).

31. Que no seremos testigos del arca de Noé intergálactica

Por Karl Troller

Antes de que se acabe el mundo, habría que salvar la fauna colombiana. Meter a todas esas bestias y fieras en la casa de Pablo Ardila, ese animal político que ya tiene medio llena el arca, o por lo menos sus arcas, y dejar que Noemí, si no se hunde, se lleve de aquí a las siguientes especies.

Las vacas sagradas del Congreso, los viejos zorros del Partido Liberal, los micos parlamentarios de La U, los hipopótamos de Pablo Escobar, el elefante de Ernesto Samper, las operaciones tortuga, los bagres del Reinado Nacional de la Belleza, los acuarios para sardinas que circulan por la carrera 13, las carpas que se robaron de Armero, los estudiantes que andan como titís, las pirañas de la Dirección Nacional de Estupefacientes, los escarabajos venidos a menos del ciclismo colombiano, la morsa de Carlos Holguín Sardi, la luciérnaga de Hernán Peláez, el Happy Lora, las mariposas amarillas de Mauricio Babilona, la abejita Conavi, la operación avispa de Alfonso ‘el Pollo’ López, los avispados de las EPS, las mosquitas muertas de Agro Ingreso Seguro, los títeres de la Libélula Dorada, los gatos encerrados del carrusel de las contrataciones, la coneja María del Pilar Hurtado y los tres huevitos de Uribe, el mal olfato del Pincher Arias, los doberman de Fanny Kertzman, el bóxer que se aspira en las esquinas, las golondrinas que no hacen verano porque estamos mamados del invierno, las modelos de jeans Caribú y los cuerpos de las chicas Águila, los ratones de bibliotecas públicas, los ratones de la librería El Carnero, los biblioburros, las ratas de alcantarilla, las ratas que se roban las tapas de las alcantarillas, las chivas de Yamid, la Chiva Cortés, los gallos tapados de la política, los que llegan de patos a las fiestas, los patos de las motos, el Pato Wills, los que pagan el pato, el Cuervo del Instituto Caro, el delfín de César Gaviria, los delfines tatuados en las nalgas de las Juanas, el servicio Gacela a Sogamoso, María Isabel de Lince y su fobia por las chicharras, los mandriles que caminan por la séptima, las perras de Lucho Garzón, el oso del Polo en las pasadas elecciones, los sábados felices que nos hicieron pasar el Hombre Caimán y el Topolino Zuluaga, los días tristes que vivimos con el Osito Escobar y alias el Iguano, los lagartos de las páginas sociales, los pingüinos del Gun, las pilatunas de Guillermo León Valencia, las garras de Enilce López ‘la Gata’, el ave fénix que renacerá de las cenizas del Palacio de Justicia, el búho de Colcultura, la lechuza que agarró a patadas el panameño del Pereira, el tiburón del Junior tu papá, los topolinos desguazados en los patios, el alacrán de Higuita para salvarlo de otro cambio extremo, el cartel de los sapos sapeando a los peces gordos del narcotráfico, el perico de los traquetos, las palomas mensajeras de malas noticias, las corbatas del Chinche Ulloa, los canguros amarrados a la cintura para que no se los roben en el TransMilenio, los que trabajan como hormigas para pagar las culebras, las mariquitas perseguidas por el Procurador para que no puedan adoptar niños del ICBF, la yegua de Uribe para que no se le derrame un tinto, la iguana de Ecopetrol que no le cabe un tinto, la mula de Juan Valdez, los que se van de mula sembrando café, las mulas del aeropuerto El Dorado, los de El Águila Descalza, los que escribieron El Aguilucho, los escritos de Juan Mosca, las moscas de David Manzur, los cóndores de Obregón, los cóndores que no entierran todos los días, las azafatas de Aerocóndor, las niñas de Caracol, el Guri Guri de Calamar, el Gavilán Mayor, el camello de sacar un paz y salvo, el Camello Serna, el Pájaro Juárez, el Caimán Sánchez, el Palomo Usuriaga, el Chigüiro Benítez, el Pony Maturana, la Gallina Calle y las lágrimas de cocodrilo del Bolillo Gómez.

32. Que no veremos el embarazo de la Duquesa de Alba.

33. Que no veremos que cuando terminen el aeropuerto El Dorado tendrán que demolerlo para ampliarlo.

34. Que no veremos la décima versión del reality La granja con actores como la hija de Marbelle.

35. Que no seremos testigos de la decadencia de los presentadores de Sábados felices

Por Sebastián Jiménez

Si bien Sábados felices ha sabido mantenerse algo así como la exitosa versión colombiana de Saturday Night Live, no es justo con los consagrados e incomprensibles seguidores de este folclórico programa ver la decadencia de quienes lo han venido presentando. Pasaron de Alfonso Lizarazo, que era toda una eminencia, a una ralea de presentadores venidos a menos que aterrizan en el programa para rescatar sus carreras. Es muy probable que, si no se acaba el mundo, llegue otro molesto presentador engendrado en las mediocres entrañas de los programas de la mañana. Parecería que ese puesto estaría condenado a quedar en manos de Marcelo Cezán con su perpetua cara de estreñimiento.

