Pitaya

El granadino José Naranjo Manzanero, célebre científico natural de Patillal, escribió un libro llamado Frutoterapia colombiana. Su premisa: contra toda enfermedad y, en general, para toda ocasión, existe una fruta. Y si bien muchas frutas son la medicina, la pitaya se alza con el dudoso honor de ser la enfermedad. Así es: la pitaya ha sido estereotipada como “la fruta laxante”, porque, bueno, sin ánimo de entrar en detalles ni exponer casos particulares que no vendrían al caso, sí pone a andar el estómago. Sería injusto reducir la pitaya a simple fruta letal, pero, en honor a la naturaleza, si uno quiere reparar las heridas de la patria, por ejemplo, nada como darle pitaya a la rígida derecha colombiana para que se suelte un poco, o ingerirla con una dosis de Lomotil para evitar desaires.

Mamoncillo

A veces es mejor buscarlo por su nombre científico: Melicoccus bijugatus. “Deme un racimo de melicoccus bijugatis” o, en buen colombiano, cuando no hay uno sino dos vendedores, “demen”. El mamoncillo o mamón viene de una planta hermafrodita por la que no sobra pedir respeto. Se consigue por temporadas breves. Y, por alguna razón, lo más sencillo es pedirlo en racimos a dealers que atienden en esquinas oscuras, parques abandonados y escaleras mal iluminadas. Por sus características, una pequeña fruta cuyo interés se acaba muy pronto y muy pronto se convierte en una piedra en la boca, su nombre suele usarse como un adjetivo que significa “aburridor”. Como en el ejemplo: “Ese @AlvaroUribeVel sí que es mamón”. Su pepa escurridiza es la primera causa de traqueotomías infantiles.

Zapote (y otras frutas afrodisíacas)

Si bien el zapote no es propiamente colombiano, sino que pertenece a las comunidades mesoamericanas tanto como la corrupción o el deseo de no pertenecer a las comunidades mesoamericanas, lo vuelve profundamente colombiano el mito de que se trata de una fruta afrodisíaca. En este país hay muchas frutas supuestamente afrodisíacas: se dice que el chontaduro tiene su origen epistemológico en el efecto viril que produce; que la guama, antes que una arveja grande, permite que la tensión sexual salga expelida como pepa’e guama; que la granadilla ayuda a retardar el orgasmo si uno se imagina su contenido en la nariz de Juan Lozano, y que el borojó, servido así no más o en compota, en teoría altera profundamente las relaciones entre las personas en edad de merecer. Pero el zapote, señor, es el Viagra natural al punto de que su nombre se ha convertido en un vulgar modismo con que algunos se refieren a las partes femeninas, como en la frase “mírele el zapote a esa hembra”, que suele oírse en las plazas de mercado y en la taberna del Jockey Club.

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