Para probar las fresas con crema es necesario padecer en carne propia una road movie: apretujarse en un carro de familia, soportar tres horas de carretera, aguantar el mareo, atravesar tres peajes y 86 asaderos, y llegar a la fábrica de Sopó, que es el nombre de una población en la que uno, finalmente, puede estirar las extremidades y hacer una fila eterna para comprar este postre, al que se le llama “fresas con crema” pese a que en realidad debería llamarse “cremas con fresa”. Consiste en lo siguiente: el repostero esconde una sola fresa que el comensal debe descubrir en la medida en que ingiera todo el pote cremoso que la oculta. Estudios han demostrado que cerca del 32% de los comensales que han probado este manjar del altiplano mueren de diabetes antes de dar con la fresa. Nuestro pésame para sus deudos.

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