Lizarazo era un tipo simpático y respetable que le daba dignidad a esa amalgama de humoristas populares de chistes fáciles cuyo mayor recurso humorístico es su fealdad. Pero después de que Lizarazo se lanzó al Senado —en una movida descabellada que parece haber sido idea de Antanas Mockus—, el puesto de presentador quedó sentenciado a una sucesión lamentable que, más que hacer reír, produce llanto.

Primero llegó Jota Mario Valencia, que después de todo era el reemplazo casi que natural: un tipo igualmente calvo y con cierta experiencia en programas de concurso. Después, Hernán Orjuela se apropió de la conducción durante ocho largos años con su copete de Alf, su voz de disk-jockey ochentero y su aspecto de peluquero de Girardot. Y, por último, Humberto ‘el Gato’ Rodríguez, un sujeto que toda la vida se esforzó por parecer serio, que hasta hace poco tenía como regla vestirse por completo de negro y que será recordado por las canciones románticas que ponía en radio hace 20 años. ¿A qué hemos llegado? Peor: ¿qué vendrá después?

Si el mundo no se acaba y si Cezán decide más bien volver a intentar lo de su carrera musical, el próximo en ese condenado cargo será Iván Lalinde, ese tipo con sonrisa del Guasón que pasó de hacer entretenimiento en Noticias Caracol a manchar el recuerdo de Gloria Valencia en El precio es correcto. Seremos afortunados si no tenemos que soportar sus griticos cuando esté presentando en el escenario al sempiterno Mandíbula.

Si no es Lalinde fijo será Carlos Calero, un costeño cuyos mayores logros han sido ser la imagen de Ricostilla y haberse metido un balón gástrico. Calero nunca pudo mantenerse como presentador de noticias, por lo que eligió el camino de los programas concurso: de Cien colombianos dicen a Duro contra el mundo, de ahí al reinado.

Sábados felices será su apuesta segura. Quien lo reemplace —siguiendo esta senda despreciable— seguramente sería Agmeth Escaf, quien pedirá pista en el programa sabatino al darse cuenta de que los televidentes colombianos no pueden más con él en Día a Día.

Qué bueno que se acabe el mundo, qué carajos, así eventualmente no tendremos que ver en Sábados felices a Sergio Barbosa (el de Estilo RCN), ni a Camilo (el niño de Factor X), ni a Tulio Zuloaga, a quien solo le falta ese intento desesperado por consagrarse en algo.

36. Que no habrá más estudios financiados por el BID, el BM o la entidad que sea, para definir el trazado de la primera línea de metro.

37. Que no veremos la desinflamada de Chávez.

38. Que Woody Allen no hará una película en Bogotá

Por Ricardo Silva Romero

Dios mío: que el mundo se acabe antes de que el alcalde de Bogotá diga “Petro acaba de hablar personalmente con el cineasta Allan Stewart Konigsberg alias Woody Allen para que con el aporte de esta administración, y ya que hizo lo propio con ciudades icónicas como Roma o París o Barcelona, filme en nuestra ciudad una comedia romántica de las suyas que refleje tanto la problemática del agua como lo que el burgomaestre ha querido llamar la política del amor”. Dios mío: que el hipocondríaco Woody Allen diga un educadísimo “no, gracias”, consciente de todas las amebas que rondan a los bogotanos, cuando a algún chasqueador de dedos del distrito se le ocurra que él venga aquí a hacer una película “antes de que la gente de la glamorosa Medellín nos lo quite”. Que no seamos testigos, Señor, de ese desastre.

Señor: pensemos, para no remontar tanto su filmografía, en los más recientes largometrajes de Allen. Estaría más que claro que el mundo es el infierno si, en vez de los parques de Londres, Match Point (2005) tuviera como escenario las alamedas invisibles de la 26, y, en vez de ser la historia de un profesor de tenis que alcanza la aristocracia a punta de trampas, fuera la aventura de un ambicioso instructor del BodyTech —Naren Daryanani después de probar que no fue él, sino un homónimo, el que sustrajo aquellos artículos de aquella droguería de Coral Gables— que logra conquistarse a Susana Torres haciéndole creer que es extranjero “por lo que es mono”. Si Vicky Cristina Barcelona (2008) hubiera sido hecha en Bogotá, Dios mío, no sería la historia de dos turistas norteamericanas que caen rendidas en un bar de tapas a los encantos de un pintor encarnado por Javier Bardem, sino la tragedia de dos gringuitas que son intimidadas en un asadero por un rebuscador macho interpretado por Agmeth Escaf: y se llamaría Jennifer Leidy Bogotá. Si Medianoche en París (2011) hubiera sido Medianoche en Bogotá, si la vida fuera más cruel de lo que parece, el nostálgico Owen Wilson repetiría “querría haber vivido en la Bogotá lluviosa de los ochenta” antes de que un Renault 4 lo recogiera en una callecita de La Candelaria para llevarlo a aquella edad de oro en la que uno podía ver en alguna tienda de barrio a don Chinche con Eutimio o en los estudios de televisión a Pacheco conversando con doña Gloria.

Que el mundo se acabe antes, mi Dios, que Woody Allen no caiga en la tentación de hacer una película en la que los personajes tengan pico y placa. Que no muestre, bajo los acordes de los tiples, bellas imágenes de Monserrate, de Lourdes, de Pasadena, de Bolivia o de Egipto. Que Poncho Rentería jamás escriba la frase “me encontré en la peluquería con la esposa de don Woody: la japonesita pizpireta Soon Yi Previn”. Que ni Frank Ramírez ni Humberto Dorado (Dios: solo concédeme que ni Róbinson Díaz ni Vicky Hernández) hagan apariciones especiales. Que John Leguizamo no se haga el colombiano una vez más en el papel protagónico. Que los lamesuelas de siempre, desde “el primer hombre que escribió una novela en BlackBerry” hasta “el hombre que invita a creer en Colombia”, no obliguen a uno de los más grandes artistas de todos los tiempos a tocar su clarinete en otra deprimente noche de rumba en Andrés Carne de Res.

Padre nuestro que estás en los cielos: que no pase nunca que Woody Allen almuerce con Juan Manuel Santos en Pajares Salinas ni ocurra que termine espantando mosquitos en una amanerada finca de Anapoima ni suceda que meta canciones melancólicas de Andrés Cepeda en alguna de sus extraordinarias bandas sonoras. Tiemblo cuando pienso que tanto Río como São Paulo como Buenos Aires le han propuesto ya que filme en sus calles. Veo cómo viene a lo lejos lo peor: los días en que mi director favorito será manoseado por Amparo Grisales. Y solo me tranquilizan dos cosas ante semejante perspectiva. Que si él les dijera que sí a todos esos lagartos, Dios mío, no sería entonces Woody Allen. Y que, gracias a ti, el mundo se va a acabar antes que deje de serlo.

39. Que no padeceremos el cubrimiento del primer colombiano como turista espacial
Por Andrés Grillo

Richard Branson, un excéntrico millonario inglés con pinta de mosquetero de película, quiere ser el pionero del turismo espacial. Como la Tierra ya no les depara ninguna sorpresa a algunos viajeros, este caballero, en sentido literal pues ostenta el título de Sir, quiere ponerlos en órbita alrededor del planeta. Su proyecto no es una quijotada como la Agencia Nacional Espacial que propuso hace poco el vicepresidente Angelino Garzón en un momento de efervescencia y calor. Branson tiene empuje, millones de sobra y montó una empresa, Virgin Galactic, para hacerlo realidad.

A finales del año pasado inauguró, en un apartado y remoto lugar de Nuevo México, una terminal con diseño futurista de la que partirán sus aeronaves. Y anunció que en 2013 comenzará a enviar los primeros grupos de turistas al espacio. Hay 500 personas, que ya pagaron los 200.000 dólares que cuesta el viaje, en lista de espera. Estos privilegiados perderán esa platica si el mundo se acaba en diciembre de este año y los colombianos nos salvaremos del horror de cubrimiento que harán los medios nacionales de la experiencia de los ricos criollos que ya se apuntaron a esta aventura. El escenario, por conocido, es demasiado previsible.

Al comienzo, nuestros turistas espaciales se mostrarían reticentes a hablar del tema, pero, como buenos colombianos, terminarán soltando la lengua para la feria de las vanidades. ¿O de cuándo acá alguien paga 200.000 dólares para ir al espacio para que solo lo sepan los familiares? ¡No, señor! Tienen que enterarse los del club, los vecinos, los lejanos, todo el mundo. ¡Ni más faltaba! ¡Como si ir al espacio fuera igual de fácil que ir a Anapoima o Cartagena! Eso sí, serían selectivos con lo que contarían.

Las revistas de sociedad, los periódicos, los noticieros de televisión de los cuatro canales privados (en 2013 deberían estar funcionando dos más que los actuales) y los portales de internet se pelearían a muerte por la primicia, la exclusiva, de las fotos y videos del entrenamiento, las de la llegada a la terminal de Nuevo México y las del interior de la nave, similar a un jet privado con capacidad para seis personas. Las fotos de los compatriotas retozando y flotando en ingravidez y las imágenes que tomen de la Tierra desde las alturas serían el verdadero botín de los periodistas. Por cuenta de las dos horas y media de viaje, los turistas patrios acapararían titulares durante días del corte “Colombianos conquistan el espacio” o “Colombianos en viaje a las estrellas”, serían objeto de solemnes homenajes gremiales, les entregarían las llaves de sus respectivas ciudades de origen y no faltaría el oscuro senador que decidiera condecorarlos con alguna ignota medalla con nombre de prócer de la independencia en una sesión del Congreso.

En los anales de la historia sus nombres se unirían al de George Zamka Pérez, el astronauta estadounidense hijo de colombiana que piloteó un transbordador espacial, en el selecto grupo de los colombianos que fueron al espacio. El vicepresidente Angelino Garzón se emocionaría de nuevo con la idea de crear una Agencia Nacional Espacial y llamaría a nuestros turistas a secundarlo. Y en el colmo del patrioterismo parroquial no faltaría el que propondría que le consiguieran un cupo al presidente Juan Manuel Santos para que lanzara su campaña de reelección desde el espacio con el lema “El cielo es el límite”. Todo esto podría pasar, y más porque somos un país de excesos, por cuenta de la aventura espacial de los millonarios colombianos. Por eso, menos mal que se acaba el mundo en diciembre de este año y todos quedaremos viendo estrellas.

40. Que no veremos la vejez de la farándula criolla
Por Javier Uribe

Hay que tomar el fin del mundo como algo alentador. Como una oportunidad para librarnos de lo que sería. Tengo razones para decirlo. Imaginen a un Alejandro Villalobos convertido en un desteñido Manolo Bellon, negociando con las hijas de nuestras hijas el prom y los concursos de porristas. Debo decir, a su favor, que tiene más semanas cotizadas que Ramoncito, que lo hace desde que trabajaba en Dejémonos de vainas, por lo que el fin del mundo sería una gran noticia para los fondos de pensiones.

Que venga el fin del mundo. Que venga para evitar ser testigos de una Shakira hecha un andrajo a la vuelta de unos años. Su constante cambio de color de pelo seguro le costará su calvicie prematura. Y, como toda abuela, un descuido al pisar un balón jugando con alguno de sus nietos emulando a su abuelo el futbolista, le costará una caída y la fractura de la cabeza del fémur. Ahí quedarán las caderas de Shakira convertidas en un injerto de fémur, en un reemplazo de cadera, en tornillos acá y allá que la dejarán sin su cintura vibratoria. Solo la veremos meneando su cadera cuando haga fila en alguna clínica del Seguro Social en Barranquilla para ir al control médico, porque hips don’t lie, como reza su canción.

De acabarse el mundo, nos salvaríamos del eminente regreso de Adolfo Pérez y William Vinasco a la transmisión de partidos de fútbol. Hay que verlo así. Estos especialistas en cumbianizar el fútbol, en carnavalizar los eventos, en vallenatizar el deporte y en corralejear la televisión, están de vuelta. Gracias, RCN, tan divinos, qué detalle, cuando pensamos que nos habíamos librado de ellos. Por eso, el fin del mundo es esperanzador. Porque no tendremos que ver más a esos locutores que no envejecen, como un Esteban Jaramillo que como un Lázaro resucitado está de vuelta. Ni como el eterno adolescente, César Augusto Londoño, vistiéndose con la moda de su propio nieto. ¡Que se acabe el mundo! Aunque duela que se acabe justamente cuando parecía que Carlos Antonio Vélez ya se retiraba del medio. Pero que se acabe igual. Es mejor. Créanme. Imaginen seguir viendo a un Gabriel Meluk con el riesgo de que así como a los 45 años descubrió que lo suyo era el pelo largo y la televisión, a los 60 se dé cuenta de que lo suyo es la barba larga y el rock, o la minifalda, y terminemos viendo a un remedo de Rasputín, de Laisa, despotricando con petulancia sobre cualquier marcador de punta de Patriotas: líbranos, Señor.

Que se acabe esto de una vez. Que se nos libre a los colombianos de ver a Carlitos Calero convertido en un Saúl García, bailando con caminador y sonda en las propagandas de caldo Ricostilla, caldo que su colon ya no tolera. Que nos liberen de ver a una longeva Susana Caldas, desgarbada, cantando La Fina/la margarina. Margarina, por demás, ya orgánica, ya cero colesterol, ya cero calorías, ya deslactosada. Que no nos toque una Amparito Grisales centenaria, encorvada e incontinente sobre una mica insistiendo en que la juventud está es por dentro y vendiendo rejuvenecedores mientras juguetea con su caja de dientes. Que no nos toque presenciar una Sarita Corrales interpretando lo que otrora fueron los roles asignados a Teresita Gutiérrez Que se acabe el mundo, es lo mejor, créanme esta vez.

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